Uno de los viajes más importantes de mi vida comenzó porque un monje budista decidió no subir a un avión. Nunca lo conocí. No sé cómo se llamaba. Pero un asiento reservado para él terminó siendo mío y me permitió viajar desde una zona de conflicto en Myanmar hasta la final del Mundial de Qatar. He pensado muchas veces en ese asiento desde entonces. No solo por el partido, sino porque me recordó hasta qué punto una vida puede depender del azar.
Estamos viviendo otro Mundial. Vi los primeros partidos desde Ucrania y veré los últimos desde un pequeño pueblo mediterráneo de Catalunya que con los años se ha convertido en hogar.
Cuando pienso en los Mundiales pasados, no recuerdo primero los resultados. Recuerdo dónde estaba, con quién estaba y quién era yo en ese momento de la vida.
Con los años entendí que los Mundiales terminan convirtiéndose en puntos de referencia. Una forma de orientarme en el tiempo. De saber dónde estaba, con quién estaba y quién era yo en ese momento de la vida. Hay quienes miden sus vidas en navidades, elecciones, cumpleaños o canciones. Yo las mido, en parte, en Copas del Mundo.
Mis primeros recuerdos están ligados a una camiseta de arquero. La de Sergio Goycochea. Fue el primer regalo que recibí del que tengo memoria. Vivíamos en Estados Unidos y mi padre, mi hermano y yo pasábamos horas viendo videos del Mundial de Italia 90. Yo entendía poco de fútbol, pero entendía algo más importante: que aquellos colores eran los nuestros y que nos conectaban con un país que parecía muy lejano. Así llegaron los Mundiales a mi vida. No como un torneo. Como una herencia.
Después vinieron los demás. Estados Unidos 94 fue el primer Mundial que vi en vivo en la cancha. Recuerdo la confusión, a Maradona y la sensación de que todo era gigantesco. También recuerdo ver llorar a mi hermano después de la eliminación contra Rumania. Fue una de las primeras veces que comprendí que el fútbol podía doler.
Francia 98 fue distinto. Estábamos en una feria en Nueva York viendo Argentina-Inglaterra en una pantalla diminuta, rodeados por más de cien personas apretadas alrededor de un televisor. Desconocidos que durante dos horas parecían conocerse desde siempre. Todavía recuerdo el gol de Zanetti, pero recuerdo más la sensación de pertenecer a algo. Por primera vez entendí que el fútbol podía convertir extraños en familia.
Cuatro años después llegó Corea-Japón. Hasta entonces yo creía que las cosas terminaban bien. Vivía en Buenos Aires y cursaba el secundario. Había visto casi todas las eliminatorias en el Monumental y la Argentina parecía invencible. Yo estaba convencido de que íbamos a ser campeones. Cuando quedamos eliminados sentí una tristeza desproporcionada. Lloré. No quería ir al colegio. Mucho tiempo después entendí que aquella mañana no estaba llorando solo por un partido; estaba descubriendo algo más universal: que las cosas que más queremos también pueden fracasar.
Alemania me encontró en la universidad; Sudáfrica, viviendo una de las experiencias más transformadoras de mi juventud y aprendiendo a mirar a mi padre como un adulto mira a otro adulto; Brasil, entre Nueva York, Buenos Aires y un viaje improvisado para ver el gol de Di María contra Suiza; Rusia, en La Guajira, cerrando la puerta de mi oficina después de perder con Croacia y preguntándome cómo era posible que un hombre adulto siguiera tan afectado por un partido de fútbol.
Cada Mundial parecía marcar una etapa distinta. Como si el calendario de mi vida no se midiera en años, sino en Copas del Mundo. Y entonces llegó Qatar.
Tres días antes de la final yo estaba sentado en un sofá en Sittwe, una ciudad remota de Myanmar. Era tarde. Mi vida estaba en otra parte. El trabajo ocupaba toda mi atención, ya tenía planeadas las vacaciones de fin de año, había intentado conseguir entradas durante meses y había fracasado. Me había resignado. La final sería por televisión, como tantas otras.
Esa noche estaba intercambiando bromas con un colega francés. Él iba a la final. Yo no. Hasta que de repente me escribió que un amigo suyo acababa de bajarse y que tenía una entrada disponible. Necesitaba una respuesta rápida. Solo pensé una cosa: ¿se puede llegar? Esa fue la única pregunta. La entrada existía. Ahora había que resolver el resto.
Conseguí encontrar vuelos entre Yangon, Bangkok y Doha, pero quedaba el problema más difícil: salir de Sittwe. Los vuelos aparecían completos, las rutas terrestres estaban cerradas por el conflicto y todo dependía de conseguir un asiento en el único vuelo que me permitía conectar con el resto del viaje.
Llegué a la oficina con la valija hecha. Un compañero de trabajo llamó a agentes de viaje. Nada. Fuimos al aeropuerto. Nada. Seguí actualizando la página desde el teléfono. Nada. Hasta que apareció una posibilidad. Los vuelos solían reservar algunos asientos para monjes. Uno de ellos acababa de cancelar y, de repente, tenía un pasaje. Todavía hoy me cuesta creer que una de las decisiones más improbables de mi vida dependiera de que un monje budista decidiera no viajar ese día.
Horas después estaba camino a Yangon. Luego Bangkok. Luego Doha. En el vuelo me senté junto a un padre argentino y su hijo de unos ocho años. Hablaron de fútbol durante casi todo el trayecto: quién iba a marcar a Mbappé, de qué lado iba a jugar Di María. Los escuchaba y pensaba que, treinta años antes, ese niño podría haber sido yo.
Llegué a Doha cerca de la medianoche. Dormí poco. Horas después tomamos el metro rumbo al estadio. Los vagones estaban llenos de argentinos cantando. Luego vino la caminata hacia el estadio. Recuerdo el aire seco. La luz de la tarde. Y una sensación extraña de ligereza, como si después de tantos vuelos, tantos aeropuertos y tantas improbabilidades hubiera llegado exactamente al lugar donde tenía que estar.
Durante el partido estuve detrás del arco donde se marcaron casi todos los goles, el mismo arco donde Dibu Martínez hizo la atajada que ya forma parte de la historia. A mi alrededor había muchos franceses. Dos argentinos se sentaron cerca y me saludaron como si nos conociéramos desde siempre.
Cuando Francia empató sentí que el estadio desaparecía. Hay momentos de ese tramo final que recuerdo de forma fragmentaria: goles, abrazos, penales, silencio, ruido.Y después la atajada de Dibu. Y después el último penal. Y después Messi levantando la Copa. Lloré. No lloré solamente por la victoria. Ni por Messi. Ni siquiera por el fútbol. Lloré porque, por un instante, sentí que todos los Mundiales anteriores estaban allí conmigo.
Muchos de los lugares desde donde vi los Mundiales anteriores han quedado atrás. Algunas personas siguen. Otras no. Otras han entrado en mi vida en el medio. Yo tampoco soy el mismo. Cada Mundial fue una forma de medir el paso del tiempo, una manera de saber quién era yo en ese momento de la vida y de recordar a las personas y los lugares que me acompañaron en el camino.
Cuando rueda la pelota vuelvo a sentir algo familiar. En algún lugar sigue existiendo aquel chico que se ponía una camiseta de Goycochea demasiado grande. Quizá esa sea la verdadera razón por la que seguimos viendo Mundiales. No para recordar a los campeones. Sino para recordar quiénes somos. El resto es azar.
Sersale es jefe de la oficina de ACNUR en Dnipro (Ucrania)