La humedad se puede llevar muy bien con el café y el billar, pero no con la maratón. Así lo demostró el casi 90% de humedad que cubrió la 42° edición de la Maratón Internacional de Buenos Aires, donde el récord de participantes -16.384- sufrió el clima, a excepción de dos damas de ébano que corrieron más rápido que nunca en la historia porteña.
Pero, antes del final, vamos por el principio. A las 7, Buenos Aires amanecía con un sol de 18° y la mayor cantidad de aspirantes a maratonistas detrás de su línea de largada. La edición récord en convocatoria también lo quería ser en marcas sobre el reloj. Y para eso antes hay que explicar que dentro de la carrera, al menos en la punta, hay cuatro competencias en simultáneo. Los hombres -generalmente africanos- que marchan en punta; luego los argentinos que los persiguen mientras buscan ser los mejores del país. Luego las mujeres internacionales, también de África. Y luego las mujeres argentinas. A pesar de que parezca mucha gente corriendo mezclada, ellos tienen claro en qué carrera y cada uno salió a buscar su tiempo, o su récord.
“Lo salí a buscar igual, me sentí bien hasta el kilómetro 30, pasé a ritmo de récord argentino”, cuenta a LA NACION el mendocino Ignacio Erario mientras baja del podio y se aleja entre la gente entre saludos y felicitaciones. Su objetivo era la marca de Joaquín Arbe, quien desde 2021, con 2h09m36s, tiene el mejor registro nacional. “Pero bueno, son carreras: a todos nos pasó que del kilómetro 30, cuando salió el sol, se levantó la humedad y el viento sopló en contra, se hizo muy cuesta arriba”, contó. A partir de ahí, Erario terminaría sufriendo cada kilómetro un poco más para terminar marcando 2h16m42s y un noveno puesto en la general. “A mí me pega mucho la humedad, yo vivo en Mendoza, es muy seco. Sobre el final me pasaron Ricardo [Rojas, chileno] y el colombiano [David Gómez González], no es lindo, pero eso no quita que voy a dejar de intentarlo. Sé que en mis piernas la marca está.”

Erario ya se va pensando en Felipe, su hijo que cumplió dos años hace muy poquito y a quien ya extraña luego de medio mes sin verlo. Mientras se va llega Chiara Mainetti, la misionera a la que la sonrisa apenas le cabe en su cara pequeña y rubia. Lo saluda a Ignacio y se confiesa ante el grabador: “Quería por ahí hacer un mejor tiempo, nosotros siempre intentamos buscar una mejora. Tuve una buena preparación en Cachi [en Salta, a 2.300 metros sobre el nivel del mar, donde el cuerpo obtiene una compensación fisiológica muy positiva para el esfuerzo aeróbico], la verdad que estaba confiada”, introduce la corredora todoterreno, campeona sudamericana de montaña, campeona nacional de obstáculos y dueña de la quinta mejor marca histórica en maratón.
La confianza ayuda mucho, pero la experiencia también decide el rumbo: “Ya en los primeros kilómetros veía que no estaba suelta de piernas, de aire iba muy sobrada, podía correr y correr, pero las piernas hoy no querían”. Detrás de Chiara hay un hombre, no solo literalmente, bajo el podio, sino también en su carrera deportiva. Es Fernando Díaz Sánchez, su entrenador: “Chiara es una persona simple, y ser simple es una grandeza. Tenemos una charla cada seis meses: definimos planificación y calendario. Ya en junio estamos hablando de la preparación de enero-febrero”. Luego ajustan el día a día o las contingencias, pero cuando hay que entrenar, según Fernando: “Chiara no da vueltas, hace lo que toca cada día y listo”.

Este domingo en la maratón hizo lo que le tocaba, sostener el cartel de ser la mejor argentina en la largada, y serlo también en la llegada, parando el reloj en 2h38m25s, séptima en la general de damas, siendo la mejor no africana. Detrás de ella arribó la marplatense de 41 años, Anahí Castaño, enfermera de noche y maratonista de día. Se resguarda de los rayos del sol que la acompañaron durante 42 kilómetros y cuenta cómo lo vivió tras Chiara: “Una siempre quiere todo, bajar el tiempo y posicionarse lo mejor posible entre las mejores argentinas. El año pasado logré un segundo puesto, y este año, siendo sincera, quería un segundo puesto también”. Logró esa posición con 2h44m21s, lo consiguió saliendo a entrenarse a las 6 de la mañana, luego de trabajar toda la noche como enfermera, viendo salir el sol sobre las olas frías de Mar del Plata, y tiene claro para quién es: “No soy solamente yo la que se esfuerza al entrenarse, mi familia también. Al tener yo pocas horas de descanso, están pendientes de que coma, de que no me falte nada, de que pueda llegar bien a cada entrenamiento y a cada competencia. Hoy siento que la forma de agradecerles es subir a un podio”.
Y al mismo podio se subió el salteño Esteban Angulo. Desde San Agustín, en el Valle de Lerma, viajó 1500 kilómetros hasta Buenos Aires, donde ni se imaginaba estar hace un mes. “En teoría yo iba a ir al Sudamericano de Chile, pero al final nunca me citaron. La gente de Adidas se portó muy bien conmigo: me preguntaron cómo estaba para el maratón y les dije: si quieren, corro. Me pagaron todo y vine. Llegué a meter una semana fuerte de entrenamiento nomás”, confiesa Esteban. Quizás esa falta de planificación, en parte, le jugó a favor.

“Como no vine tan preparado, dije: bueno, voy a hacer una competencia tranquila, de menos a más. Presión no tenía. Vi que los chicos se iban, que me daba ansiedad seguirlos, pero dije: no, voy tranquilo, que si todo sale bien, ya los alcanzaré arriba”, cuenta su plan de acción. Así fue alcanzando a los argentinos que salieron más rápido, hasta llegar a la tercera ubicación con 2h23m01s. A no confundirse: Esteban corre más de 150 kilómetros por semana todo el año, solo le faltó que le avisaran un poco antes de la carrera. Entre él y Erario, llegó el joven rionegrino Ignacio Reyes (24 años), con 2h21m46s, para completar el podio nacional. Ya en los internacionales, la historia fue otra.
Batallas africanas
La lucha por la victoria general estuvo dada, como desde la última década, por la legión africana. Cuatro kenianos y un ruandés formaban el pelotón de punta que cruzó la mitad de la carrera en 1h02m48s, con una proyección cercana al récord de circuito (2h05m00s del keniano Evans Chebet, de 2019), pero con lo más duro aún por delante. Para el kilómetro 30 sería solo dos hombres los que pelearían la punta, el keniano Bethwel Kibet Chumba y el ruandés John Hakizimana, aunque por entonces el ritmo había mermado un poco. En los últimos kilómetros Chumba se impuso al cansancio, a la humedad y principalmente al ruandés John Hakizimana, para ganar la prueba con 2h08m28s. Completó el podio el keniano Felix Kiptoo Kirwa.

Entre las primeras damas, también fueron un cuarteto las que lideraron hasta la mitad de la carrera. Cuatro kenianas y una etíope cruzaron en 1h12m02s el ecuador de la prueba, entre ellas la keniana Rodah Jepkorir Tanui, poseedora del récord de circuito desde 2023 con 2h24m52s y ganadora ese año y en 2019 y 2022. Pero, a partir de ahí, todas se fueron separando, con la keniana Rebecca Kangogo Chesir con una leve ventaja, perseguida por la histórica Rodah Jepkorir Tanui. Quizás le pesaron demasiado a Tanui tantas medallas de primer puesto en su haber, o quizás fue la humedad, o simplemente Rebecca Kangogo Chesir fue más rápida que nadie en la historia, y con 2h23m32s destrozó el récord de su perseguidora por más de un minuto. Tanui no bajó los brazos, luchó hasta el final e incluso mejoró su marca por tres segundos, pero esta vez arribó segunda. Fue otra keniana, Emmah Cheruto Ndiwa, la que completó el podio de la general femenina.

Ya para el mediodía del domingo, los 42 kilómetros más convocantes de la historia argentina recibió a los maratonistas con un clima pesado, una humedad viscosa para todos. Quizás excepto para Rebecca Kangogo Chesir, que corrió más rápido que ninguna mujer sobre el asfalto porteño. Más allá de ella, la punta tuvo sus cuatro carreras, sus ganadores y “perdedores”, sus triunfos y sus sueños. Pero detrás de ellos, debajo de los podios y sin salir en las fotos de portadas, hubo 16.348 historias más. Muchísimos sintieron que ganaron, y al final del día, ¿quién puede decirles que no tienen razón?