Nunca fue sencillo el negocio de opinar sobre las películas, y hoy lo es mucho menos. La diferencia entre lo que dice esa entelequia que se da en llamar “la crítica” y las opiniones de esa otra entelequia que se denomina “los públicos” suele ser cada vez más amplia.
No implica que esto no sucediera en otros tiempos, sólo que ahora es cuantificable y visible. La otra diferencia entre el “antes” y el “ahora” es que las opiniones no aparecen alrededor del film sino que se van diseminando poco a poco desde que se conocen el proyecto, luego el cast, luego el material publicitario, el póster, el teaser, el trailer y los comentarios de influencers publicados intencionalmente por los estudios tras premieres digitadas.
Por norma, la triple batalla película-público-crítica dura alrededor de un año para cada gran blockbuster. No es raro, porque además esas son las películas que va a ver -y por lo tanto, sobre las que opina- todo el mundo, desde el cinéfilo hasta la persona que quizás va al cine una vez al año (lo que, aclaremos porque la gente se ofende demasiado rápido, no implica mayor o menor talento, inteligencia o capacidad: no a todos nos gusta lo mismo). Y justamente porque hoy existen dispositivos por los cuales todos, democráticamente, podemos hacer públicas nuestras opiniones, es que se hace más, mucho más evidente y profunda cuando existe la diferencia de criterio entre los especialistas y el público general.
En las últimas dos semanas aparece de modo clarísimo. Dos películas que la crítica o bien maltrató, o bien trató con algo de indiferencian (aunque también con algo de indulgencia culposa) lideran las recaudaciones globales. A tal punto lo hacen, además, que los números para lo que va del ya languideciente primer semestre de 2026 son de recuperación para las salas después de dos años de sequía. Sí, de paso: también en la Argentina donde tanto Michael como El Diablo viste a la moda ocupan el 1-2 semanal y superaron el medio millón de espectadores.

De hecho, con una semana menos, El Diablo…, a la hora de redactar esta nota, supera a Michael 638000 a 555000 tickets vendidos, aproximadamente. Es importante además porque no se trata de películas expresamente diseñadas “para todo público” (léase “que se vengan los chicos de todas partes, que estén los de la Luna y los de Marte… con sus padres”), y seguramente van a superar el millón de espectadores sin ser específicamente cuentos fantásticos llenos de efectos especiales y orientados a la experiencia inmersiva (bueno, no tanto Michael). Mencionamos nuestro país porque es vulgata que “la crisis” espanta al espectador, pero dados los números parece que lo que espanta es la falta de alternativas. Dicho esto, la misma proporción recaudatoria se da en el resto del mundo con ambos films.
Pero el lector curioso puede entrar a Rotten Tomatoes. Se trata, por si aún no lo conoce, de un sitio que hoy pertenece al operador de exhibición en salas Fandango (vende entradas online), y que muestra para cada película el promedio de las críticas más el promedio de la opinión del público, ambos medidos de acuerdo con una escala más o menos precisa y consistente. Es normal que los números de los profesionales y los de los públicos no coincidan: el crítico suele ver muchas más películas que el espectador no especializado y aquello que al segundo puede parecerle novedad, al primero quizás no. Uno de los grandes problemas del crítico profesional es tratar de enfrentarse a cada película como si fuera la primera, y abstraerse del aplastante aparato de prensa previa que suele acompañar sobre todo a los productos más gigantescos. No siempre -confesión de alguien con 30 años en el oficio- se logra, y ese es una de las causas de la diferencia.
Pero estos dos casos que mencionamos son bastante singulares. El de El Diablo… quizás esté dentro de lo que podemos considerar “la media”. Las críticas fueron elogiosas para el elenco (es muy difícil que alguien diga algo malo de cualquier trabajo de Meryl Streep a esta altura) pero hablaron de repetición, de falta de frescura, etcétera. Aunque no la elogiaron, además, mencionaron como algo interesante la mirada “novedosa” sobre los medios (la original, se sabe, hablaba de una revista; esta es sobre cómo se llegó al periodismo digital). La calificación del público fue muy superior: fueron a divertirse porque lo hicieron con la primera -veinte años atrás- y encontraron aquello que fueron a buscar. Hay una empresa que monitorea estas opiniones (ComScore) en los EE.UU. y que pide calificación a la salida de algunos cines. El desfase entre la calificación profesional (digamos entre seis y siete puntos) y la del público (entre 8 y 9) es muy grande.
Pero el abismo fue superior con Michael. Si la prensa se acercó al 4, el público superó el 9. Tal es el abismo. Mientras que la crítica, con toda razón, analizó la construcción cinematográfica, lo que validó y valida el público es la calidad de la experiencia. La palabra “experiencia” es absolutamente central, especialmente para los más jóvenes para quienes las pantallas son el paisaje trivial de cada día.
¿Qué es, entonces, lo que hace que una mucho más grande sea más interesante que la del celular o la del televisor de sesenta pulgadas colgada en casa? Dos elementos: la calidad inmersiva y la social. En casa y con el celular estamos solos. En el cine, no. Y en el caso de Michael, la música de Michael Jackson no fue consumida en vivo, con la electricidad del recital ni el pulso del público: con el artilugio técnico, la película reproduce eso. El drama de padre e hijo, las controversias potenciales y el etcétera importan nada porque el sostén de la película son las canciones y la performance que imita un recital. El mismo molde de Rapsodia Bohemia, que no sólo tenía los mismos productores sino, también, generó el mismo desfase entre crítica y público.
¿Implica esto que la crítica tiene que incorporar el impacto del público o el “gusto medio” a la hora de evaluar? Para nada, más bien al contrario: es necesaria una voz que hable de las películas como tales. En todo caso, debería hacerse cargo de que ya no es una evaluación vertical con alguien que ignora y quiere una voz autorizada que oriente sino un diálogo horizontal con alguien que tiene la misma capacidad de expresar públicamente sus opiniones. Alguien que despierte curiosidad para que la experiencia y la búsqueda no se restrinjan a lo que es inmediatamente satisfactorio. Pero eso implica comprender sin juzgar el valor de la experiencia que propone la sala, porque en última instancia es a través de eso que las películas van a permanecer en ellas. En todo caso, estos dos éxitos que crecieron al margen de las opiniones especializadas muestran que el público tiene su propia agenda y que opta más por la interacción, sea con sus pares o con quienes, hasta antes de ayer, eran la opinión autorizada. Es cierto, pero no nos cabe juzgar, que esto le sucede a todo el periodismo y que gran parte de la indignación profesional, las acusaciones de “trolls” y el pedido de que redes como X requieran identificación fehaciente tienen que ver con esa pérdida de autoridad, con que la función tutelar de los medios ha caído ante la posibilidad de ejercer la propia expresión. Por lo menos en el caso del cine, el divorcio es clarísimo y muestra que, en última instancia, queda el ejercicio de la discusión desde la comprensión si es posible mutua.