Murió Juan Carlos “Cacho” Elías, cofundador de El Topo. Tenía 89 años. La noticia fue anunciada por la empresa en redes sociales.
“Juan Carlos, Cacho, el Ruso. El de las ideas locas, el carismático. Un trabajador incansable. El que cuando te aconsejaba sobre el trabajo te hablaba en 3ra persona. Hoy se fue a las 3 am. Ya debe estar contando sus miles de anécdotas en donde quiera que esté. Un gran abrazo a Betty, su compañera de toda la vida, sus hijas y nietos y nietas. Gracias por todo Cacho! 1939-♾️La madriguera de la 83 cierra sus puertas por este verano”, dice el mensaje.

Velocidad, cine y motos
Juan Manuel Navarro dirige El Topo desde 2014. Es hijo Hugo Navarro y ahijado de Cacho Elías, los fundadores de la empresa.
Si bien hicieron historia en la Costa Atlántica, tanto su padre como su padrino nacieron en la ciudad de Buenos Aires. Se conocieron a principios de los 60 y se volvieron íntimos amigos. Eran inquietos, a ninguno de los dos le gustaba el trabajo en dependencia, y compartían la pasión pode las motos.
El padre de Hugo Navarro trabajó toda su vida en el Correo Argentino. Era un empleado dedicado y conocía a todos en la empresa. Cuando su hijo terminó el colegio, le consiguió un puesto cerca suyo. Pero Hugo no aceptó. “Quería ser libre”, explica su hijo. Quería, en definitiva, tener un negocio propio. Y si tenía algo que ver con las motos, mejor.
“Papá y Cacho eran motoqueros, querían estar rodando todo el día. Así que se dedicaban a repartir telegramas, cartas y paquetes por toda la ciudad, pero se especializaban en el film para los cines”, agrega Juan Manuel.
Trabajaban para todos los cines de la ciudad de Buenos Aires, para un tipo de apellido Chiricosta. Usaban un abrigo de cuero, jeans de molde y botas largas. Prendían la moto a las seis de la mañana y no se detenían hasta la media noche.

Su tarea era hacer llevar los rollos con películas “de cine en cine”, para su proyección. En esa época, cuando se estrenaba una película, a Buenos Aires llegaban alrededor de cuatro copias. Cada copia se dividía en varios rollos que el operador de cine tenía que intercalar. Cuando la primera parte terminaba en un cine, la llevaban a otra sala. Era un desafío de precisión suiza. Hugo y Cacho tenían que transportar los rollos de película por toda la ciudad a una velocidad que rozaba lo prohibido… sino es que la superaba.
“Era un trabajo exprés. Ellos tenían una grilla con todos los lugares a los que tenían que ir”, explica Juan Manuel. Fueron dos años de esquivar autos e ir a toda velocidad para cubrir la cuota. “Pero en Buenos Aires el tráfico siempre fue complicado, ahí fue que tuvieron los accidentes…”, agrega
La única coincidencia entre ambas caídas fue que llovía. Primero cayó uno y en menos de un mes el otro. “Los dos derraparon en avenidas importantes. No fueron accidentes mortales, pero estuvieron tres meses sin caminar. Se rompieron la rodilla. Cacho siguió andando en moto hasta hace poco, pero para mi viejo fue un adiós a las motos”, asegura Juan Manuel.
-¿Cómo pasaron de repartidores a churreros?
-En esa época, Cacho comienza a trabajar en una de las churrerías más relevantes de esa época que se llamaba “El Sol de Galicia”. Y ahí empezó a ver que la venta de churros era redituable.
Había dos churrerías, una es “El Sol de Galicia” y la otra “La Estrella de Galicia”. Son las empresas que en Buenos Aires reparten churros para todas las panaderías. Pero Cacho y Hugo buscaban una mecánica diferente. Querían interacción, que el aroma obligará al desinteresado a poner la nariz contra la vidriera, que se alucinaran con los rellenos que podían elegir.

“Desde el día uno no pararon de vender”
Para mediados de la década alquilaron un local en Juramento y Amenábar, abajo de un edificio residencial, y comenzaron a equiparlo. Compraron algunas máquinas y otras más las armaron ellos mismos. “Los tipos no te contrataban un albañil ni un pintor ni locos”, cuenta Juan Manuel refiriéndose a los fundadores con cariño. Bautizaron a su negocio como La Fábrica de Churros. “No fue el nombre más creativo, pero les funcionó”, agrega.
Desde el día uno no pararon de vender. La jornada comenzaba a las seis y terminaba cuando no había más que vender. Pero el descuido hizo que aquel primer éxito no durara más de tres meses: el local instalado en Juramento y Amenábar no tenía ventilación y los vecinos los echaron.
“El vapor mezclado con aceite se iba directo a las ventanas de los vecinos de arriba. Se empañaron con grasa y los dueños no tardaron en rescindir el contrato”, explica Juan Manuel.
El paraíso hippie es un lugar con churros
Hugo y Cacho estaban en problemas. Tenían maquinaria para surtir churros a miles de personas, pero no había lugar donde instalarse. Después de dejar Belgrano probaron suerte en Paternal, pero descubrieron que no había tránsito en esa zona… No duraron más de un mes en ese sitio. Fue entonces que Juan, un motoquero amigo, les sugirió que visitaran Villa Gesell. “Les dijo que era un lugar chiquito, pero que cada vez había más gente, en su mayoría pibes con onda hipona, rocanrolera… Les contó que era el paraíso hippie”, describe Juan Manuel.

En aquel tiempo, Mar del Plata era el destino turístico por excelencia. Una ciudad inaccesible para una juventud cansada de lo convencional. Aquellos jóvenes desarreglados querían música alternativa y paisajes prístinos, un sitio sin edificios. Para la mayoría de los locales de la costa, este turismo era sinónimo de decadencia. Pero para los bares y la comida económica era un éxito asegurado.
Hugo y Cacho llegaron en octubre del 67 y compraron el último local de la única avenida que tenía la ciudad. “Estaba destruido. Tuvieron que tirar muros y levantarlos de nuevo. Pintaron todo ellos. Estuvieron hasta diciembre trabajando y abrieron los primeros días de las vacaciones”, precisa Juan Manuel.
-¿Cómo surgió el nombre del local?
-En Villa Gesell había solo una persona que hacía letreros. Era un filetero al que llamaban El Principito. Un tipo que vivió desde muy joven en la ciudad y que se encargaba de bautizar cada comercio. No sé por qué, pero siempre sugería nombres de programas para chicos. A nosotros nos sugirió El Topo inspirado en el Topo Gigio. En Villa Gesell varios locales tienen nombres peculiares como la Jirafa Rosa, Jirafa Azul, la Almeja Miope y El Topo. Son todas obras de El Principito.
– ¿Y el nombre al revés?
– Eso se les ocurrió porque querían llamar la atención de alguna manera. Querían desconcertar al público. Siempre nos lo preguntan así que pienso que tuvo efecto.

El primer verano tuvo un éxito desbordante. “Estaban trabajando mi viejo, y mi padrino, pero también estaba mi vieja y Betty, la esposa de Cacho”, explica Juan Manuel. Hugo y Juan Carlos trabajaban en la cocina y tanto Betty como Dolores, esposa de Hugo, atendían al público. “En esos momentos, todos hacían todo. Incluso Juan, el que les había recomendado ir a Villa Gesell, terminó trabajando ese verano”, agrega.
En enero de 1968, la juventud bonaerense se concentraba en Villa Gesell con intención de fiesta inagotable. Como en Estados Unidos, que tuvo su “verano del amor”, la costa, por la noche, se forraba de fogones a la orilla del mar que mezclaban con guitarras acústicas, encuentros cariñosos, alcohol, y, en la madrugada, volvían hambrientos a la ciudad en busca de lo que pudieran encontrar.
Desde las tres y media de la mañana Hugo Navarro y Juan Carlos estaban preparados para recibir a los jóvenes desvelados y desaforados en el pequeño local sobre la avenida 3. No había necesidad de esfuerzo, el aroma a churros recién cocidos conducía a los hambrientos a la recién estrenada churrería “El Topo”. “Junto con ‘Lo de Carlitos, el Rey del Panqueque’ éramos los únicos locales abiertos para después de la fiesta”, asegura.

Se formaban filas de 50 personas desde las cuatro de la mañana y no dejaba de haber gente hasta las siete”, cuenta Juan Manuel. “La gallega [Dolores] era la voz cantante. La del mostrador. Mi viejo era callado, no se movía mucho en las relaciones sociales“, ilustra. Lo que más vendían eran los churros de dulce de leche, aunque también tenían de crema pastelera, membrillo y los “polémicos” churros de roquefort.
-¿Por qué roquefort?
-Y estaban discutiendo los sabores y Cacho le pregunta a mi viejo. ¿Por qué los churros tienen que tener un relleno dulce, por qué no podemos hacerlos salados? El churro es un pan frito, no tenía por qué no pegarla. Y al final fue un éxito.
El símbolo del Topo
Después de aquel verano, se convirtieron en un símbolo. No había Villa Gesell sin churros, y no había más churros que los del Topo. Para la siguiente temporada, crecieron aún más. Agrandaron el local y se expandieron a Necochea. Parecía que cada año la empresa seguiría el mismo curso, pero ni Cacho, ni Hugo, querían más de lo que ya tenían. “Hasta 2009 solo hubo dos locales, nada más”, cuenta Navarro. Esta situación era motivo de discusión entre su padre y él.
Tanto Juan Manuel como sus hermanos siempre buscaron abrir la empresa. “Cada vez éramos más familiares, y lo que en un principio nos daba a todos, cada vez se dividía entre más”, explica. Pero Hugo y Cacho mantenían su convicción de conservar las cosas como estaban. “Él pensaba que solo Cacho o él podían sacar adelante el negocio”.
“Ellos eran muy obstinados, muy perfeccionistas”, agrega. No fue hasta la muerte de Dolores que decidieron soltar las riendas del negocio. “A partir de ahí abrimos los primeros locales en Buenos Aires y también propusimos nuevas ideas”. Nuevos sabores, churros sin TACC y veganos son parte de las propuestas que han renovado al antiguo símbolo de la costa.