A más de 4000 metros sobre el nivel del mar, en los parajes de la sierra peruana, Alfonso construyó un refugio vital alejado del ritmo urbano. Conocido en la zona como Juanchito o Jonshito, este ganadero sostiene un modelo de vida autogestivo donde la dedicación diaria garantiza la supervivencia de casi 200 ejemplares entre cabras y borregos. Su historia, documentada en el canal de YouTube Max CQ, destaca la transición desde un pasado como empleado hacia una independencia forjada con esfuerzo y resiliencia.

La trayectoria de Alfonso presenta un giro drástico tras vivir más de 30 años en Lima: una enfermedad lo obligó a retornar a sus raíces, donde ocupó cargos de peón bajo las órdenes de diversos propietarios. Sin embargo, aquel vínculo laboral carecía de la proyección necesaria para su bienestar a largo plazo. Según su testimonio, la decisión de partir resultó definitiva: “Ya me cansé de ser peón. Yo pensé en mi futuro y mis animales. Prefiero mi animal”. Con esa premisa, inició una apuesta personal con apenas cinco cabezas de ganado. El crecimiento posterior, logrado en un período de diez a 15 años, demuestra la constancia de su labor diaria.

El ciclo cotidiano comienza antes del amanecer, entre las 4 y las 5 de la mañana, momento en el que Alfonso utiliza leña de mora y bosta seca de vaca, recurso local que él denomina “muñeca”, para encender el fuego de su cocina. Su vivienda, una estructura simple de piedras y paja que él bautiza como la “casita de corcho”, sirve de centro operativo para el procesamiento de sus insumos. El trabajo de ordeñe inicia a las 6 de la mañana y abarca diariamente a más de 20 cabras lecheras. Este proceso requiere una puntualidad estricta para evitar la pérdida de producción.

El cuidado de los animales, en especial de los denominados “guachitos” o huérfanos, exige una entrega absoluta. Alfonso afirma que la vocación resulta indispensable para esta tarea: “Tiene que gustarte… Uno siente por sus animales. Cuando te nace, hay que estar hasta el último protegiéndolo y cuidándolo”. Para proteger su rebaño contra depredadores como pumas, el ganadero implementa métodos de defensa como el uso de una sustancia llamada “creso” aplicada en la lana de los animales. Además, cuenta con la compañía de una jauría de diez perros guardianes que vigilan el perímetro del cerro.

La comercialización de los productos, principalmente queso de cabra, ocurre los martes y sábados. Alfonso desciende hasta el pueblo en un trayecto de cuatro horas a pie, cargado con bloques de queso que vende a 10 soles (aproximadamente 2,91 dólares) el kilo. Tras una jornada de trabajo, él pesca truchas en los ríos cercanos para su sustento.

El reconocimiento hacia quienes lo apoyaron en los años de arreo y ferias prevalece en su discurso. Su motor diario tiene nombre propio, ya que menciona que su hija y su nieta constituyen el motivo esencial de su vigilia constante en la montaña. Este hombre mantiene la fe como herramienta de trabajo y agradece cada día con la convicción de quien labró su destino con paciencia.