La Feria del Libro y el legado de una mujer espléndida

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Me hubiera gustado conocerla. Recuerdo que mi tía, Elisa Ulloa, la calificó de espléndida; las dos eran mujeres de tierra adentro, periodistas y escritoras. Apasionadas. Cuando finalmente di con ella, medio siglo había transcurrido; la vida y el mar me fueron demorando y me entretuve en otros asuntos. El reencuentro fue casual; promediaba el invierno del año pasado cuando recuperé algunos libros de la biblioteca (caótica, exuberante) de Elisa; escondida entre ellos, me llamó la atención una tapa desvencijada, que mostraba a un gaucho tocando la guitarra, bajo el curioso título Nuevas coplas de Martín Fierro. Las páginas se habían perdido, pero aún se alcanzaba a leer que el libro lo publicó la Editorial Guillermo Kraft, el año en que nací; su autora era María de Villarino. Aquella mujer espléndida.

La generosidad del azar debe ser retribuida con nuestra curiosidad, porque en ocasiones nos señala algo importante, como al descuido, y no es sabio ofender a los dioses. Me propuse entonces conocer mejor a María. Primero recuperé un viejo retrato suyo, en blanco y negro, que me recordó a las fotografías que capturaba la genial Annemarie Heinrich. María era parecida a como yo la imaginaba, lo cual fue una grata sorpresa; me impresionó la fuerza de su mirada. También, cierta tristeza y lejanía. Luego investigué sus datos biográficos; eran lacónicos, confiriéndole a María un conveniente misterio. Supe que nació en Chivilcoy, en alguna fecha imprecisa, entre 1905 y 1909, y que falleció en Buenos Aires en 1994. Un dato definía su vida, íntegramente dedicada a la literatura: fue la única mujer que presidió la Sociedad Argentina de Escritores, en donde abundaron los Lugones, los Borges, los Mallea. Desde ese espacio de letras y poder, articuló la génesis de la primera Feria Internacional del Libro. Eso ocurrió en 1975 y fue ella quien dio el discurso inaugural, jugando con el concepto de “la primera imprenta”, que resuena como la multiplicación de los peces, o, en este caso, de libros y lectores. Hasta aquí, el informe de su vida.

Para mi asombro, su obra no fue fácil de hallar; pese a los premios, pese a los logros, pese a su recorrido en La Nacion y en la revista Sur, donde trabajó con Victoria Ocampo. Solo recuperé un poema suyo (“Nací con el otoño”) en un blog que afirma (con acierto) que los poetas no van al cielo. En el verso final María dice “Y recibí, espigado en profecía/ de lágrimas y luz, un nombre leve:/ me llamaron María”. Fue el primer contacto que tuve con la exquisita levedad de su poesía, pero yo buscaba Las nuevas coplas de Martín Fierro y el libro se ocultaba en algún anaquel perdido de Buenos Aires. No di con él en la avenida Corrientes ni en los puestos callejeros de Plaza Italia; tampoco en las grandes cadenas, donde priman las novedades. Una librería de antiguos y usados lo había vendido poco antes de mi consulta; en otra, que suelo frecuentar, se había extraviado. Alertado por la historiadora Luisa Donovan, encontré la copia digital de un ejemplar, que alguien había donado a la Biblioteca de la Universidad de Texas; un extraño camino había recorrido el libro hasta llegar a mis manos, pero así se divierten las musas.

Cuando comencé la lectura de Las nuevas coplas de Martín Fierro, ya conocía bastante a María. Lo que se propuso fue admirable; acometió la reescritura de la obra de José Hernández, y, para lograrlo, abandonó su voz como poetisa y se sometió al carácter y al habla del desertor, lo cual debió ser brutal para ella. Pero la pampa que imaginó no fue un infierno, pródigo en desdichas y horror; María describió un territorio solitario y áspero, pero donde no estaban ausentes la esperanza ni la belleza, al modo de Whitman, que celebró lo bueno de la vida. La voz de Fierro resuena en el poema, pero es ella quien canta cuando leemos: “Al escuchar relaciones, de tanta hazaña sentía/ que algo projundo escondía/ esa pampa en su bravura;/ algo que estaba en su anchura/ y que yo no conocía”. Y en ese juego con su alter ego, María humanizó a Fierro, como lo refleja esta estrofa: “Muere el hombre si se pierde/ en la estensión del desierto/ y dese también por muerto/ quien el amor lo maltrata/ si el diablo a su soga lo ata/ para tenerlo despierto”.

No me propongo analizar la obra; tampoco tendría la capacidad de hacerlo. Solo la he disfrutado, como viejo lector del Martín Fierro, y la comparto con ustedes. Es como prestar un libro, sin necesidad de que lo devuelvan. Describir su pampa (¿cuánto habrá de aquel Chivilcoy suyo, de principios del siglo XX?) le demandó la producción de miles de versos y años de trabajo. Las extensas acotaciones en las páginas finales de su libro revelan las tenaces jornadas que dedicó a documentarse sobre cada lugar, cada costumbre, cada modismo; recordemos que era profesora de letras, una devota de las palabras. No solo releyó largamente la obra de Hernández; también Sarmiento, Darwin, Hudson, Esteban Echeverría y Lugones fueron sus compañeros de ruta. “En esta labor –nos dice María en la introducción–, me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido. Palabras que Hernández escribe en el Prólogo de su Poema, y que hago mías con verdadera humildad”. El mérito de María, más allá de sus coplas, que son admirables, fue aplacar su voz, para permitir que también se escuche la del otro y cantar juntos. Ese respeto hizo que el poema sea más potente. Ojalá podamos imitarla.

En abril de este año se inaugurará la edición número 50 de la Feria Internacional del Libro, a la cual no suelo faltar. Los visitantes se multiplicarán, y ojalá los lectores y el amor por los libros, porque de eso se trata todo. Escritores, sellos editoriales, conferencistas; todos buscarán diferenciarse y maravillar, uno de los signos de esta época. Sin embargo, creo que cada Feria es, esencialmente, una nueva reescritura de aquella que inauguró María de Villarino, como ocurrió con el Martín Fierro.

Podría ser una buena idea homenajearla a medio siglo de su discurso inaugural; creo que eso no le disgustaría. Quizás alcance con un breve mural en la entrada de la feria con alguno de sus versos. Ayer visité Wikipedia, para conocer la pujante historia de Chivilcoy; curiosamente, María no figuraba entre los personajes ilustres de su ciudad. Nada que no podamos volver a escribir.

Marino, veterano de Malvinas; docente y escritor. Autor de Vidas paralelas


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