El 10 de marzo de 1876, en un pequeño laboratorio de Boston, una frase marcó el inicio de una era: “Watson, venga aquí, quiero verlo”. Eran las palabras de Alexander Graham Bell dirigidas a su asistente a través de un rústico sistema de cables eléctricos capaces de transportar sonido. Fue la primera prueba de lo que luego se transformaría en el teléfono, y que coronó durante más de un siglo a Bell como el padre absoluto de la telefonía. Sin embargo, la historia ocultaba una trama de carencias económicas, patentes perdidas y una batalla legal que tardó años en hacer justicia por el otro “padre” del teléfono, el italiano Antonio Meucci.
Una vida estudiando el habla
El escocés Alexander Graham Bell patentó el 7 de marzo de 1876 su idea para crear un dispositivo capaz de transformar el sonido en impulsos eléctricos, enviarlos a través de un cable y volverlos a hacer sonido del otro lado: el teléfono.

Bell llevaba años experimentando con el sonido, su registro acústico y reproducción: su madre y su esposa eran sordas; su padre, tío y abuelo eran expertos en dicción; cuando dejó su Escocia natal y se trasladó a Canadá primero y a Estados Unidos más tarde fue profesor en escuelas para sordomudos.
Pero su interés en el habla se cruzó con otra tecnología del siglo XIX, el telégrafo, y comenzó a investigar la posibilidad de transmitir sonido como entonces se hacía con el texto: un telégrafo acústico, la base de lo que luego sería el teléfono (el nombre de ambas tecnologías toma el prefijo griego tele -distancia-).
Bell no tenía los conocimientos técnicos necesarios, pero un encuentro con un ingeniero eléctrico en Boston, Thomas Watson, le permitió avanzar en su diseño, para lo que pidió una patente el 14 de febrero de 1876, apenas 2 horas antes que otro competidor, Elisha Gray, que había desarrollado un sistema similar, aunque usaba agua como transmisor; la patente fue finalmente otorgada a Bell el 7 de marzo de 1876; tres días más tarde, el 10 de marzo, hizo su primera llamada de prueba, y dio oficialmente el nacimiento al concepto de teléfono.
Antonio Meucci, el inventor enamorado
Pero esa historia oficial comenzó a resquebrajarse cuando se conoció que en 1854 Antonio Meucci había construido un aparato llamado teletrófono, motivado por el amor: necesitaba comunicar su oficina con el dormitorio donde su esposa estaba acostada, postrada por el reumatismo. Aunque realizó demostraciones públicas en 1860, la pobreza fue su mayor obstáculo.

A diferencia de Bell, Meucci no pudo costear los 250 dólares que costaba una patente definitiva. En 1871, solo logró registrar una “salvedad” (un aviso de invención), que no pudo renovar en 1874 por falta de apenas 10 dólares. Dos años más tarde, Bell —con un respaldo económico sólido— patentó el invento. Recién en junio de 2002 el Congreso de los Estados Unidos emitió la Resolución 269, reconociendo que si Meucci hubiera podido pagar esa tasa, no se habría concedido la patente a Bell.
150 años de evolución (y de estafas)
Tras la patente de Bell, el teléfono inició una vertiginosa carrera tecnológica. Al principio las llamadas eran manuales; se requería de una operadora que conectara físicamente los cables en una centralita para vincular dos teléfonos. Esta dependencia dio lugar a una de las anécdotas más curiosas del sector: Almon Brown Strowger, un funerario de Kansas City, descubrió en 1886 que una operadora desviaba las llamadas de sus clientes hacia el negocio de su marido. En represalia, Strowger inventó en 1892 la primera central automática, permitiendo que los usuarios marcaran directamente los números sin intermediarios.
La expansión fue imparable. En 1915, Bell y Watson volvieron a hacer historia con la primera llamada transcontinental entre Nueva York y San Francisco, uniendo las costas de Estados Unidos a través de miles de toneladas de cobre, eliminando distancias y formando una base sobre la que mucho después se montarían los sistemas de telecomunicaciones modernos como el teléfono celular e internet.