Se trata de correr el velo, no de ponerlo

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Hay desplazamientos conceptuales que encienden alarmas. Cuando un gobierno empieza a hablar de la verdad, conviene prestar mucha atención y sobre todo reflexionar, para no perderse en la superficie de las apariencias. Los griegos clásicos hicieron de la verdad un eje vital de su filosofía. Le llamaban aletheia, que significa correr el velo. Más que sugerente: no hay una verdad a la vista; tampoco alguien que la ostente o sea su dueño. Se trata de un maravilloso proceso por el que uno se aproxima, descubriendo el manto que nubla y limita la capacidad de llegar a la esencia de las cosas.

Es por eso que la verdad es y debe ser objeto de debate, porque es desde el movimiento del pensamiento a través de las palabras que se tiende puentes de acercamiento. Ahí reside la mirada liberal, que propugna que el Estado cree el espacio de libertad para que ocurra. La totalitaria ha sido históricamente lo opuesto: la verdad es única y ha sido descubierta desde el poder, que la define a su criterio.

Estos días se han encendido alarmas por un proyecto de ley enviado al Congreso por el Poder Ejecutivo, que bajo los auspicios de la soberanía de Malvinas, incluye asuntos que exceden por lejos los contornos geográficos y simbólicos de las islas, degradadas al nivel de la excusa y el pretexto.

Cual enciclopedia, tiene capítulos tan variados que es difícil no sospechar de otros fines. Y dos en particular, apuntan a establecer una política de la verdad: conductas tan poco asibles como “campaña de desinformación” y “manipulación de la opinión pública”, se penan con la cárcel; incluye también un selecto Consejo, integrado por el presidentede la Nación con algunos de sus ministros, que puede imponer sanciones gravísimas ante conductas como la interferencia por medios engañosos en el proceso decisorio del Gobierno, con el único requisito de que medie cualquier tipo de influencia extranjera.

Es claro que en el mundo existe un problema serio a partir de las tecnologías de redes. Se ha visto su uso benéfico y también su lado oscuro, incluso con la participación activa en campañas políticas por otros países. Pero más serio es pretender reglarlo con un método que remite a antecedentes históricos preocupantes. No es por ahí; no es intentando imponer una política de verdad, y menos a hurtadillas, porque ahí nos vamos a una idea parecida pero diametralmente opuesta: la policía de la verdad.

Y la preocupación cobra mayor impulso si se atiende a la palabra presidencial, que ha descalificado la estatal, al sostener que las cifras del Indec son cualquier cosa. La cabeza del Estado diciendo que miente el organismo encargado de decir la verdad que alimenta la brújula que mide quiénes somos y dónde estamos. Una nueva y extraña posverdad.

De un lado, la degradación de la verdad estatal; del otro, y en triste contradicción, un proyecto para que se controle qué es la verdad. Se trata de correr el velo, no de ponerlo.

Los griegos fundaron un sistema de pensamiento milenario que todavía domina el mundo desde ese concepto tan sencillo como complejo: con la verdad no se come, no se cura ni se educa, pero sí se sienta las bases para hacerlo. Parafraseando al oriental Artigas, con verdad y libertad no temo ni ofendo.


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