El 1 de octubre de 1975, el mundo miraba hacia Manila. Lejos del Madison Square Garden de Nueva York, donde se habían enfrentado las dos veces anteriores, Muhammad Ali y Joe Frazier volvían a subir al ring. Frazier había sido el primero en vencer a Ali como profesional, Ali le había ganado la revancha. En Manila estaba en juego el título mundial de los pesos pesados y la última palabra de una rivalidad que ya era parte de la historia del boxeo.
Después de 14 rounds, Frazier todavía quería pelear. Solo faltaba uno, pero tenía los ojos tan hinchados que apenas podía ver. Su entrenador, Eddie Futch, decidió que no volviera al ring. Ali había ganado.

La pelea mostró al mundo una Filipinas exultante. Sin embargo, fuera del ring se vivía otra historia. Días antes del combate, Ferdinand Marcos recibió a los boxeadores en el palacio presidencial y posó sonriente junto a ellos. En la foto parecía un anfitrión amable. Sin embargo, hacía tres años que gobernaba con mano de hierro. Mientras las cámaras seguían a Ali y Frazier, sus opositores eran detenidos y la prensa estaba censurada.

El hombre detrás de la foto
Marcos conocía la política desde chico. Su padre, Mariano, era maestro y había sido diputado. En 1935 perdió una elección frente a Julio Nalundasan. Tres días después, Nalundasan fue asesinado en su casa. Ferdinand, que estudiaba Derecho, fue condenado por el crimen junto con un familiar. Pasó un tiempo en prisión, hasta que la Corte Suprema revocó la condena y los absolvió.
La causa no detuvo su carrera. En 1949 fue elegido diputado. Cinco años después conoció a Imelda Romualdez, una joven reina de belleza de una familia vinculada a la política. Ella contaría que Ferdinand le propuso matrimonio apenas media hora después de conocerla. Se casaron once días más tarde.


En 1959, Marcos llegó al Senado y, en 1965, ganó la presidencia. Imelda lo acompañó en la campaña y se convirtió en una figura central de su gobierno. Por su elegancia y su influencia política, llegaría a ser conocida como la “Mariposa de Hierro”.
En 1969 fue reelegido, pero sabía que la Constitución no le permitía aspirar a un tercer mandato. En septiembre de 1972 declaró la ley marcial. Dijo que necesitaba frenar la violencia política y las rebeliones comunista y musulmana. Con esa medida cerró el Congreso, censuró a la prensa, ordenó detener a sus opositores y siguió gobernando con el respaldo de las Fuerzas Armadas.

Para Marcos, la pelea de Ali y Frazier era una oportunidad extraordinaria. Los boxeadores atraían a periodistas de todo el mundo. Durante unas semanas, él podía aparecer junto a ellos y mostrar una imagen festiva del país que gobernaba.
También contaba con el apoyo de Estados Unidos. En plena Guerra Fría, Filipinas era un aliado clave en Asia y albergaba importantes bases militares estadounidenses. Aunque ya había denuncias de detenciones y torturas, Washington mantuvo su alianza y su ayuda al gobierno filipino.
El final del poder
Durante su mandato Marcos impulsó grandes obras públicas y presentó a esos años como una época de progreso. Aunque a la par la deuda del país crecía y también la fortuna de los Marcos.
Marcos quiso dejar su impronta hasta en el paisaje. Puso su nombre y el de su mujer a espacios públicos e hizo levantar un busto suyo de 30 metros en una montaña. Una versión personal del Monte Rushmore, con un solo rostro. En 2002, una explosión destrozó parte del monumento. La policía sospechó de buscadores de tesoros que creían que había oro escondido en su interior, aunque luego un grupo guerrillero se atribuyó el ataque.

En 1983, Benigno “Ninoy” Aquino, uno de sus principales opositores, fue asesinado al regresar a Filipinas después del exilio. Su viuda, Corazón Aquino se convirtió en su gran opositora. La muerte de Benigno Aquino desató protestas y dio nuevo impulso a la oposición.
Entonces, también crecía la inquietud por la salud del presidente. Marcos padecía lupus, una enfermedad que le había dañado los riñones y había recibido trasplantes que mantuvo en secreto. En público se lo veía cada vez más cansado. Durante la campaña de 1986, sus colaboradores a veces tenían que cargarlo para ayudarlo a llegar a los actos. Aunque desde el palacio insistían en que estaba bien.

Ese año, Marcos convocó a elecciones anticipadas y se proclamó vencedor. Las denuncias de fraude llevaron a miles de personas a las calles. Cuando altos jefes militares le retiraron su apoyo, su gobierno se derrumbó.
El 25 de febrero de 1986, Ferdinand e Imelda salieron del palacio presidencial y partieron hacia Hawái en aviones estadounidenses. En su equipaje llevaban dinero, alhajas y 24 lingotes de oro. En Manila quedaron obras de arte, joyas y cientos de pares de zapatos de Imelda, objetos que mostraban el lujo en el que había vivido la familia.
También dejaron documentos. Entre ellos estaban los papeles de unas cuentas que habían abierto en un banco suizo en 1968 con nombres falsos: Ferdinand firmó como “William Saunders” e Imelda, como “Jane Ryan”. Con el tiempo, el dinero pasó a entidades creadas en el extranjero, lo que hizo más difícil seguirle el rastro.

La nueva presidenta, Corazón Aquino, creó una comisión para recuperar los bienes obtenidos ilícitamente durante la dictadura. En 1997, la justicia suiza autorizó el traslado de los fondos a Filipinas, donde permanecieron congelados. Recién en 2003, tras un fallo de la Corte Suprema filipina, el Estado pudo disponer de ellos. Para entonces sumaban unos 683 millones de dólares.

Ferdinand Marcos murió en Hawái en 1989. Cuatro años después, sus restos regresaron a Filipinas y quedaron expuestos en un ataúd de vidrio en Batac, la ciudad de su familia. Imelda quería que lo enterraran en el cementerio reservado a héroes y militares. Sus opositores se resistían: allí estaban enterrados hombres a los que el país rendía homenaje, mientras miles de filipinos todavía recordaban las detenciones y las torturas de su gobierno.

Durante 23 años, el cuerpo permaneció en Batac. En 2016, el entonces presidente Rodrigo Duterte autorizó el entierro que Imelda había buscado durante décadas. Marcos fue sepultado con honores militares y hubo protestas. Imelda siguió siendo una figura pública. En The Kingmaker, un documental estrenado en 2019, aparece recorriendo Manila y entregando billetes desde la ventanilla de un auto. También habla de su deseo de ver a su hijo, Ferdinand “Bongbong” Marcos Jr., en la presidencia. Tres años después, él ganó las elecciones y gobierna el mismo país del que sus padres tuvieron que huir.