Annemarie Heinrich, la audacia del sentido común

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En 1991, la fotógrafa Annemarie Heinrich (Darmstadt, 1912-Buenos Aires, 2005) protagonizó un involuntario escandalete. Alguien la había denunciado por la “exhibición obscena” de un desnudo en la vidriera de su estudio de Avenida Callao. La denuncia no tuvo más consecuencias que alimentar brevemente el circuito informativo; la foto siguió expuesta y Heinrich poco después sumó reconocimientos a su ya por entonces consolidada trayectoria: Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y Premio Argentino del MNBA en la primera Bienal Internacional de Arte de la ciudad.

El episodio de la denuncia por obscenidad aparece, junto a otros materiales de archivo televisivo, en Annemarie, documental dirigido por Mariana Sanguinetti que se exhibe actualmente en el Malba.

Bisnieta de la mítica fotógrafa, Sanguinetti construye una suerte de retrato poliédrico, un rompecabezas hecho de fragmentos televisivos, fotografías, entrevistas, testimonios familiares, fragmentos de cartas.

Podría decirse que en Anemmarie emergen dos grandes protagonistas. Desde ya, la figura por momentos esquiva de fotógrafa. Y, además, ese estudio cuya vidriera generara tanto fugaz revuelo a comienzos de los años noventa. Hogar, galería y espacio de trabajo, vivienda familiar que atravesó generaciones y, en este momento, también archivo desmesurado, el estudio es retratado con particular amor: hay plantas, hay un gato que –como todo gato– se las ingenia para robar protagonismo, están las voces de Ricardo y Alicia (hijos de Annemarie) y está la entrañable conjunción de la vida cotidiana con una vida laboral que continúa, cada mañana, cuando se levantan las persianas del local. Sobre el archivo –ubicado en un cuartito que solía ser el lavadero– dice, en off, la directora: “lo que hay es infinito. Hay de todo, y de todo hay mucho”. Continúa, mientras el montaje va enlazando eso de lo que habla: “Hay fotos de bebés, de Borges, de famosos antes de ser famosos, de Eva Duarte antes de ser Eva Perón y de Eva Perón siendo Eva Perón” (aquí aparece en pantalla el célebre retrato con rodete, el rostro apoyado sobre una mano).

La realizadora entreteje el presente con la singular vida de su bisabuela. Nacida en Alemania, Heinrich llegó a la Argentina en 1926, junto a una familia que veía enrarecerse el clima político en Europa y un padre que huía de la mera posibilidad de volver a vivir una guerra. La joven Annemarie buscaba trabajar en algo que no exigiera demasiado conocimiento del idioma español. La fotografía fue una herramienta que pronto se convertiría en arte. Y le cambiaría la vida.

La expansión de la radio en los años treinta y, con ella (y el cine y luego la televisión), la irrupción de cierto star system local fueron el entorno ideal para su talento. Annemarie fotografiaba bebés (uno de ellos, Boy Olmi) en su estudio, pero también comenzó a fotografiar a celebridades que la convertirían en su retratista favorita. En un pasaje del documental, Mariana Sanguinetti habla con Sara Facio y le pregunta a quién más debería entrevistar. “A Mirtha Legrand”, le responde (habrá varios intentos de contactar a la diva; no revelaremos aquí si finalmente Sanguinetti lo consigue).

La Heinrich que emerge en Annemarie es, sin duda, alguien que sintonizó con su época y que a la vez –al menos, en lo que toca a la femineidad– se adelantó a su tiempo. Pulió el ejercicio del retrato hasta llevarlo a otro nivel, logró fotos –la película nos recuerda el impacto de Veraneando en la ciudad– de una contemporaneidad absoluta, que llegaron a los principales centros de arte del mundo. “Tengo la sensación de que algo de lo heroico, en ella, era sentido común”, reflexiona la directora. La audacia del que se construye a sí mismo.


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