Retrato de León XIV, en la voz de una de sus colaboradoras

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Hace cuatro años conocí al hoy papa León XIV, cuando comencé a formar parte del Dicasterio para los Obispos, siendo ya Prevost, obispo de Chiclayo, parte de él. Unos seis meses después, el papa Francisco lo nombró nuestro jefe, prefecto de dicho Dicasterio y lo hizo cardenal. También tuve el privilegio de trabajar codo a codo con él, desde 2024, en uno de los Grupos de Estudio surgidos del Sínodo sobre la Sinodalidad. Hoy en día, continúo a su servicio en ambas misiones, además de como miembro del Consejo Ordinario de la Secretaría del Sínodo.

Me atrajo la paz interior que irradia. Es un hombre que “destila” una profunda vida interior, creando con naturalidad un clima de paz. En esa atmósfera se hace fácil el trabajo en común, basado en la confianza y la trasparencia recíproca, que posibilita el aportar lo propio con sencillez. Él es un hombre de Dios a secas: transparente, nada ingenuo, sin doblez. Fue edificante verlo rezar durante la enfermedad de Francisco todas las noches en el atrio de la Basílica de San Pedro. Con el rosario en la mano, Prevost contagiaba.

El papa recién elegido León XIV, en el balcón central de la Basílica de San Pedro poco después de su elección el 8 de mayo de 2025

Las pocas frases que pronunció León XIV, cuando salió al balcón de la Basílica, concluida su elección, fueron una radiografía de cómo él es en realidad. Un hombre de “paz desarmada y desarmante”. Su lenguaje y su fisonomía son pacíficos y pacificantes. Tuvo una reacción típicamente suya al ser interrogado sobre cómo refutaría los insultos que había recibido de un jefe de estado. “No tengo miedo a esa administración porque yo no soy un político. Sólo expreso las palabras del Evangelio y seguiré hablando, reclamando la paz por los que no tienen voz”. Así, desarmó al agresor.

En el Dicasterio, ni bien empecé a conocerlo, me percaté de que estaba acostumbrado a trabajar con mujeres. En el Grupo de Estudio, el papa Francisco nos encargó que utilizáramos una metodología sinodal. Por eso propuse escuchar a una especialista en la selección de líderes para las grandes empresas multinacionales. Se decidió invitarla y vino desde Londres a Roma, a compartir con nosotros su experiencia. Prevost tomó nota, preguntó, valoró y agradeció el aporte de esa mujer, como solía hacer, con ejemplar capacidad de escuchar, estudiar y aprovechar todo.

Escucha y absorbe lo que otros manifiestan. Habla poco, lo justo y necesario, sonríe mucho. Es empático más que simpático, aunque tiene un sentido del humor típicamente norteamericano. Nada histriónico ni exagerado u ostentoso. Busca directa y concretamente los intereses de la Iglesia prescindiendo de los propios. Jamás se enoja. La paz que lo caracteriza hace de él un tejedor de unidad, manteniendo la riqueza de la diversidad.

En los primeros meses de su pontificado nos visitó en el Dicasterio para los Obispos y nos saludó uno por uno con su habitual sonrisa. Después de leernos las palabras que el papa Francisco había allí pronunciado en 2014, sobre los criterios para la selección de candidatos para el episcopado, concluyó diciendo: “Y yo, ¿qué más les puedo agregar?… Sigan así, hablen con parresía (con libertad, con franqueza). Muchas gracias”. Algo similar ocurrió cuando vino a vernos al Consejo Ordinario de la Secretaría del Sínodo y sostuvo que continuáramos llevando adelante la etapa de implementación de una Iglesia sinodal y misionera, tal como lo habíamos ya acordado con su antecesor.

Jorge Bergoglio, obispo de Buenos Aires, y Prevost, celebraron una misa junstos el 28 de agosto de 2004 en la parroquia San Agustín del barrio porteño de Recoleta

En aquella ocasión aproveché para preguntarle, qué pensaba hacer él con relación a las mujeres en esta nueva etapa del camino de la Iglesia. Primero bromeó contando que, cuando él siendo joven le pidió a su madre la opinión sobre ese tema, ella contestó: “Me tiene sin cuidado porque yo ya sé que en la Iglesia, yo soy más importante que tu padre” y su papá quedó mudo a su lado. Luego dijo que continuaría el proceso tal como lo había iniciado Francisco.

Ha tomado en mano los procesos que el Espíritu Santo inspiró al pontífice precedente, en línea con el Concilio Vaticano II, solo que con su propio estilo reflexivo, evitando el apuro, respetando sus propios tiempos para discernir, pero sin problema para tomar decisiones, con coraje. Se nota el ADN de su espiritualidad agustiniana y su necesidad de vivir en comunidad, con sus hermanos agustinos. Es formal, en el sentido institucional, aprecia el seguir lo ya instituido por la Iglesia, actualizando lo que considera conveniente.

Ahora lo vemos vestido impecablemente de blanco. Antes, como obispo y cardenal en Roma, su apariencia era como la de un sacerdote pobre y despojado, aunque prolijo y pulcro. Un gran y serio trabajador. Me consta que sigue con su ritmo de trabajo exigente, sin embargo necesitado de espacios de descanso, de deporte y de compartir con sus hermanos que viven en Estados Unidos. También en estos aspectos es muy humano, sensible, capaz de ponerse de pie en un diálogo mano a mano con un sacerdote que ha sufrido mucho, injustamente, y abrazarlo como un padre.

Desde el primer momento fui testigo de su experiencia de trabajo con personas de diversas culturas y continentes y de que conoce bien profundamente lo que está sucediendo en el mundo en que vivimos, con la percepción de quien está plasmado por el Evangelio. Su médula misionera lo hace vibrar con lo que la humanidad en la actualidad requiere. Desde que era obispo seguía por las redes sociales la actividad que desempeñaba el Movimiento Laudato si’ (antes Movimiento Católico Mundial por el Clima) y actualmente, su acción por la conversión ecológica y la ecología integral para responder al grito de los más pobres y del planeta es categórica.

Robert Prevost, en la diócesis de Chiclayo, Perú

Es muy humano. Se podría afirmar que tenemos un Papa tan humano que es el Papa que la humanidad hoy requiere, el que se hace responsable de lo que nos está acaeciendo a los que existimos en la era de la Inteligencia Artificial. Por eso, siguiendo las huellas de León XIII, quien con la Doctrina Social de la Iglesia afrontó la revolución industrial, eligió su nombre y nos dio a conocer el identikit de su pontificado: proveer a la humanidad de la Buena Noticia que Jesús nos quiere donar ante la revolución antropológica y cultural de la IA. Ya lanzó esta tarea, a la que nos convoca a todos -sin excepción- a ser corresponsables, con su encíclica Magnifica Humanitas, cuyo subtítulo es “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.

Intuyo que le encantaría escucharnos a los argentinos, no sólo a los católicos. La IA podría recoger y sintetizar a millones de interesados en ser protagonistas de preparar su venida: niños, jóvenes, adultos, ancianos y especialmente personas vulnerables de diversos puntos del país, o de dirigentes del sector sindical, empresarial, político, artístico, deportivo, educativo, etc. que, sentados en una misma mesa, dialogaran sobre lo que esperan y desean de su visita. Mi sueño: hacerle llegar a León, con anticipación, nuestro sentir como argentinos y mi augurio es que, allí donde una grieta sigue horadando la riqueza de nuestro Pueblo, llegue el bálsamo de un Papa cuya paz es desarmada y desarmante.


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