La ofensiva de Israel exacerba las tensiones internas en el Líbano y sobrevuela la amenaza de otra guerra civil

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BEIRUT.– El aire es irrespirable en Beirut. Los bombardeos israelíes no sólo siembran destrucción y muerte, sino también contaminan y, juntándose con el polvo de los escombros de los edificios arrasados, han creado una capa evidentemente tóxica en el ambiente. Algunos estornudan, alérgicos, otros se ponen un barbijo. Aunque lo que más preocupa es la tensión, cada vez más fuerte, entre las distintas comunidades que conviven aquí y, sobre todo, rabia hacia los chiitas, el grupo religioso al que pertenece el grupo armado pro–iraní Hezbollah.

Hezbollah es visto como el gran culpable de haber arrastrado al Líbano, un país ya destrozado y en una terrible crisis económica por la guerra contra Israel de 2024, a un nuevo conflicto mucho más violento. En diez días, ya dejó 800 muertos, entre los cuales 100 niños, unos 2000 heridos y casi un millón de desplazados, según el informe de este viernes del ministerio de Salud libanés.

Un bombero inspecciona los daños en el lugar donde un edificio fue alcanzado por ataques aéreos israelíes en el centro de Beirut, Líbano, el 13 de marzo de 2026

La exasperación contra los chiitas –y por ende, contra Hezbollah–, se palpa en barrios cristianos de Beirut, ciudad de contrastes entre unas partes opulentas y otras paupérrimas, llena de barreras invisibles y aún marcada por resabios materiales y psicológicos de una guerra civil fratricida, entre 1975 y 1990.

El miedo de los cristianos

Fiel reflejo del mosaico de confesiones, en un panorama entremezclado de barrios con mezquitas y minaretes, banderas amarillas de Hezbollah y afiches con el rostro de su líder, Hassan Nasrallah –asesinado por Israel en septiembre de 2024–, no sólo de repente se ven iglesias o escuelas cristianas. También aparecen grandes cruces colgadas como si se tratara de pasacalles, imágenes de la Virgen o del aquí venerado san Charbel Makhlouf –santo libanés católico maronita– y banderas blancas con adentro el clásico cedro libanés de las Fuerzas Libanesas, partido cristiano de derecha.

Como en todas partes, también en los barrios cristianos hay miedo. A las cuatro y media de la mañana de este viernes, en un nuevo ataque que aterró a la población, un dron israelí destruyó el cuarto piso de un edificio residencial de siete pisos de Bour Hammoud, un suburbio del noreste de esta capital, pegado a un barrio armenio cristiano. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) dijeron haber matado a un terrorista de Hezbollah, en un enésimo “asesinato selectivo”.

Según las FDI, desde el comienzo de esta guerra contra el Líbano, el 3 de marzo, mataron a más de 380 agentes de este grupo pro–iraní (considerado terrorista), en más de 1100 ataques que alcanzaron unos 190 sitios operativos, más de 200 misiles y rampas, 35 centros de comando y control y aproximadamente 80 edificios utilizados para actividades terroristas.

Esta mañana destruyeron el puente sobre el río Litani, infraestructura clave porque es la única conexión que mantiene atados los últimos 30 kilómetros del Líbano al resto del país. Duranta la jornada, pasó por aquí el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, para manifestar solidaridad con el pueblo del Líbano, “que no eligió esta guerra”, sino que fue “arrastrado” a ella y para lanzar un urgente llamado humanitario para aportar 308 millones de dólares en su ayuda.

Personas inspeccionan el lugar de un ataque aéreo israelí que tuvo como objetivo un departamento en la zona de Bour Hammoud, en los suburbios del norte de Beirut, el 13 de marzo de 2026

Frente al edificio atacado de la rue Naba, a media mañana se veían periodistas y curiosos que se acercaban a sacar fotos al departamento del cuarto piso ahora arrasado. Olía de nuevo a quemado, a pólvora y el aire era denso. Aunque el resto del edificio estaba milagrosamente en pie, en la planta baja se veía un charco enorme de agua debido a la explosión de caños, junto a vidrios y escombros.

“En el edificio había gente que fue evacuada de Dahyeh”, aseguran a LA NACION Jinan, de 17 años y su mamá, Fatum, docente de ciencias, de 35, que aluden al inmenso barrio considerado el feudo de Hezbollah, cuyos residentes debieron evacuar debido a ofensiva israelí.

Edificio de Bour Hammoud, Beirut, Líbano, el 13 de marzo de 2026. Fuente: Elisabetta Piqué

Aun en pijama y con ojos llenos de terror, madre e hija no ocultan su shock. “Fue horrible. Estábamos comiendo antes del comienzo del ayuno del Ramadan y hubo una terrible explosión, el edificio se sacudió y al principio pensamos que el ataque había sido en otro lado, no en nuestro edificio”, relatan, aterradas. El ventanal que da a la calle increíblemente no estalló en mil pedazos, sino que sufrió una rajadura. En un departamento modesto, con muebles básicos, también viven el marido y un hermano, que ahora no están, han salido a trabajar. En el pequeño living impregnado de humo tóxico –resabio del ataque tres pisos más arriba–, madre e hija, de la comunidad chiita pero vestidas a la occidental y sin el pelo tapado, dicen que no saben a quién mataron, ni por qué. Como la mayoría de los libaneses, no quieren fotos ni tampoco hablar de política. “Yo soy neutral, no estoy ni en contra de Hezbollah, ni a favor, sino que lo único que quiero es vivir en paz”, se limita a decir Fatum, excusándose porque se tiene que ir porque ha venido un agente libanés a ver los daños.

El fantasma de la guerra civil

En el barrio cristiano de Ain Re Mmaneh, que queda pegado al de Dahyeh, en el taller mecánico de Alan, piensan distinto. Y como una mayoría de libaneses que va creciendo, que según analistas es la primera vez que sale a flote, acusan con todas las letras a Hezbollah por haber nuevamente sumido al Líbano en una pesadilla que nadie sabe ni cuándo ni cómo terminará. “Son ellos los culpables de todo esto, son ellos los responsables: es la quinta vez que arrastran al Líbano a un agujero negro y nadie puede decir nada. Nosotros los cristianos no queremos la guerra, si ellos quieren guerra ¡que se vayan a Gaza o que se vayan a Irán! ¡Nosotros los libaneses amamos la vida, no la muerte!”, dispara Alan.

“Ahora ellos, los chiitas, han tenido que irse de sus casas y vienen a vivir entre nosotros, poniéndonos en peligro, trayendo armas y problemas”, clama, al destacar que muchos de los cientos de miles de residentes de Dahyeh evacuados, se encuentran alojados en tres escuelas del barrio que se han transformado en refugios.

Imagen del 12 de marzo de 2026 de edificios dañados por un ataque aéreo israelí, en la zona de Bachoura de Beirut, Líbano

Su amigo Jospeh, policía, también cristiano, piensa lo mismo. Aunque sabe que no todos los chiitas pertenecen al grupo Hezbollah, reconoce que esta nueva guerra –que se desató cuando Hezbollah decidió lanzar misiles contra Israel en venganza del asesinato en Irán del gran ayatollah Ali Khamenei, el 28 de febrero–, ha provocado rabia en contra de toda la comunidad. En 2024 hubo una oleada de solidaridad de las demás comunidades con todos los chiitas que habían sido expulsados –como ahora–, desde el sur y desde Dahyeh. “Hace un año y medio nosotros los recibimos y los ayudamos, pero ahora no”, admite.

“Todos los chiitas son culpables porque respaldan a Hezbollah, porque aman a los iraníes y destruyen al Líbano para ayudar a Irán, cuando los libaneses no tenemos nada que ver con Irán”, suma, sin pelos en la lengua.

Escombros de edificios y comercios destruidos en el barrio de Haret Hreik, sur de Beirut, el 13 de marzo de 2026

Ante la gran pregunta que se hacen muchos, visto este clima al rojo vivo, de una posibilidad de una nueva guerra civil en el Líbano, Joseph dice que sí, que es un escenario posible “si arrastran también a los militares libaneses”. “Nuestro Ejército está bajo riesgo de implosionar si llega a haber un enfrentamiento con Hezbollah, porque nuestros militares –que son 160.000– representan a todas las comunidades, hay cristianos, drusos, musulmanes chiitas y sunnitas”, explica, preocupado. “Pero nosotros amamos a Jesús, no le tememos a nada”, se despide.

Baabda, otro barrio cristiano, pero de clase alta, donde se levanta la Universidad Antoniana –cerrada como todas las instituciones educativas por la guerra y donde se ve flamear una bandera vaticana junto a una libanesa–, se ha vuelto una meta para los periodistas que cubren esta nueva guerra.

Mirador de Baabda, en Beirut, Líbano, el 13 de marzo de 2026. Fuente: Elisabetta Piqué

En lo alto, hay un mirador hacia la ciudad y, especialmente hacia Dahyeh, desde donde se levantan algunas columnas de humo gris. Los camarógrafos se encuentran apostados allí para filmar en vivo y para no perderse las imágenes de nuevos bombardeos. Allí, por la tarde todos se sobresaltaron cuando el estruendo de aviones de combate y diversas explosiones rompieron el silencio. Entonces hubo momentos de pánico en Beirut. Pero no fue un nuevo ataque israelí, sino que de repente llovieron desde el cielo panfletos de las FDI que llamaron a los “queridos ciudadanos libaneses” a presionar para desarmar a Hezbollah, “el escudo de Irán”.

“El Líbano es decisión suya, no de otra persona”, decía el mensaje. “La estabilidad no es sólo una palabra: es un derecho de todos los libaneses”, agregaba el folleto que ostentaba incluso un código QR para que los libaneses pudieran colaborar para llegar a “un cambio real”. “Todos los libaneses tienen derecho a vivir en paz. La unidad 504 está trabajando para el futuro del Líbano. Si quieres ser parte del cambio, estamos aquí para escucharte”.


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