En el luminoso atelier del Palacio Alcorta, Martina Pavia trabaja en silencio. Dos máquinas de coser marcan el pulso de los distintos espacios cargados de recuerdos familiares mientras que, en los percheros, los vestidos de novia se muestran suspendidos. Todo lo hace ella: dibuja, corta, prueba, ajusta, vuelve a empezar. No hay atajos ni delegación. Hay oficio.
En ese espacio conviven, también, los ecos de una historia mayor: la de sus abuelos, Adolfo y Rosita Drescher, fundadores de Caro Cuore, la emblemática marca de lencería que marcó a generaciones de mujeres y llegó a tener más de medio centenar de locales en el país y presencia internacional. Una empresa que supo construir identidad y marcar una época. Pero Martina no heredó el negocio sino otra cosa, más intangible. Una manera de mirar la prenda, de entender el cuerpo.
Rosita, el alma mater del imperio que construyó junto a su marido, la observa con orgullo. “Hay un corpiño que hizo cuando recién empezaba a coser… No puedo explicar la belleza. Y nadie le había enseñado nada. Creo que inconscientemente nos estaba mostrando que quería seguir ese camino y que podía hacerlo”, recuerda.
En ese gesto temprano, Rosita reconoce algo más que habilidad. “Tiene una capacidad enorme. Vale la pena verla trabajar: hace todo, desde el dibujo hasta la moldería. Lo hace de una manera extraordinaria, con una calma admirable. Nunca la vas a ver nerviosa”.
Martina escucha esas palabras como quien recibe un legado. Su estilo es como su carácter: sereno, preciso, íntimamente alegre. “Me gustan los vestidos que dicen desde su arquitectura, que construyen una identidad”, explica. Trabaja las telas y las transforma, como a las novias que viste.
Martina escucha esas palabras como quien recibe un legado. Su estilo es como su carácter: sereno, preciso, profundamente pensado, e íntimamente alegre. “Me gustan los vestidos que dicen desde su arquitectura, que construyen una identidad”, explica. Trabaja las telas y las transforma, como a las novias que viste.
-Venís de una familia muy ligada a la moda. ¿Por qué elegiste este camino?
-Siento que fue algo muy natural. Ni siquiera lo pensé tanto. Desde chica siempre estaba creando, armando ropa con lo que encontraba. Jugaba a disfrazarme, pero no era solo el juego: era inventar algo nuevo. Seguramente lo vi en mi familia, pero nunca me lo impusieron. Cuando tuve que elegir qué estudiar, fui directo a Diseño de Indumentaria en la UBA. No hubo duda.
-¿Cuál es tu primer recuerdo ligado a la costura?
-Mi hermana Catalina tenía unas muñecas grandes, las famosas American Dolls, que venían con ropa. Para mí el juego era hacerles vestidos con retazos que encontraba. Cosía a mano, con lo que había: telas, papel, cartones, bolsas. Nadie me enseñó. Después pedí una máquina de coser para un cumpleaños. Primero fue de juguete, después una de verdad. Ahí ya no paré.
-Tu formación tiene varias etapas. ¿Qué te dio cada una?
-La UBA me dio una base muy fuerte en lo conceptual y lo técnico. Parsons [escuela de diseño ubicada en Nueva York] fue otra cosa: más contacto con los materiales, con las telas, con la moldería, con el hacer. Y el posgrado en Barcelona fue clave porque me especialicé en vestidos de novia y ceremonia. Estar ahí fue muy importante porque Barcelona es una de las capitales de la moda nupcial. Todos los años se hace una Fashion Week dedicada exclusivamente a casamientos, así que era una oportunidad única para ver desfiles, interactuar con otros diseñadores y marcas, y también trabajar en un atelier. Todo eso me terminó de confirmar que ese era mi lugar. El vestido más impresionante que hice fue justamente en esa etapa. Tenía un trabajo muy detallado, muy artesanal, ganó un premio y quedó expuesto en la entrada de uno de los hoteles más importantes de Barcelona durante la semana de la moda nupcial.
-¿Qué te atrajo de la alta costura nupcial?
-Que no es solo moda, es un momento de vida. Yo no quería hacer algo superficial. Y lo confirmé cuando Lara, una amiga de toda la vida, me pidió que le diseñara su vestido. Yo tenía 24 años y trabajaba en algo bastante más burocrático y técnico para una marca. Fue una gran responsabilidad, porque para mí ella tenía que estar feliz, más que cualquier clienta. Acompañarla en ese proceso fue muy movilizante: me hizo dar cuenta de que era lo que quería hacer, que quería estar ahí, en esos momentos únicos.
-¿Qué tiene de especial diseñar un vestido de novia?
-No es solo hacer un vestido, es construir algo que queda para siempre en la memoria. Ahí entendí que no quería algo superficial, sino algo con sentido.
-¿Cómo fue ese salto al emprendimiento propio?
-Cuando volví de Barcelona me pregunté si buscaba trabajo o si empezaba por mi cuenta. Y sentí que, si no lo hacía en ese momento, lo iba a seguir postergando. Arranqué de a poco: haciendo vestidos, sacando fotos, generando contenido. Y las primeras clientas empezaron a llegar por recomendación.
-Tu abuela habla mucho de tu forma de trabajar. ¿Qué tomaste de ella?
-Mucho. Sobre todo, el respeto por el trabajo, la ética, el hacer bien las cosas. En mi familia eso siempre fue central. Y también la idea de que todo lleva tiempo, que hay que construir de a poco. Cuando alguien no tiene tanta capacidad de diseño o de detalle, la tela te salva la vida. Yo prefiero lo que requiere un esfuerzo, una técnica. Por ejemplo, con el corset, que hoy está en tendencia, mi abuela me asesoraba con toda su experiencia en lencería y corpiños.
-Ella destaca tu búsqueda de la perfección y que hacés todo vos. ¿Es así?
-[Ríe] Eso lo dice porque me quiere. Pero sí, tengo ayuda en algunas terminaciones, aunque estoy en todo el proceso: desde tomar medidas hasta la moldería y las pruebas. Me gusta que cada vestido pase, en todas sus etapas, por mis manos.
-¿Cómo definirías tu estilo?
-Minimalista, pero con estructura. Me interesa que el vestido tenga una arquitectura, que se sostenga desde lo constructivo. No me interesa tanto lo recargado, sino el detalle sutil. Menos, es más, pero con detalle.
-¿Qué buscás en cada novia?
-Que encuentre su propio estilo. Muchas vienen con referencias, fotos, ideas. Mi trabajo es ordenar eso, bajarlo a tierra y construir algo propio. No replicar algo que ya existe, sino crear algo nuevo juntas. Que el vestido hable de ella.
-También trabajás con madrinas e invitadas…
-Sí, porque entendí que todo ese universo también es importante. No es solo la novia. Son momentos muy especiales para muchas personas.
-¿Cómo manejás las tensiones que aparecen en ese proceso?
-Escucho a todas, pero siempre dejo claro que la decisión es de la novia. A veces hago de mediadora. Trato de que todas se sientan escuchadas, pero que no se pierda el eje.
-¿Siempre sos así de tranquila?
-Sí, creo que sí. Me gusta trabajar con calma. Incluso en momentos de tensión, trato de bajar la ansiedad.
-¿Alguna vez le dijiste que no a una clienta?
-Sí. Una vez una clienta estaba muy indecisa y el tiempo corría. Sentí que no podía hacer bien mi trabajo en esas condiciones. Preferí decir que no. No puedo trabajar a las corridas.
-¿Qué es lo más desafiante de este oficio?
-Trabajar con distintos cuerpos. Pero es lo que más me gusta. Me interesa encontrar la forma de que cada persona se sienta bien, cómoda, linda.
-¿Recordás algún caso en particular?
-Una clienta que no se sentía segura con su cuerpo. Trabajamos mucho en la moldería y en las telas para encontrar lo que la hiciera sentir bien. Quería un vestido sin mangas, así que buscamos la forma de acompañar eso. Cuando la vi feliz, fue muy fuerte. Después volvió varias veces. Ahí entendí el valor de lo que hago y que estaba en el camino correcto.
-¿Dónde encontrás inspiración?
-Sigo a diseñadoras españolas como Rosa Clará o Pronovias. Me gusta ese minimalismo estructural. Pero también me inspiro en la arquitectura, el arte, los museos. Me interesa mucho la construcción, ver cómo se arma algo. Viajo mucho con mi abuela y vemos de todo: desde colecciones que no tienen que ver con novias hasta teatro o galerías.

-¿Qué tendencias ves hoy?
-Para novias, vestidos con estructura pero que se vean relajados. Me gusta el detalle sutil, no lo extravagante, y mezclar texturas. Me interesa trabajar las telas, no dejarlas como vienen. Para invitadas, transparencias, brillos y tonos vino o uva. Igual, siempre prefiero ver a la persona.
-¿Te imaginás tu propio vestido de novia?
-Me cuesta mucho. Veo tantos vestidos todo el tiempo que siento que tendría que ser algo completamente nuevo y distinto.
-¿Te gustaría hacer lencería, como tu familia?
-Tal vez en algún momento. Pero lo haría con el mismo nivel de detalle y dedicación que ellos.
-¿Un sueño pendiente?
-Seguir creciendo, tener mi propio desfile, mostrar mi trabajo de otra manera.
-¿El consejo que más valorás de tu abuela?
-Que tenga paciencia y que no deje de hacer las cosas con respeto y dedicación.