La vida exagerada de Bryce Echenique

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Creo que es en el primer tomo de sus antimemorias, Permiso para vivir, donde Alfredo Bryce Echenique, el escritor peruano, reconocía lo decisivo que le habían resultado los libros de Cortázar. He ahí, se dijo, alguien que escribe como le da la gana. Seguiría su ejemplo y se pondría a escribir sin volver atrás, como le saliera. Es lo que hizo después de los cuentos de Huerto Cerrado (1968) y la archicelebrada Un mundo para Julius (1970), que algo le debían todavía al clima del boom, al que en realidad no perteneció.

“La vida exagerada de Martín Romaña” es el mejor ejemplo de que Bryce contó como se le dio la realísima gana

Una muletilla mezquina salida de los claustros universitarios suele minimizar a Cortázar declarándolo simple lectura de iniciación. Tal vez sea una manera de decir, sin darse cuenta, que Cortázar es un clásico. Bryce –que seguramente apuntaba al informalismo de Rayuela–, en todo caso, adoptó para sus libros el estado de iniciación permanente. La gracia de sus novelas es que se las lee y se las cierra pensando que no tendrán mayores consecuencias que su fabulosa hilaridad y, sin embargo, quedan titilando de manera misteriosa en la memoria. Las leí a mansalva allá por la veintena, nunca escribí –según descubro ahora– una línea sobre ellas y, sin embargo, siguen ahí, como recién hojeadas.

La vida exagerada de Martín Romaña es el mejor ejemplo de que Bryce –que falleció la semana pasada– contó como se le dio la realísima gana. No solo por esa tromba verbal que no deja de avanzar y suena tan actual (el libro es de 1981), sino por su absoluta indiferencia a los grandes armatostes arquitectónicos en los que se habían especializado sus pares latinoamericanos. Leer también es un momento y su circunstancia: con la excepción de Cabrera Infante, hasta entonces nadie había tenido tanto humor.

Es una novela de formación, como más tarde, y de manera más desencantada, lo sería Los detectives salvajes de Bolaño. Como Bryce, Martín Romaña va a París a cumplir el ritual generacional de convertirse en escritor –ahí estaban los ejemplos de Julio Ramón Ribeyro y Vargas Llosa– y, sentado en un sillón Voltaire, se dedica a anotar en un cuaderno los recuerdos agridulces de una década. La capital francesa está lejos de lo que prometía ser para el inmigrante con ínfulas de artista. El antiheroísmo sentimental e hipocondríaco y el fracaso de no poder escribir su novela son el magma del relato. Sus aventuras en Mayo del 68 resultan, como cada uno de sus días, en malentendidos soberanos. Todo le sale mal: su mujer, Inés, con la que duerme en una cama con una hondonada, símbolo de tristeza, termina por dejarlo. Más tarde, tiene unas hemorroides que no le permiten ir al baño durante largo tiempo. Bryce no le teme a la escatología. Su caso, le dice el médico –cito de memoria, riéndome todavía–, quedará “en los anales de la proctología”. En el segundo tomo, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, cuando otra mujer, Octavia, lo abandone, Romaña irá a dar un curso sin sacarse sus anteojos oscuros y, en vez de hablar, pondrá en un grabador la clase leída por él mismo: otro remedio para melancólicos.

Bryce escribió muchos otros libros después, algunos muy buenos (No me esperen en abril, por ejemplo), otros no tanto. Su estilo tiene el efecto del alter ego, como si los narradores fueran sus dobles. Tanto que cuando se vio inmerso en un escándalo por plagiar algunos artículos periodísticos, lo consideré una broma novelística. Me acuerdo de haber leído un par de esas notas antes de que estallara el asunto. Una era sobre Thomas Pynchon. Se limitaba a enumerar fechas y datos fríos, al mejor estilo Wikipedia. Solo Martín Romaña en un día de anteojos oscuros, llegué a pensar, podía permitirse una broma de ese calibre: una nota malísima –más copia que plagio– firmada por Bryce. Era como si el personaje hubiera salido en busca de su autor, que alguna vez había titulado a uno de sus libros, sin olvidarse de citar la canción que lo inspiraba, La felicidad ja ja.


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