Descubrir en sí mismo un error bien asentado, por nimio que sea, puede tener a veces efectos tan desconcertantes que no sería exagerado hablar de un cambio de paradigma. El término –cambio de paradigma– lo ideó Thomas Kuhn para designar revoluciones científicas como la de Copérnico. No hay nada tan extremo en estos errores, en el cambio de perspectiva que implican. De hecho, hasta me permiten equivocar de manera deliberada un título de Neruda: confieso que he vivido equivocado.
En Cumpleaños, César Aira cuenta cómo poco después de cumplir los cincuenta vio coincidir en el cielo diurno al sol y una media luna. Lo que le habían enseñado de chico, le dice a su mujer –que la luna creciente o menguante es efecto de la interposición de la Tierra entre el Sol y nuestro satélite–, debía ser entonces una broma. Por cierto. ¿De dónde sacó el disparate, le dice ella, de que las fases de la Luna se producen por la sombra de la Tierra? Toda fuente de luz que ilumina una esfera solo puede iluminar la mitad de su superficie. Lo que nos hace ver la Luna de esa manera es la posición relativa de nuestro planeta. A Cumpleaños –y a esas sensatas palabras– le debo haber desterrado de mí ese error mucho antes de los cincuenta y, por extensión, saber de los eclipses lunares. Al ver una puesta del sol, en cambio, tiendo a seguir al idioma, que nos engaña con un viejo rezago ptolomeico: me tengo que recordar que el sol nunca se pone, que es la Tierra la que se está moviendo.
Caminé toda una vida por la calle Thames preguntándome por qué al río Támesis (que en inglés se llama Thames) le habían dejado el nombre original
Hay, sin embargo, otros paradigmas erróneos tenaces, que no ceden. Mis ignorancias en materia de salud son al parecer antológicas. Ver a alguien transitando por la casa descalzo me lleva a insistirle en que se ponga al menos unas medias para no engriparse. Mis hijos, mucho más razonables, me dicen que pensaban que la pandemia al menos había servido para deshacerme de ese dogma absurdo: entonces me habían explicado que el problema no es andar descalzo, sino tener las ventanas cerradas a cal y canto para combatir el frío.
En otro terreno, algo tan trivial como el nombre de una calle puede servir para producir remezones. Caminé toda una vida por la calle Thames preguntándome por qué al río Támesis (que en inglés se llama Thames) le habían dejado el nombre original. Se lo atribuí a algún viejo concejal anglófilo, hasta que, leyendo sobre el Congreso de Tucumán, descubrí que no es ningún guiño fluvial. La arteria homenajea merecidamente a José Ignacio Thames, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia.
Tuve que llegar a Río de Janeiro para enterarme de que aquel clásico kitsch de la infancia, “Copacabana”, no hablaba de la playa carioca
Aprendí “Aurora” oralmente, imitando a mis compañeros de fila. Me parecía un hallazgo que el color del cielo fuera “azulunala”. Fue un trauma descubrir bastante después que no existía ese matiz, que era un vulgar hipérbaton. El malentendido me abrió en todo caso otro paradigma: el poético.
Tuve que llegar a Río de Janeiro para enterarme de que aquel clásico kitsch de la infancia, “Copacabana”, cantado por Barry Manilow, no hablaba de la playa carioca, sino de un famoso club nocturno de La Habana, previo a la revolución. Que la sonata Claro de luna no fue compuesta pensando en ningún reflejo nocturno sobre un lago se lo debo a un amigo melómano: ese título se lo puso un crítico, años después de muerto Beethoven.
Los títulos tergiversados son otra fuente de error. Un ejemplo es la primera película de François Truffaut: Los cuatrocientos golpes. Hay un cachetazo al inicio de la película, pero ¿y los 399 golpes restantes? “Faire les quatre cent coups”, de donde viene el título, descubro, debería mejor traducirse como “hacer las mil y una”. Basta cancelar aquel exceso de literalidad para que veamos la historia bajo otra óptica: el relato de una infancia sufrida deja su lugar a las aventuras callejeras de Antoine Doinel. He ahí un cambio de paradigma. Pero que no se me culpe del error: en este no tuve nada que ver.