Ni la lluvia ni el inusual frío de esta primavera disuadieron a los devotos de Emmanuel Carrère de presentarse en el auditorio del Malba, donde el escritor francés dialogó durante algo más de una hora con Javier Sinay, en el marco de la 18ª edición del Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires).
Anoche, Carrère fue entrevistado por Leila Guerriero en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y, tal como ocurrió allí, esta mañana fue ovacionado como un rockstar, aunque esta vez ante un público mucho más reducido, porque el auditorio del museo tiene capacidad para 224 personas. Las entradas, de $30.000, se habían agotado en una hora cuando salieron a la venta, a principios de septiembre.
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Carrère cronista, como se tituló el encuentro, ahondó en el proceso de escritura de Koljós, su último libro, aunque Sinay aprovechó la ocasión para indagar también en sus lecturas, la música y en algunos de los títulos que lo consagraron, como El adversario, Limónov y Una novela rusa.
La pregunta que sobrevoló la conversación entre los escritores fue tan simple como imposible: ¿Cómo hace Emmanuel Carrére lo que hace? ¿Cómo logra abordar historias y personajes tan complejos sin suavizarlos, y, aún así, hacer que se filtre cierta luminosidad en cada uno de sus relatos? Porque ya sea cuando escribe sobre el atentado al Bataclán, el tsunami devastador que golpeó Asia en 2004, la depresión que lo llevó a pasar varios meses internado o, ahora, la muerte de sus padres con apenas unos meses de diferencia, Carrère no edulcora la tragedia ni recurre al golpe bajo. Pero tampoco se queda atrapado en ella. Incluso en sus libros más oscuros hay algo que persiste más allá del dolor: el afecto, el deseo, el humor, la curiosidad por los otros, cierta obstinación de la vida por continuar. Pesimista y por momentos brutal, Carrère parece encontrar una y otra vez aquello que sobrevive al desastre.

Para intentar desentramar ese misterio, Javier Sinay le propuso al escritor “acercarse a su mesa de trabajo”, a su proceso creativo, a ese lugar donde decide qué contar y qué dejar afuera, y Carrère aceptó el juego. Se tomó el tiempo necesario para pensar y responder las preguntas y por momentos, convirtió la charla en una suerte de clase de escritura.
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Desde que publicó Yoga, contó, trabaja con una técnica que él mismo se fue armando, que consta en capítulos breves, compuestos por un único bloque de texto que pueden ocupar “desde cinco líneas hasta varias páginas”. A cada uno, además, le pone un título corto. En Koljós hay entre 250 y 300 de esos bloques. Carrère los piensa casi como los planos de una película: algunos son brevísimos, casi inserts; otros, verdaderos planos secuencia que necesitan varias páginas para desplegarse. Y después, llega el montaje. “Me gusta mucho tener esa especie de reserva de planos que luego organizo un poco a mi gusto”, explicó.
Es ahí, de hecho, donde la escritura empieza a resultarle placentera. Lo difícil, dice, viene antes. “Producir la materia prima, producir el texto de base, siempre es muy ingrato. Uno tiene la impresión de que es muy malo haciéndolo, de que no va a llegar a nada con eso”, admitió. Solo cuando existe esa primera versión “muy imperfecta, muy decepcionante” empieza a mover, cortar y reordenar las piezas. “Uno comienza a hacer un trabajo de montaje y ahí, inmediatamente, es como si empezara a tomar forma”.
En Koljós, donde reconstruye con detalle la historia de su familia (francesa por parte de padre, rusa y georgiana por parte de madre), podría decirse que Carrère corrió con cierta ventaja en lo que respecta a la materia prima. Durante años, su padre, Louis, recopiló en carpetas información sobre su propio árbol genealógico, pero especialmente sobre el de su mujer, la reconocida historiadora Hélène Carrère d’Encausse.
“Mi padre guardaba todo: las velas de nuestros cumpleaños; si habíamos festejado algo tomando champagne, guardaba el corcho de la botella y escribía en él la fecha, la circunstancia, todo”, contó. Al fallecer su padre, en medio de ese “gran desorden”, encontró las carpetas con las investigaciones genealógicas. “Estaban tan bien organizadas que pensé: ‘Esto no lo hizo solamente para él’. Lo hizo para alguien, lo hizo para mis hermanas y para mí. Prácticamente no tuve que investigar para este libro porque la investigación ya estaba hecha por él. Era como si mi padre, desde donde estuviera, me dijera: ‘Esto es tuyo. Hacé con esto lo que quieras’”.
A la hora de condensar su método en consejos concretos, Carrère recordó una regla que aprendió escribiendo guiones. A veces, explicó, hay escenas que parecen indispensables para que una historia se entienda, pero que se resisten al momento de escribirlas. “Mi regla es: si te rompe las pelotas, no la escribas”, dijo. Muchas veces, agregó, al quitar esa escena uno descubre que no era tan necesaria como parecía y que el relato incluso funciona mejor sin ella, que el lector la puede intuir. Y ante la última pregunta de Sinay -qué consejo les daría a quienes quieren escribir no ficción-, Carrère fue todavía más sintético: “Perseveren”.
Hacia el final, la conversación abandonó por un momento la mesa de trabajo. Sinay quiso saber qué música había escuchado Carrère durante el largo vuelo que lo llevó primero a Brasil, antes de llegar a Buenos Aires. La respuesta despertó entusiasmo entre el público: ninguna, porque había estado leyendo Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez: “Me entusiasmó por completo. No tuve ni tiempo ni ganas de escuchar música porque estaba completamente absorbido por ese libro”.
Pasado el mediodía, hubo unos minutos para que el público pudiera hacer algunas preguntas y, por último, Carrère firmó ejemplares. “En la década del 70 se decía que The Clash era la única banda que importaba. Creo que para muchos de los que estamos acá vos sos el único escritor que importa”, dijo Sinay al despedirlo.
Todos los “carreristas” que hicieron cola al final abandonaron el Malba con sus ejemplares firmados bajo el brazo y una foto con Carrère, tomada amablemente por organizadores del Filba. Afuera, después de una mañana de lluvia y frío, el cielo empezaba a despejarse.