En el debate público, la palabra hambre suele asociarse de inmediato a una problemática social. Pero hay una dimensión menos comprendida y profundamente estigmatizada: el hambre como síntoma biológico en personas que viven con obesidad.
En la obesidad, el peso aumentado suele ser el signo más visible de una enfermedad crónica. Y como sucede con otras enfermedades, cuando se interrumpe un tratamiento efectivo, reaparecen los signos y síntomas. Entre ellos, en muchos pacientes, aparece o se intensifica algo que se vive con angustia y vergüenza: hambre persistente o “voraz”, incluso cuando la persona desea comer menos y “hacer las cosas bien”. Hablar del hambre en obesidad no es justificar “excesos”, es nombrar un síntoma para poder comprenderlo, abordarlo y, sobre todo, dejar de culpar.
Hambre biológica: por qué la obesidad no se reduce a “comer mucho”
La obesidad no es un problema de carácter, ni se explica solo por “falta de disciplina”. Es una enfermedad multicausal y recidivante, en la que interactúan biología, ambiente, conductas, sueño, estrés, condicionantes sociales, tratamientos previos y predisposición individual.
Desde el punto de vista fisiopatológico, existe una desregulación de los sistemas que controlan el apetito, la saciedad, el gasto energético y la recompensa. Esto significa que, para muchas personas, el organismo puede “empujar” a comer más o a sentir hambre con mayor frecuencia e intensidad, aún, cuando exista motivación genuina por cuidarse.
Este punto es clave para desestigmatizar: hambre intensa no es sinónimo de “gula”. Puede ser la expresión de un sistema regulatorio alterado.
“No es gula”: por qué algunas personas sienten hambre voraz
El hambre no se origina solo en el estómago, son que es el resultado de una red neuroendocrina compleja, donde participan:
Señales de reservas energéticas (como leptina e insulina), que informan al cerebro cuánta energía hay disponible. En obesidad puede existir resistencia a estas señales, disminuyendo la percepción de saciedad.
Señales gastrointestinales (como GLP-1, PYY y CCK), que modulan saciedad, vaciamiento gástrico y apetito.
Circuitos cerebrales de recompensa y motivación, que pueden amplificar el deseo de comer ante estímulos ambientales (alimentos hiperpalatables, estrés, fatiga, privación de sueño, emociones).
Por eso, en muchos pacientes el hambre intensa no refleja falta de voluntad: refleja biología. Y cuando se responde con juicio moral, la consecuencia suele ser peor: culpa, vergüenza, ocultamiento de conductas, alejamiento del sistema de salud y menor adherencia a tratamientos.
El estigma no ayuda: empeora
Estigmatizar el hambre (y el peso) no educa ni “motiva”. Con frecuencia produce el efecto contrario: aumenta el estrés, deteriora la salud mental, favorece el comer emocional, reduce la búsqueda de ayuda profesional y erosiona la confianza terapéutica. Si queremos mejores resultados clínicos, necesitamos un cambio de marco: dejar de interpretar el hambre como “debilidad” y empezar a reconocerlo como lo que muchas veces es: un síntoma.
Un enfoque clínico y humano: escuchar el síntoma para poder tratarlo
Cuando entendemos el hambre como síntoma, cambia la conversación:
No es “¿por qué no te controlás?”
Es “¿cómo se manifiesta tu hambre, cuándo aparece, qué la dispara, cómo se siente en el cuerpo y qué pasa después?”
Ese enfoque abre la puerta a intervenciones más eficaces y respetuosas: estrategias alimentarias sostenibles, abordaje conductual, optimización del sueño y el estrés, actividad física adaptada, tratamiento farmacológico cuando corresponde y, en algunos casos, procedimientos bariátricos/metabólicos. Y un concepto central: seguimiento a largo plazo.
El Día Mundial de la Obesidad, es una oportunidad para transmitir un mensaje claro: la obesidad es una enfermedad crónica, compleja, multicausal y recidivante, que requiere abordajes sostenidos en el tiempo. No se resuelve con indicaciones aisladas ni con fuerza de voluntad. Se trata con ciencia, con equipo, con continuidad y con respeto.
Y también para dejar una idea fundamental: para muchas personas, “tener hambre” no es un capricho; es parte de la biología de la enfermedad. Reconocerlo no significa resignarse: significa comprender para poder tratar. El primer paso es simple y urgente: acompañar sin juzgar.
Médica especialista en Nutrición y experta en obesidad, actual presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN)