Quién es Darío Giordano, el viudo de Romina Yan que fue acusado por su hijo Valentín Yankelevich

COMPARTIR

Darío Giordano quedó en el ojo de la tormenta tras las declaraciones de su hijo Valentín Yankelevich. El joven contó las actitudes violentas que tuvo su padre con él durante su infancia y horas más tarde Giordano negó las acusaciones a través de un comunicado y aseguró que “esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron”. De bajo perfil, con escasas apariciones en los medios de comunicación, el productor televisivo y de espectáculos musicales se casó con Romina Yan en 1998 y tuvo tres hijos -Facundo y Azul, los otros dos- con la recordada actriz. Además, es padre de un cuarto hijo, fruto de su segundo matrimonio.

Según el sitio IMDb, Giordano estuvo a cargo de la producción de las tiras televisivas Provócame (2001) y Kachorra (2002). Más cercano en el tiempo, se desempeñó como productor ejecutivo de los espectáculos musicales de Tini Stoessel (Tini Tour 2022 y TINI Tour 2022: la despedida del año) celebrados en el Hipódromo de Palermo y el Campo Argentino de Polo.

Romina Yan y Darío Giordano se casaron en 1998

Su rol detrás de las cámaras lo llevó a tener un perfil más reservado y secundario. Conocido por su romance con Yan, el productor se casó a finales de los 90, formó una familia y debió afrontar el fallecimiento de la actriz.

Desde el momento de su muerte, en 2010, el hermetismo fue aún mayor. Recién, ocho años después, cuando se organizó el espectáculo solidario #ViveRo, en el Teatro Gran Rex, Giordano le brindó una nota al programa Hay que ver (Canal 9) donde esbozó algunas palabras en memoria de la artista.

Darío Giordano habló sobre el homenaje a Romina Yan

“Estamos felices. Siempre es hermoso recordarla y más con este homenaje maravilloso”, dijo. Acto seguido, puntualizó sobre el legado artístico que le dejó a sus tres hijos: “Es entender esa parte maravillosa de su mamá y poder agradecer eso con ellos, que hoy también son artistas y heredaron de ella todo. Verlos arriba de este escenario, donde la vimos muchas veces a ella, es muy movilizante”.

Este domingo, Valentín Yankelevich, su hijo, recordó su niñez y contó que estuvo marcada por la violencia ejercida por su padre. Entre sus dichos, también reconstruyó parte de la vida privada de su progenitor que se encuentra casado desde 2014 con Miren Argarañás y tiene otro hijo.

Argarañás, de profesión chef, se autodescribe en su cuenta de Instagram como una “cocinera estacional” y tiene su perfil privado, sin acceso público.

Darío Giordano y Miren Algañarás

Qué pasó con Valentín Yankelevich, el hijo de Romina Yan

Después de la muerte de su madre, en septiembre de 2010, la vida de Valentín, según contó, tomó un giro radical al sufrir violencia física y psicológica por parte de su padre.

Valentín Yankelevich habló sobre la violencia que recibió por parte de su padre

De acuerdo a lo contado por el joven de 23 años a Infobae, a los 12 se fue a vivir con su abuelo Gustavo Yankelevich, quien tras denunciar la situación, obtuvo la custodia de él y de su hermano mayor, Franco, mientras que su hermana menor, Azul, continuó viviendo con su padre. “Era un infierno vivir en esa casa”, llegó a decir a ese medio.

Respecto a por qué eligió este momento para contar la situación que vivió, Valentín fue tajante: “Yo le pedí a mi abuelo que cuente lo que estaba pasando, y él justamente por querer proteger el proceso judicial me dijo que tenía que tener paciencia. Y también por mi hermana, ¿no? Ella se quedó con él [por Darío Giordano] y no queríamos que tuviera estas reacciones y estas situaciones de violencia con ella. Entonces, por muchos años callamos”.

“Cuando yo tenía 10 años, 9 años, empecé a sufrir violencia física y psicológica de parte de Darío. Mi hermano también. Era un dolor incomprensible. Realmente era un infierno vivir en esa casa”, describió Valentín, quien además agregó: “Las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno. Sabía que no tenía escapatoria. Desde agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida cuatro horas después fría, apoyarla en el piso”.

Valentín junto a su madre, Romina Yan

Según su relato, la violencia empezó después de que Romina Yan muriera, cuando él tan solo tenía 7 años. Desde entonces empezó a vivir, al igual que con su hermano Franco, diferentes actos de violencia en su hogar.

En medio de ese contexto, confió en Gustavo Yankelevich para revelarle la situación que vivía en su casa. Su abuelo se volvió su confidente, al igual que el de sus hermanos. En la actualidad, Valentín no llama “papá” a Darío y cambió su apellido paterno por el materno.

Desde el momento en el que se judicializó el asunto, Valentín y Franco no volvieron a su hogar. Caso contrario su hermana, Azul, siguió viviendo con su padre, algo que preocupó al protagonista de esta historia, quien decidió callar su historia para proteger a su hermana.

Valentín con su hermano, Franco

“Fue duro al principio. Para ella fue muy duro. Siempre nos entendió, siempre supo por qué nos fuimos. Pero al principio cuando ella era muy chiquita sentía que la habíamos dejado sola digamos. Después nos terminó entendiendo y hoy tenemos una relación espectacular”, contó sobre el dramático hecho de separarse de Azul. Hoy en día, su hermana vive fuera del país. Eso lo motivó a contar su historia.

El joven agradeció en varios fragmentos de su relato a sus abuelos e hizo un paréntesis en Cris Morena, su abuela, quien también cobijó a él y su hermano. “Fue una pata importante cuando nos fuimos a vivir con mi abuelo. Nos acompañó y estuvo presente”, recordó.

Valentín junto a su abuelo, Gustavo Yankelevich

En una entrevista a LA NACION, Valentín habló de su abuelo y dijo: “La persona que más me aconseja sin dudas es mi abuelo Gustavo. Me crié con él y podría hacer un libro con todas sus historias y todos sus consejos. Es mi gran maestro”.

El comunicado completo de Darío Giordano tras ser acusado de violencia

Comunicado de prensa

Soy una persona simple. Me crié en un barrio, rodeado de amigos y, sobre todo, de mucho amor. Nos enamoramos profundamente con Romina y decidimos formar una familia. De ese amor nacieron nuestros tres hijos, que fueron y siguen siendo lo más importante de mi vida. Fuimos padres muy jóvenes, aprendimos mientras construíamos nuestra propia historia y compartimos sueños, alegrías y dificultades, como cualquier familia.

La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella. De un día para otro perdí a mi compañera, a la mujer que amaba y a la persona con la que había imaginado pasar el resto de mi vida.

Pero no tuve tiempo de detenerme. Había tres chicos que también habían perdido a su mamá y que necesitaban a su papá. Desde entonces, todo cambió.

Muchas personas quisieron ayudarme. Todos tenían una opinión sobre lo que debía hacer, cómo debía seguir y cómo tenía que criar a mis hijos. Agradezco la ayuda de quienes estuvieron cerca en ese momento, pero viudo a los 36 años y en medio de ese dolor había algo que tenía absolutamente claro: quería estar con mis hijos y seguir siendo su papá.

Sin embargo, a la pérdida de Romina se sumaron conflictos y situaciones que jamás hubiera imaginado atravesar. En el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida, cuando intentaba reconstruir una familia atravesada por una ausencia irreparable, también me encontré teniendo que defender mi lugar como padre.

Y no siempre fue en igualdad de condiciones. Hay personas poderosas que tienen la posibilidad de instalar su versión de una historia. Otras, como yo, apenas tenemos nuestra palabra. Pero la exposición pública, los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.

Tuve que aprender a vivir con la ausencia de Romina y, al mismo tiempo, acompañar a tres chicos que también habían perdido a su mamá. No fue fácil. Seguramente cometí errores. Nunca pretendí ser un padre perfecto. Hice lo que pude, con las herramientas que tenía y en circunstancias que jamás hubiera imaginado atravesar.

Pero una cosa es reconocer mis errores como padre y otra muy distinta es aceptar que se construya sobre mí una imagen que no reconozco. Hoy me encuentro frente a acusaciones públicas de una gravedad enorme que me producen un profundo dolor.

Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia. Estas cuestiones fueron objeto de una causa judicial y considero importante que se conozca lo que efectivamente resolvió la Justicia, se trata de una causa en la cual fui sobreseído en el año 2018. Como siempre sostuve, esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron y por lo tanto nunca fueron comprobados.

Además de Franco y Valentín, tengo dos hijos más, Azul y Dante. Estoy seguro que ellos no reconocen vivir ni haber vivido ninguna situación como las que escuchamos estos días en los medios. Siempre me resultó extraño que alguien ayudara a salir de un hogar supuestamente violento a dos menores y dejara allí a una pequeña de apenas siete años. Hoy una hermosa mujer de 20, que estudia en el exterior, y cada vez que retorna al país vuelve a nuestra casa.

Pero hay algo que para mí es todavía más importante. No voy a discutir públicamente con mi hijo Valentín. No voy a responderle a través de los medios de comunicación. No voy a cuestionar sus sentimientos ni a exponer episodios de nuestra intimidad familiar para intentar demostrar que tengo razón. Lo amo y siempre lo amaré con toda mi alma, como lo amamos con Romina desde el momento en que decidimos traerlo a este mundo. Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso y puedo entender su angustia.

No escribo esto para enfrentarme con nadie ni para volver a abrir heridas del pasado. Pero tampoco puedo seguir aceptando que mi silencio se interprete como una confirmación de todo lo que otros dijeron sobre mí.

Durante todos estos años elegí mantener mi vida familiar en la intimidad. Nunca quise convertir nuestro dolor en un espectáculo público, porque siempre entendí que mis hijos necesitaban preservar sus recuerdos, sus sentimientos y su historia. Aún cuando en el dolor tuve que entender que la historia no era como yo la había vivido. Entre otras cosas, nunca pudimos entender con claridad que paso aquel 28 de septiembre de 2010.

Mis hijos tienen derecho a sus sentimientos, a sus recuerdos y a construir su propia mirada sobre nuestra historia. Yo también tengo mi historia, mis recuerdos y mis dolores, que por respeto decidí guardármelos, por eso no creo que debamos discutirlos frente a las cámaras.

Lo que sí me resulta profundamente injusto es que una historia familiar tan dolorosa termine convertida en una disputa pública en la que parece tener más razón quien tiene más poder para hacerse escuchar.

Durante años vi cómo se hablaba de mi familia, de mis decisiones y de mi rol como padre. Muchas veces sentí que se juzgaba mi vida desde afuera, sin conocer lo que verdaderamente significaba atravesar esa pérdida y tratar de seguir adelante.

Nunca quise utilizar ni lucrar con el dolor de mi familia. Nunca busqué cámaras ni titulares para defenderme. Y sigo creyendo que el amor por mis hijos debería estar por encima de cualquier diferencia personal, de cualquier disputa de poder y de cualquier necesidad de tener la última palabra. En ese camino he resignado muchas veces cuestiones de índole personal e incluso material.

Proteger a una familia no debería significar enfrentar a quienes la integran, y mucho menos convertir el dolor de mis hijos en una discusión pública entre adultos, aun cuando entiendo que alguno de ellos no puedan procesar el dolor que la partida de Ro significó para todos nosotros.

Sé que esta decisión puede tener un costo enorme para mí. Sé que habrá quienes me me condenen sin escuchar mi versión. Pero ser padre también significa estar dispuesto a soportar ese costo antes que iniciar una batalla mediática que solo puede provocar más dolor.

No escribo estas palabras para pedir compasión ni para convencer a nadie de que fui un padre perfecto. Las escribo porque tengo derecho a defender mi nombre, mi historia y mi lugar como padre.

No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros.

Por encima de cualquier acusación, de cualquier conflicto y de cualquier diferencia, hay algo que nunca cambió: soy el papá de mis hijos. Los amo profundamente. Los amé desde el primer día y los voy a amar siempre.

Darío Giordano


COMPARTIR