Amnesia educativa: ya nos olvidamos del desastre de las pruebas PISA

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Hace dos semanas, la Argentina recibió una noticia dramática, que solo podría definirse como la confirmación de una catástrofe. Hoy, sin embargo, nadie se acuerda de ella. Hasta costaría identificar a qué nos referimos.

Lo que supimos el pasado 8 de septiembre es que nuestro país obtuvo el peor resultado de los últimos veinte años en las pruebas PISA. ¿Qué miden esas evaluaciones? El nivel educativo de chicos de 15 años, que ya cursaron más de la mitad de la escuela secundaria. ¿Y qué nos muestran? Que la inmensa mayoría de esos alumnos no solo tienen déficit de conocimientos, sino algo peor: muestran severas limitaciones para comprender y razonar planteos básicos de la vida cotidiana.

Hay que intentar entrar en ese universo de las pruebas PISA para comprender la magnitud de la tragedia. Lo que se examina en esas evaluaciones que toma la OCDE en 91 países de todo el mundo no son conocimientos escolares puros, sino la capacidad de resolver y descifrar situaciones prácticas. En la prueba de matemática proponen este tipo de ejercicios:

*) Lucía tiene que evaluar qué plan de telefonía celular le conviene: el plan A cuesta $12.000 con 10 GB incluidos. Cada GB extra cuesta $300. El plan B cuesta $9000 con 4 GB incluidos. Cada GB extra cuesta $500. Si Lucía consume 12 GB por mes, ¿qué plan le resulta más económico y cuánto ahorra?

Es un ejemplo hipotético, pero sirve para mostrar el espíritu de esas pruebas. No se les pide a los alumnos la aplicación de una fórmula memorizada, sino traducir una situación cotidiana a un cálculo y sacar una conclusión a partir del razonamiento lógico.

En el capítulo de lectura se les plantean ejercicios similares a este:

*) Se publican dos cartas de lectores en un diario sobre el uso del celular en el aula. La carta 1 dice: “Prohibir los celulares en el aula es volver al siglo pasado. Los chicos van a usarlos toda la vida; la escuela debería enseñarles a hacerlo bien”. La carta 2 dice: “Un estudio en varias escuelas mostró que, donde se prohibió el celular, mejoró la atención en clase. Enseñar a usarlo bien es un objetivo válido, pero primero hay que poder enseñar”. ¿Qué postura defiende cada autor? ¿En qué punto coinciden, aunque lleguen a conclusiones distintas? ¿Cuál de los dos argumentos te parece más sólido? Fundamentá con elementos de los textos.

Lo que se mide no es la comprensión literal, sino la posibilidad de comparar posturas, de detectar acuerdos y diferencias sutiles, así como de evaluar argumentos y fundamentar una u otra posición.

En el caso de los ejercicios que implicaban el razonamiento y la operación matemática, casi ocho de cada diez estudiantes argentinos no alcanzaron el nivel mínimo. En comprensión lectora, seis de cada diez tampoco lograron acercarse al estándar aceptable. Los resultados implican una caída significativa con relación a las anteriores pruebas PISA, que se habían tomado en 2022.

Más allá de porcentajes y tecnicismos, lo que nos muestran estos indicadores es algo que ya sabíamos, pero que se ha agravado: la escuela dejó de cumplir su misión esencial. Del secundario no solo egresan chicos que no conocen el Poema de Mio Cid ni saben ubicar temporalmente la Revolución Francesa: no pueden leer un manual de instrucciones, tienen dificultades para evaluar qué plan de celular les conviene y no llegan a interpretar las consignas para completar un formulario de trabajo. En definitiva, es una escuela que cada vez queda más en deuda con sus alumnos. Los aprueba, pero no les enseña.

En una Argentina que se solía enorgullecer de la calidad de su educación pública, el derrumbe ha sido estrepitoso. Sin embargo, ni la política ni la sociedad parecen reaccionar. Los resultados de las pruebas PISA se discuten uno o dos días, pero inmediatamente pasamos a otra cosa. De las 11 cadenas nacionales que dio el presidente Milei en los 33 meses que lleva de gobierno, ninguna incluyó una sola referencia al problema de la educación. Sus esporádicas visitas a colegios han sido para “bajar línea”, hablar de sus obsesiones y hasta fomentar antinomias. En ningún caso para escuchar a los estudiantes, intercambiar ideas con docentes y registrar las necesidades y preocupaciones de los padres.

La escuela pública profundizó, durante las últimas dos décadas, un proceso de ideologización pedagógica que estigmatizó las herramientas básicas de transmisión de conocimientos: se dejó de enseñar para “guiar en el aprendizaje”, se desterraron los métodos de exigencia y hasta se desdibujaron los sistemas de evaluación. Ya no se enseña a leer ni a multiplicar de la manera clásica. Hacer un “dictado” se lo considera anticuado, corregir la ortografía es “invasivo” y poner un aplazo es “discriminatorio”. La idea misma de tomar examen se considera autoritaria. Los resultados están a la vista: los chicos leen con dificultad, escriben en un código ininteligible y quedan paralizados frente a una regla de tres simple.

Sarmiento y Milei en una charla hecha con IA

Pero el problema excede la dimensión de las corrientes pedagógicas. La escuela se convirtió en un ámbito anárquico y hostil, en el que el propio sistema de reglas ha quedado desnaturalizado. Las pruebas PISA marcaron, en ese aspecto, otro dato desolador: la Argentina quedó en el último puesto mundial al evaluar el clima en el aula. Eso refleja la pérdida de autoridad docente, la idea difusa de disciplina escolar y la ausencia de método y de organización dentro del ámbito educativo. En materia de convivencia ocurrió lo mismo que con los sistemas de enseñanza: se abolieron los reglamentos de disciplina; desaparecieron las amonestaciones y se invirtió la carga de la prueba: el fracaso es del docente hasta que se demuestre lo contrario.

Cuando las pruebas PISA hablan de “clima de aula”, apelan, en realidad, a una definición que puede resultar demasiado genérica y quizás hasta un poco abstracta. ¿A qué se refieren, exactamente? La respuesta la dio hace ya bastante tiempo, en un libro sobre su experiencia docente en escuelas del Gran Buenos Aires, el profesor y escritor Gonzalo Santos: “Algunas veces el desorden era tal que me asaltaba la idea de que en realidad eso no era una escuela, sino una cárcel; de que no eran alumnos, sino presos, y de que aquello no era una clase, sino un motín: había chicos agarrándose de las rejas de las ventanas e insultando a los transeúntes, chicos parándose y bailando arriba de las mesas, jugando a las cartas, fumando, golpeándose entre sí, escuchando cumbia o revoleándose por la cabeza el sánguche que les enviaba el Gobierno”.

“El docente –escribió Santos– aparece como rehén de un sistema en el que los alumnos avanzan por inercia, la autoridad no existe y los directivos, funcionarios y gremialistas bailan un minué hipócrita”.

¿Qué hacemos frente a esos testimonios y evidencias? ¿Mirar para otro lado o tomar conciencia de la emergencia educativa en la que se encuentra el país? El tema excede al propio sistema educativo; es demasiado serio como para encapsularlo como un problema sectorial. Nadie está a salvo de un deterioro que impacta sobre la economía, sobre la calidad institucional, sobre el tejido laboral y productivo, pero, fundamentalmente, sobre el espíritu de una sociedad que se integró a través de la educación y que hoy pierde, aceleradamente, esa condición para quedar cada vez más rezagada en el contexto internacional.

No se suele conectar el fracaso escolar con el deterioro de las prestaciones públicas esenciales, pero la vinculación es directa: a menor calidad educativa, menos gente formada para la tarea docente, la enfermería, la seguridad y la asistencia social, entre otras áreas sensibles. Ya no se trata de un círculo, sino de una espiral viciosa. La decadencia educativa, en definitiva, se proyecta mucho más allá del aula. De un modo gradual, a veces poco visible, produce una degradación general en la vida cívica y en el funcionamiento social.

El último 11 de septiembre, por el Día del Maestro, a Milei se le ocurrió revivir a Sarmiento con inteligencia artificial para sostener una conversación mano a mano. Fue un recurso para justificar sus modales y sus “formas”, con la pretensión de asociarlas a las que le atribuyen a aquel líder sanjuanino que impulsó la educación pública en la Argentina. Hizo hablar a Sarmiento para justificarse a sí mismo, no para reivindicar su obra ni para enaltecer su legado. Tal vez haga falta profundizar en ese diálogo imaginario, pero no para aprovecharlo en reyertas coyunturales, sino en busca de inspiración. ¿Qué diría Sarmiento de la escuela pública que retratan hoy las pruebas PISA? Todos intuimos cuál sería la respuesta.


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