No es un simple cambio de figuritas. El ascenso de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete es la coronación de un cambio radical de perfiles y de estilos en áreas sensibles y de alta exposición pública del Gobierno, que había empezado una semana antes con otras dos incorporaciones. Se impuso la necesidad de bajar tensiones, recomponer relaciones y echar lastre.
No obstante, es una transformación (por ahora, en la superficie del poder mileísta) fruto de la necesidad y no producto de la estrategia, a raíz de la larga agonía de Manuel Adorni por la saga de escándalos, mentiras y omisiones que él mismo engendró. Agravado todo por la intransigencia del Presidente y de su poderosa hermana, obligados finalmente a cambiar después de casi cuatro meses de hemorragia de poder y credibilidad en defensa de un funcionario que terminó siendo indefendible.
La aparente profundidad del resistido y demorado cambio de nombres, de antecedentes, de pertenencias y de formas tiene por objetivo inmediato sostener la gobernabilidad y el modelo y como propósito mediato llevarlo en condiciones competitivas a las cruciales elecciones presidenciales del año próximo. Un horizonte que hace cuatro meses parecía diáfano y que se volvió más que brumoso, como reconocen algunos de los principales colaboradores presidenciales.
La designación de Santilli implica que por primera vez la jefatura de ministros no sea ocupada por un mileísta originario o, más precisamente, que llene esa silla un indiscutible representante de “la casta”, al que Milei otrora atacaba con la misma ristra de descalificaciones de tipo epistemológico y ético que le dedicaba a otros rivales. No es poco.
Esa notable mutación (o concesión de fuerte contenido simbólico, como quiera verse) fue celebrada por los oficialistas sobre los que prima el sentido de la realidad por sobre el fanatismo o la sumisión y padecían la sobrevida funcional de Adorni, aunque no se atrevieran a decirlo en público y menos en reuniones grupales en presencia de los hermanos gobernantes.
En ese círculo se ubica, especialmente, la cúpula del equipo económico, que mantiene una antigua relación con Santilli, harta de responder preguntas de funcionarios de organismos multilaterales, banqueros e inversores sobre la sustentabilidad política, afectada por la sucesión de escándalos y la protección de Milei a su ahora exjefe de Gabinete. Y más hastiada aún porque entendía que los que pueden ser considerados sus logros de estos meses terminaban opacados por las insólitas e interminables andanzas del recién renunciado.
También, gobernadores y dirigentes de las fuerzas políticas que han funcionado como aliados (mal pagos) del mileísmo celebraron con prudencia y, sobre todo, en privado el ascenso del exministro del Interior, con quien han tenido infinitos intercambios de opiniones, favores y promesas no siempre cumplidas. Santilli es la antítesis de su predecesor y también de las formas y la trayectoria del Presidente. Su designación vuelve a demostrar que la necesidad y la escasez de recursos tienen cara de hereje.
El flamante jefe de Gabinete es un político de cuna (o de “casta”), de vasta experiencia tanto en la superficie como en las más hondas profundidades de la función, un negociador nato, que ejerce la simpatía con tanta naturalidad como profesionalismo. Con los propios, los ajenos, los adversarios y hasta los enemigos. Dispuesto a no pelearse con nadie y agradar a la mayor cantidad posible.
Es lo que ha venido haciendo desde que llegó al Gobierno, el 11 de noviembre pasado, para salir indemne de la feroz disputa interna entre karimenemistas y santicaputistas. Se cobijó rápido bajo el ala de la ya dominante Karina Milei, que ahora fue clave para su ascenso, pero siempre mantuvo las buenas relaciones con Santiago Caputo, aun en su fase declinante. La tabla de surf colorada ha eludido los tarascones de los tiburones de las dos especies mileístas en pugna y así llegó hasta la playa de la jefatura de Gabinete. Ahí, ahora, estará mucho más expuesto con un poder cuyo volumen es una gran incógnita.
De todas maneras, en algunos espacios, como el de sus excompañeros del Pro, donde más lo conocen, habitaban sentimientos ambiguos, que iban del reconocimiento sincero a la incertidumbre y la preocupación. A cada uno le asiste una cuota importante de argumentos para explicar la diversidad de sus emociones. Aunque primaba la satisfacción por el desplazamiento de Adorni, a quien el fundador del espacio, Mauricio Macri, había vetado sin éxito desde el mismo momento en que se enteró de su designación, hace ocho meses.
Macri le reconoce a Santilli virtudes políticas y atributos personales para ejercerla, pero siempre creyó tener motivos de desconfianza nunca aclarados. Durante su gestión el ahora ministro coordinador fue objeto de seguimiento, que desde la cúpula del gobierno macrista atribuyeron a cuentapropistas del espionaje, explicación que Santilli dio por aceptada públicamente, pero nunca digerida.
El temor a la cooptación, a que se ponga en riesgo definitivo la supervivencia del submarino amarillo están a flor de piel en el macrismo, aunque sus principales dirigentes disimulan o instalan la duda sobre el margen de maniobra que Javier y Karina Milei le darán.
Tienen tanta lógica el temor como las prevenciones y las ilusiones. La ira contra el macrismo que ha destilado el Presidente en las últimas horas por considerar que fue, junto al periodismo, un actor clave para verse obligado a desprenderse al fin de su amigo y jefe de Gabinete. El ánimo de venganza está en niveles elevados.
Del lado amarillo, sabedores de ese encono incrementado en los últimos días, ponen en dudas la profundidad del cambio que traerían los nombres y estilos. “La tendencia a la autodestrucción de los Milei ha sido tan predominante este tiempo que es difícil imaginar que vayan a cambiar. Ahora pararon la hemorragia, pero el daño está hecho, incluida a su propia autoridad y capacidad de decisión sosteniéndolo a Adorni y terminando por admitir que no lo hicieron por decisión propia, sino por presión de afuera”, dicen en la cúpula macrista.
Más allá de estas peleas y desconfianzas entre primos del espectro político, es un hecho que la designación de Santilli, aún hecha por obligación y falta de alternativas propias del mileísmo puro, expresa importantes cambios de hecho.
Otras incorporaciones
La elevación del exministro del Interior cabe verla en el contexto de las dos designaciones que precedieron a la suya y se dieron durante la semana anterior en lo que era la jurisdicción del exjefe de Gabinete caído en desgracia.
El nombramiento del economista y exdiputado Adrián Ravier como vocero presidencial y el posterior de Fabián Fernández como secretario de medios completan ahora, con la llegada de El Colo, un intento de distensión y un cambio de rumbo y vinculación del oficialismo con la política y los medios de comunicación, que Adorni no había ideado, pero al que sí había hecho aportes fundamentales para llevarlos a extremos intolerables y de altísimo costo para el Gobierno.
De un lado se privilegió el economicismo libertario de Ravier, que rápidamente hizo profesión de fe republicana y reconocimiento al rol del periodismo en un régimen democrático. Su sueño de ser gobernador de La Pampa no es ningún secreto. Del otro, se impuso la corta pero intensa y eficaz experiencia de Fernández en su relación con empresarios del ecosistema mediático y periodistas, profundizada durante su gestión como gerente del área de comunicación y prensa de YPF, empresa controlada por el Estado (o el Gobierno) a cuya pauta publicitaria no la alcanzó la motosierra.
Ambos nombramientos ya habían dado indicios de la intención de quitarle toxicidad a esas relaciones y tratar de modificar la imagen pendenciera e intolerante del Gobierno, cuyo impacto en la opinión pública se había vuelto altamente negativo.
La agresión, la altanería, la provocación y el maltrato que Adorni supo ejercer con fruición y llegaron a tener mayoritaria aceptación o tolerancia social se habían transformado en hábitos cada vez más rechazados. Si su carta de renuncia y despedida fuera solo parte de una estrategia de defensa judicial y mediática y no un ejercicio de negación, en su caída el exjefe de Gabinete debería de haber visto pasar ante sus ojos esos errores proyectados desde el subconsciente. Como esos humoristas que pasan de hacer reír a dar pena.
La comunicación es un pilar fundamental de la construcción política y del poder. Lo mismo que el diálogo, especialmente cuando las posibilidades reales de imposición de ideas y proyectos de un Gobierno encuentran límites o padece complicaciones.
La elección de Santilli, pero también la del vocero y la del secretario de Medios, operan bajo esa lógica. Como señaló un ácido comunicador político: “Santilli viene a reparar el hemisferio político, que estaba seriamente dañado por la presencia excesiva de sustancias tóxicas, y no afectar también el hemisferio económico”.
La gran duda que radica en los principales actores del sistema económico-político y también entre los oficialistas preocupados por los daños sufridos en los últimos meses es si este recambio tendrá profundidad y sustentabilidad o será un simple cambio de piel y de vestuario.
En los últimos meses, el flamante jefe de Gabinete ha venido trabajando en las entrañas del poder en pos de un cambio de formas y de relacionamiento político alimentando el sueño de Milei de convertirse en el primer no peronista en lograr la reelección presidencial. La ilusión de Santilli de ser gobernador bonaerense va de la mano.
Su gran desafío es que los caminos de ambos no terminen separándose. En la gestión libertaria el sillón de jefe de Gabinete ha sido una silla eléctrica que en dos años, seis meses y 18 días fulminó ya a tres ocupantes.
Por ahora, estamos un sensible cambio de nombres, de perfiles y de estilo, destinado a sostener el modelo y tratar de llevarlo en buena forma hasta las elecciones presidenciales. Su profundidad y eficacia son las incógnitas por despejar.