“¡Yo me quiero casar! ¿Y usted?”. La frase, pronunciada con la inconfundible voz de Roberto Galán, se convirtió en uno de los latiguillos más famosos de la historia de la televisión argentina. No era solamente el nombre del programa. Era una invitación. Una promesa. La posibilidad de que, en algún lugar del país, dos personas comunes encontraran el amor y terminaran caminando hacia el altar delante de millones de televidentes.
Cuando el ciclo debutó el 15 de noviembre de 1971 por el entonces Canal 11, pocos imaginaron el fenómeno que estaba por comenzar. La idea había nacido de una observación muy simple de Galán: los avisos clasificados de los diarios donde hombres y mujeres buscaban pareja con fines matrimoniales. ¿Y si ese encuentro, en lugar de producirse sobre el papel, ocurría frente a las cámaras? Así surgió un formato completamente novedoso para la televisión argentina, que mezclaba entretenimiento, historias de vida y un verdadero servicio para quienes soñaban con formar una familia. Era, para marcar una paralelismo, un Tinder en la televisión y al alcance de cualquier vecino. Y ese fue el caso de Héctor Ramón Sotelo y Teresita María Fauret.

Un debut que derrumbó cualquier pronóstico
El estreno obtuvo alrededor de 52 puntos de rating y, en poco tiempo, el programa alcanzó picos cercanos a los 65 puntos, cifras hoy prácticamente inimaginables. El ciclo permaneció al aire -con distintas etapas y canales- hasta 1998, transformándose en uno de los mayores éxitos de la televisión nacional.
Cada emisión seguía una mecánica sencilla. Hombres y mujeres se conocían en el estudio, conversaban guiados por las preguntas de Galán y, al final, escribían en una tarjeta el nombre de la persona que habían elegido. Si la elección coincidía, el conductor pronunciaba otra frase que quedó grabada para siempre en la memoria colectiva:
—“¡Se ha formado una pareja!”
Entonces los flamantes novios pasaban al célebre “living del amor”, donde comenzaba una historia que, en algunos casos, terminaría meses después con un casamiento organizado íntegramente por el programa que incluía: vestido, traje, alianzas, fiesta, luna de miel, y una ceremonia transmitida por televisión, que dejaba de contar historias para convertirse en parte de ellas.

Miles de parejas escribían cartas esperando ser convocadas. Algunas no podían afrontar el costo de una boda. Otras simplemente necesitaban un empujón para formalizar una relación que llevaba años. Galán entendía como pocos el valor de esas historias. Cómo olvidar cuándo le preguntaba a los caballeros invitados “¿tiene casa propia?“, una especie de guiño para que las damas invitadas se sintieran más seguras a la hora de elegir.
Antes de cada elección, dedicaba tiempo a conocer a los participantes. Les consultaba además por sus familias, sus trabajos, sus ilusiones y también por sus frustraciones. Esa cercanía hacía que el público sintiera que no estaba viendo concursantes, sino vecinos, compañeros de trabajo o personas que podían vivir a pocas cuadras de su casa. Con el tiempo, el programa terminó anticipando muchos recursos que décadas después adoptarían los realities sentimentales. Pero había una diferencia fundamental. Aquí no existían eliminaciones ni estrategias. El objetivo era formar una pareja. Y, cuando el vínculo prosperaba, ayudarla a comenzar una vida en común.
La boda que quedó en la historia
Entre todos los matrimonios organizados por Roberto Galán hubo uno que todavía hoy aparece inevitablemente cada vez que se recuerda el programa. Fue el de Héctor Ramón Sotelo y Teresita María Fauret, dos personas de talla baja que se conocieron gracias al ciclo y contrajeron matrimonio el 16 de junio de 1972 en la iglesia Nuestra Señora de Pompeya, en una ceremonia televisada que paralizó al barrio y alcanzó alrededor de 65 puntos de rating, una cifra extraordinaria incluso para aquella época. Los padrinos fueron los populares cantantes Ramona Galarza y Roberto Rimoldi Fraga, y una multitud se acercó para acompañar a los novios.
Con el paso de los años, esa boda quedó asociada a una discusión que excede al programa. En 1972, gran parte de la prensa presentaba el acontecimiento destacando la condición física de los protagonistas, un enfoque que hoy resultaría claramente inadecuado. Sin embargo, revisado con perspectiva histórica, también aparece otro aspecto que vale la pena rescatar. Roberto Galán nunca presentó aquella ceremonia como una parodia. Por el contrario, el casamiento fue organizado con la misma solemnidad y despliegue que cualquier otra boda del programa.
Los novios eran correntinos y su historia de amor resonó en todo el país. Sin embargo, con el tiempo el vínculo se disolvió y el divorcio llegó. Teresita murió en 2013, a los 68 años. Por su parte, Héctor cumplió 80 años y sigue trabajando en su puesto de diarios.
El centro del relato era la posibilidad de que dos personas que se habían enamorado pudieran construir un vínculo y un proyecto de vida juntos. Y ese no sería el único casamiento que demostraría que, detrás del espectáculo, Roberto Galán había logrado convertir historias anónimas en verdaderos acontecimientos nacionales.
Con el correr de los años, las ceremonias dejaron de ser apenas el desenlace feliz de una historia romántica para convertirse en marca registrada. Muchas personas llegaban al programa con la ilusión de conocerse y encontraban allí la posibilidad de concretar un sueño que parecía inalcanzable por razones económicas.
El conductor entendía que el éxito no estaba únicamente en el momento del “sí”, sino en todo el camino previo. Por eso, antes de cada boda, el público conocía la historia de los novios: cómo se habían encontrado, qué obstáculos habían debido superar y por qué aquel casamiento significaba tanto para ellos. Esa construcción emocional fue una de las claves del fenómeno. Hoy por hoy, sigue en el corazón de todos los argentinos…