TIFLIS.– Como cada sábado, a las 20, cerca de un millar de personas se reúne en la plaza de Avlabari, cerca del centro de la capital georgiana. Tanto el ambiente reivindicatgivo, con profusión de banderas nacionales y consignas antigubernamentales, como sus demandas no son muy diferentes de las de otros países que sufren una deriva autoritaria en la actual ola populista que sacude a varios países de distintos continentes.
La particularidad, y el mérito, de la disidencia georgiana es que estas movilizaciones son diarias y se mantienen desde hace más de 618 días. “No sé hasta cuándo seguiremos, supongo que hasta que se celebren elecciones libres”, comenta Natalie, una recién graduada en Lingüística que asiste prácticamente todos los días a las protestas. El hecho de que Tiblisi haya girado hacia Moscú en detrimento de Bruselas le da al conflicto interno una dimensión geopolítica relevante.

El reloj de las movilizaciones empezó a correr tras la nueva victoria del partido Sueño Georgiano, en el poder desde 2012, en las elecciones generales de octubre de 2024. Según los resultados oficiales, este partido, controlado por el magnate Bidzina Ivanishvili, con una fortuna estimada en el 20% del PIB del país, obtuvo la mayoría absoluta con el 53% de los votos. Pero la oposición consideró que había habido un fraude masivo y convocó a las movilizaciones, que en su punto álgido llegaron a reunir a más de 250.000 personas en un país de 3,5 millones de habitantes.
Las protestas escalaron tras dos controvertidas decisiones del gobierno recién reelegido: suspender las negociaciones para integrarse en la Unión Europea, una ambición respaldada por más del 70% de los georgianos, y aprobar una ley de asociaciones muy restrictiva, inspirada en la legislación vigente en Rusia. Entre otras medidas, la nueva normativa obliga a todas las ONG con contactos en el exterior a registrarse como “agentes extranjeros” y solo pueden recibir fondos con un improbable visto bueno previo del gobierno. Cualquier incumplimiento se castiga con penas de hasta seis años de prisión.

Esta dureza también se aplica a las protestas, con arrestos frecuentes y, a menudo, una brutalidad excesiva. Las organizaciones de derechos civiles calculan que existen cerca de 60 presos políticos en el país y algunos han denunciado torturas. Además, los represaliados con castigos menores, como arrestos de corta duración y elevadas multas, se cuentan por cientos.
“Hay días que tengo más miedo que otros, pero es importante luchar por el futuro de mi país”, explica Natalia, que cree que muchos jóvenes han dejado de asistir a las movilizaciones por miedo y por frustración. “La policía puede ponerte multas de 5000 laris (unos 1700 euros) solo por asistir a las protestas. Y eso acá equivale al salario de varios meses”, añade la joven activista.
“La experiencia de Georgia en los tres últimos años es una advertencia sobre lo rápido que los gobiernos pueden convertir las instituciones estatales en poderosas herramientas de represión para atrincherarse en el poder”, sostiene Denis Krivosheev, responsable de Amnistía Internacional en la región del Cáucaso. “Las autoridades han creado un sistema en el que la disidencia pacífica es un delito”, añade Krivosheev.
Uno de los efectos más importantes del paquete de medidas represivas del gobierno ha sido amordazar a una sociedad civil que hasta hace poco era sólida y vibrante. Ante la imposibilidad de recibir financiación pública o extranjera, la mayoría de las ONG se han visto forzadas a hacer fuertes recortes de personal y recurrir a voluntarios.
“Las presiones sobre los intelectuales y los periodistas son muy fuertes. Nosotros, en el diario, las sufrimos. Pero debemos luchar por la libertad”, proclama el conocido escritor y periodista Zviad Kvartskhelia, también presente en la manifestación. La marcha, rodeada de un gran alboroto por el sonido de las bocinas de los autos que quieren mostrar su apoyo a los manifestantes, concluye frente al Parlamento, como siempre.
Además del retroceso hacia un sistema autoritario, uno de los principales reproches de los manifestantes es que el gobierno haya adoptado una posición pro-rusa, ya que Moscú ocupa el 20% del país desde hace décadas. Se trata de las provincias de Abjasia y Osetia del Sur, que gozan de una independencia de facto desde principios de los años 90, después de una sanguinaria guerra en la que contaron con el apoyo militar ruso.
En 2008 hubo una nueva ronda de combates, con una decisiva intervención de Moscú que logró ampliar el territorio fuera del control de Tiblisi. Por eso, en la marcha hay numerosas banderas de Ucrania, un país con parte de su territorio también bajo control del Kremlin, y uno de los eslóganes más repetidos es: “¡Viva Georgia, viva Ucrania y vivan los héroes!”, una referencia a los soldados caídos en la lucha por la soberanía nacional.

Sin embargo, Eleonora Tafuro, directora del Centro del Cáucaso y Asia Central del think tank italiano ISPI, matiza la etiqueta de pro-ruso que los manifestantes atribuyen al gobierno de Ivanishvili, un magnate que hizo buena parte de su fortuna durante el período de las privatizaciones en Rusia.
“Es una simplificación. Sueño Georgiano solo busca la mejor manera de mantenerse en el poder. Respecto de Ucrania, ha buscado un equilibrio, votando en la ONU en contra de la agresión de Moscú, pero sin aplicar sanciones”, señala. Desde el gobierno se argumenta que unas buenas relaciones con Moscú podrían mejorar las posibilidades de recuperar los territorios de Abjasia y Osetia del Sur. Sin embargo, la oposición considera esa posibilidad una mera fantasía.