Persecución en los Pirineos

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Estoy siguiendo por las calles de Madrid a una mujer flaca y desvaída de mediana edad, sin rasgos llamativos y de aspecto sobrio y ropa neutra, que continuamente se acomoda el pelo oscuro detrás de unas orejas grandes, y que por extraño que parezca resulta inmune a los escaparates y a las rebajas del Corte Inglés. Está alojada en un pequeño hotel de Lavapiés y se dedica durante dos días a pasear por el centro histórico, eludir prolijamente los museos y husmear los mercados, y a cenar sola en la cervecería Santa Anna leyendo un libro que trajo desde Buenos Aires. Como volamos en el mismo avión, aunque alejados uno del otro, sé que se trata de un best seller sobre nutrición: lo vi de reojo al pasar al baño. Ahora está en Atocha a punto de tomar el AVE a Barcelona, y parece nadie en medio de una multitud colorida y ruidosa: el contraste me impresiona, pero no puedo definir qué significa ese sentimiento.

No importa cómo se llama, sólo que es una fiscal y que el Gobierno mandó su pliego al Senado de la Nación: la propone como jueza federal en zonas australes, y los norteamericanos tienen alguna duda, porque si se aprueba el proyecto ella tendrá jurisdicción directa en áreas de hidrocarburos y energía hidroeléctrica. Hay cosas con las que no se jode. La doctora cumple ampliamente los requisitos técnicos, y al examinar su desempeño judicial no surge ninguna causa polémica o que delate algún sesgo partidista. Merece lo que ambiciona. La agencia manda primero un equipo para meterle “ambientales” en su departamento y pincharle los celulares y la laptop, y luego para “caminarla” durante dos semanas. Al final resulta que sus padres –dos viejos inmigrantes polacos– han muerto hace años y que vive con una cierta modestia, que se divorció de un mediocre sin antecedentes y que no tuvo hijos, y que no se le conocen pareja nueva ni enemigos, ni vicios, ni filias ni fobias. El informe final hubiese dejado tranquilos a los tiburones de la SIDE, pero Langley insiste con la desconfianza y exige una indagación más profunda, sin soltar la menor prenda: sus sospechas e indicios se los guarda. “Es la vieja táctica de tabicar la información –explica Cálgaris–. En varias ocasiones han contratado pesquisas paralelas sin explicarles a cada uno de los detectives locales la doble jugada ni el motivo del encargo, y para recolectar datos y opiniones contrapuestas sobre una misma cuestión. Tienen guita para esos reaseguros”. Cuando nos enteramos de que la fiscal se tomará unas vacaciones en España, el coronel sugiere que yo haga las valijas y lleve conmigo una videocámara Sony de alta definición y zoom óptico, y una Nikon: mi cobertura es que soy periodista y que estoy haciendo una serie de notas de turismo. Tomo imágenes de la fiscal con mucho cuidado y viajo en otro vagón hasta Barcelona, donde no la está esperando más que un remisero. Sé por las “intervenciones” que no pernoctará en la ciudad (gusto que se dará recién a la vuelta), y que contrató un transfer y un hotel en Los Pirineos catalanes, a doscientos kilómetros. Como sé cuál es su destino final y alquilé a distancia un coche, le doy una hora de ventaja y manejo con calma por esos paisajes luminosos y verdes.

El hotel es un viejo castillo ubicado en una colina, al pie de una fortaleza del siglo XVI y con vista a un pequeño pueblo, un valle y una cordillera. En el transcurso de la tarde la fiscal se dedica a los masajes linfáticos y a nadar en la piscina descubierta; después se pone un vestido de noche que no le queda nada bien y cena en la terraza, solitaria y distraída. Ni por un momento cruzamos miradas ni siento sus ojos sobre un servidor, que procura una distancia estratégica, detrás de una mesa ruidosa de turistas italianos. Aprovecho para hacer fierros en el gimnasio y para correr veinte kilómetros por los senderos irregulares que circundan el castillo, mientras la fiscal suda la gota gorda en la cinta, se relaja en el sauna y se pasa la tarde a la sombra, disfrutando del paisaje y sin charlar más que intrascendencias con los camareros. Es una momia introspectiva, y el único contacto que tenemos resulta accidental: nos cruzamos por azar una noche en la biblioteca, que ella está revisando con una copa en la mano. La copa sólo tiene agua tónica con hielo y limón: su señoría tampoco prueba el alcohol. La saludo con un movimiento de cabeza, y ella me clava la vista de un modo extraño, como si se le hubiera activado una alarma interna. Pero yo salgo de esa ratonera rápidamente, sigo de largo, recorro el pasillo y me meto en mi habitación. Debemos de ser los huéspedes más silenciosos del mundo. Por las dudas, no me dejo ver más: no asisto al desayuno, ni a la cena, y no deambulo por el hotel. Apenas me asomo de lejos o cuando sé que cumple su rutina de relajación completa, y lo hago para comprobar que todos los días es el mismo día repetido.

En varias ocasiones han contratado pesquisas paralelas sin explicarles a cada uno de los detectives locales la doble jugada ni el motivo del encargo

Un topo es alguien gris y olvidable, capaz de pasar inadvertido, un fantasma en una procesión

Una tarde abro con dos ganzúas la puerta de su cuarto y examino con mucho detenimiento la maleta, la ropa, los cajones, el baño. Nada. La señorita está blindada en su simpleza y aburrimiento. Sin embargo, durante la noche siguiente percibo con sorpresa, desde una ventana del lobby, que está cenando en la terraza con una desconocida: el corazón me da un vuelco. Es una mujer alta y rubia, de cabello muy corto y ojos claros: delgada pero no bella, con aspecto de ejecutiva o funcionaria. Las filmo y las fotografío a distancia, y me quedo en vela siguiendo sus gestos, porque la sobremesa es larga. No se tratan ni con familiaridad ni con seducción: parece una fría reunión de negocios. Pero sigue de pronto en el cuarto de la fiscal, de manera que sólo puedo pensar en una cita romántica o erótica. Cuando rodeo en la oscuridad el hotel descubro, no obstante, que están sentadas en el balcón, una frente a la otra, y las grabo con el zoom intercambiando palabras inaudibles al menos durante una hora más. Luego la rubia se levanta y la besa en la mejilla, y desaparecen del cuadro. Al rato, la fiscal regresa, se acomoda el pelo detrás de las orejas y se queda pensativa, tomando el fresco de la noche.

Al día siguiente la rubia se ha marchado del hotel, y a la fiscal le queda poco. Siete horas después de haber enviado el material fílmico y los informes, el coronel me avisa que lo están analizando en Langley; presiente, por la excitación de los yanquis, un rápido desenlace. Llega cuando ya estamos en Barcelona, y la doctora se pasea por el barrio gótico. Con la tecnología de identificación facial, comparaciones y consultas, ya reconocieron a la interlocutora: es una diplomática rusa, que ocupa la agregaduría cultural de una embajada europea. Ese cargo, por lo general, lo ejercen agentes del SVR. “No filtraron más datos –dice el coronel riendo entre dientes–. Pero me imagino que es una veterana, y que debe tener un expediente gordo que no van a compartir con nosotros. Reclutamientos, influencia, vigilancia, maniobras de presión, operaciones secretas. Lo habitual en estos casos”. La fiscal que ya nunca llegará a jueza entra en una cerería antigua y mira sin pasión las velas artesanales. Ahora puedo por fin decodificar aquel raro sentimiento que tuve en Atocha: un topo es alguien gris y olvidable, capaz de pasar inadvertido, un fantasma en una procesión. Y la doctora encaja perfectamente en ese tipo: alguien le enseñó los trucos y los procesó a fondo. “Cuando la investigamos no surgió ni remotamente la chance de que tuviera una ‘leyenda’”, digo sin perderla de vista. “Ya no depende de nosotros sino de los norteamericanos –responde el coronel, que está levantado y lúcido a esa hora de la madrugada porteña–. Habría que ver si los ‘padres polacos’ de verdad nacieron en Polonia. El amor por la patria se hereda”. La observo inclinarse sobre una luz: ni aun iluminado su rostro cobra vida.


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