Stamateas, psicólogo: “La comunicación es un arte que se construye día tras día; aquel que sabe comunicarse siempre gana”

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Todos somos comunicadores. Sin embargo, con frecuencia descubrimos que aquello que quisimos decir no fue lo que el otro entendió. ¿Por qué ocurre esto? Porque comunicar no es solo hablar o escribir, sino lograr que el mensaje llegue con claridad. En esta nota te invito a descubrir algunos principios prácticos para mejorar nuestra comunicación. Comencemos…

  1. Tomarnos tiempo para escuchar

Con frecuencia interpretamos mal porque escuchamos para responder o para defendernos. Sin embargo, la escucha es la puerta de entrada a una comunicación de calidad. El problema es que muchas personas no escuchan de verdad: escuchan apuradamente, escuchan solo lo que quieren o, en el fondo, se escuchan más a sí mismas que a los demás. Necesitamos aprender a escuchar para comprender. Date tiempo para escuchar; no te apresures a responder ni a interpretar. Si tenés dificultades con tus hijos, escuchalos. Si tenés dificultades con tu pareja, escuchala o escuchalo. Muchas veces, la solución comienza cuando alguien se siente verdaderamente oído.

Y entonces surge la pregunta: una vez que escuchamos, ¿qué debemos hacer?

  1. Repetir lo que el otro nos dijo

“A ver si te entendí bien: ¿vos me estás diciendo que…?”. De esta manera, nuestro interlocutor nos vuelve a hablar. Es muy importante repetir lo que escuchamos para recibir “feedback”. Por eso, la escucha es tan valiosa y una de las herramientas de la inteligencia emocional. La gente que sabe oír a otros ganó la mitad de una discusión, o la mitad de una venta.

Tal vez estás pensando: “Pero mi hijo o mi pareja no me escucha”. En ese caso, probá escuchar vos primero. Porque debemos sembrar todo aquello que deseamos cosechar. Escuchá y preguntá. Seguí escuchando y preguntando. No ataques, no expliques, no te defiendas, no respondas rápidamente (esto aplica a las redes sociales). Como mencionamos, escuchás y, una vez que tenés la información, la repetís para que te la confirmen o no.

  1. Ser conscientes de que cada persona escucha desde su propia historia

Si vos le decís a alguien: “Esperame un momento que ya te respondo”, esa persona puede escuchar ese “esperame”, por ejemplo, desde su abandono. Y esto es lo que va a interpretar: “Claro, vos a mí no me considerás porque creés que yo no valgo nada”. Porque los seres humanos solemos hablar desde nuestro corazón e interpretar desde nuestro vacío interior.

Aquel que fue herido, escucha para atacar. Aquel que fue abandonado, lee todo como rechazo. Aquel que fue burlado, escucha para defenderse. Recordá: cada uno oye desde su propia herida. De modo que, con aquellas personas con las que no es posible hablar (porque no escuchan), hay que practicar la escucha sin apresurarse, sin defenderse, sin aconsejar. Vivimos en una época de mucha ansiedad y reclamo constante, y nos cuesta escuchar a los demás.

  1. Saber que el tono es tan importante como el contenido

Si yo le digo a alguien: “Bueno… dale… hablemos”, y luego suspiro, ese tono se puede interpretar como: “Me tenés cansado”. A veces, aun cuando las palabras sean las correctas, el tono puede anular el contenido. Porque cómo lo decimos es tan importante como aquello que decimos.

Tenemos que cuidar el tono siempre. Tenemos que estar tranquilos para hablar. Por eso, no es aconsejable tratar temas importantes cuando nos sentimos cansados o enojados; tampoco de noche porque carecemos de recursos cognitivos. Cuanto más breve y calmada sea la comunicación, más eficaz será. Por eso, deberíamos evitar: sermonear, repetir lo mismo muchas veces, gritar, apresurarnos a rebatir y a dar nuestro punto de vista.

  1. Nunca intentar cambiar la opinión del otro

Este es un principio de la “psicología de la influencia”: no procures cambiar la opinión ajena. No trates de ganar ni armes, en una conversación, una pulseada. Si el otro es muy rígido y acostumbra discutir para imponerse, simplemente preguntale: “¿Por qué pensás eso? ¿Desde cuándo pensás así? Qué interesante… Yo lo veo de otra manera”. Y no digas nada más.

La comunicación es un arte que se construye día tras día. Y aquel que sabe comunicarse siempre gana. Hablale al otro de lo que le gusta.

Cuando nos tomamos el tiempo para entrar en el mundo de otra persona, ocurre algo maravilloso: el otro también comienza a entrar en el nuestro. Es el principio de la siembra y la cosecha.

Todos los días, con tus hijos, con tus padres, con tu pareja, con tus compañeros de trabajo o estudio, procurá que haya una comunicación atractiva, amena, divertida. Escuchá. Preguntá más y afirmá menos. Mostrá interés por el otro. Así, cuando tengas la información necesaria, serás capaz de hacer uso de las palabras más adecuadas.

Y, por último, hablá siempre desde tu experiencia: “Yo me siento mal por esto…”, “A mí no me gustó esto…”. Sugerí más e imponé menos. Y verás cómo tu comunicación se transforma.


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