Solo 14 provincias y la ciudad tienen pediatras en una especialidad clave para evitar secuelas con un diagnóstico precoz

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Hay especialidades médicas que, para una familia, empiezan a existir cuando aparece un diagnóstico. La reumatología pediátrica es una de ellas. No suele ser una alternativa que los padres consideren cuando un niño sufre de dolores persistentes o inflamaciones y esta invisibilidad también se refleja en el mapa: en los principales centros urbanos de las provincias la atención recae en un único profesional, que en su mayoría son mujeres; en otras, llega cada pocas semanas después de recorrer cientos de kilómetros para atender consultas.

El mapa actualizado en marzo de 2026 por la Sociedad Argentina de Reumatología (SAR) permite dimensionar esta desigualdad. Hay 77 reumatólogos pediatras certificados en la Argentina y 70 en actividad, pero solo 14 provincias y la ciudad de Buenos Aires cuentan con un especialista radicado. Otras ocho provincias reciben a estos profesionales que viajan para atender pacientes, excepto Catamarca, que es la única provincia que no tiene ni recibe.

El último censo REUMA-ARG, realizado en mayo de 2025 por el Grupo de Pediatría de la SAR junto con asociaciones de pacientes, incluyó 506 cuestionarios de niños y adolescentes con enfermedades reumáticas. Según los resultados, 294 (58,1%) no contaban con un reumatólogo pediatra en su localidad. De ese grupo, 185 (62,9%) debían recorrer más de 100 kilómetros para acceder a la atención. El estudio buscó analizar la frecuencia de estas enfermedades, su distribución geográfica, el acceso al sistema de salud y el tiempo hasta el diagnóstico.

Las historias muestran qué significa ese dato cuando deja de ser una cifra. La reumatóloga infantil Paola Juárez está radicada en Salta, donde trabaja en el Hospital Público Materno Infantil, y también viaja a Santiago del Estero para atender en el Hospital Infantil Cepsi Eva Perón. Cuando comenzó a viajar, la provincia no contaba con ningún médico representante de la especialidad. Al principio lo hacía cada 15 días; después, una vez al mes. “Una colega, que viene de Tucumán a atender en Santiago del Estero, y yo tratamos de abarcar lo más que se puede”, explica a LA NACION.

La comunidad de reumatólogos infantiles en el Congreso Argentino de Reumatología 58°

En la Patagonia, las distancias adquieren otra escala. Carolina Torres Walsh fue, hasta hace poco, la única reumatóloga infantil de toda la región. Hace 17 años dejó Buenos Aires y se instaló en Bariloche. Durante años viajó periódicamente a Neuquén para atender pacientes y llegó a ver alrededor de 20 en una sola jornada. Hoy recibe chicos de Villa La Angostura, Esquel, Neuquén, Trelew y Santa Cruz, entre otros: aproximadamente la mitad de sus pacientes llega desde fuera de su zona inmediata.

Victoria Arispe también conoce esa geografía. Vive en Neuquén y recibe pacientes del valle de Río Negro porque, por distancia, les resulta más accesible llegar hasta allí que viajar a Bariloche. Además, atiende en Tierra del Fuego, donde se formó como pediatra, pero para llegar desde su provincia hasta Río Grande tiene que hacer escala en Buenos Aires porque no hay un vuelo directo.

Igualmente, Arispe destaca la importancia de intentar atender cerca del lugar de origen. Lo comprobó con una paciente que había atendido en Buenos Aires: tímida y callada, pero que cuando volvió a verla en Neuquén “era otra nena”. “El estar en su territorio, no tener que viajar tantos kilómetros, cambia un montón al niño. Le cambia la dinámica familiar y la asistencia a la escuela”, grafica.

La situación de San Juan muestra otro efecto de contar con una especialista radicada en la provincia. “Volver a San Juan fue, en cierta forma, devolver a mi provincia todo lo que había aprendido”, comenta Gabriela Yesuron, reumatóloga pediátrica en el Hospital Dr. Guillermo Rawson. Además, desde 2020 viaja periódicamente a Mendoza, donde continúa siendo la única reumatóloga pediátrica que atiende.

Cuando el diagnóstico también depende del domicilio

En Salta, Juárez conoce pacientes que viven a más de 300 kilómetros de la capital, en localidades como San Ramón de la Nueva Orán, Tartagal o San José de Metán. También recibe niños de parajes alejados de la montaña y la Puna, como Iruya y Cachi, y de comunidades wichís. El problema no es solamente el costo del viaje: en algunas zonas los ríos se desbordan, hay nevadas o directamente no existe un medio de transporte que permita salir de la localidad. “Cuando finalmente llegan a la consulta, muchos pacientes ya tienen enfermedades con secuelas articulares severas”, afirma.

El Censo REUMA-ARG muestra que la distancia también puede aparecer asociada a una demora en el diagnóstico. De los 506 pacientes estudiados, solo la mitad (49,6%) recibieron el diagnóstico en menos de tres meses; el 28,1%, entre tres meses y un año, y el 22,3%, después de más de un año. La distribución tampoco fue homogénea. El análisis encontró mayores demoras diagnósticas en los pacientes del NOA y del NEA, mientras que entre los niños que vivían en zonas urbanas fueron menores.

Entre las enfermedades relevadas, la más frecuente fue la artritis idiopática juvenil (AIJ), que representó el 58% de los casos relevados, seguida por el lupus eritematoso sistémico, con el 19%.

La primera consulta suele suceder lejos del especialista. En el censo, el 53,6% de los pacientes consultó inicialmente a un pediatra general, mientras que el 15% había llegado primero a un reumatólogo infantil. Por eso, no se trata solamente de sumar consultorios: también de lograr que el chico se atienda en el lugar correcto.

La escasez de especialistas también tiene una consecuencia hacia el futuro. Arispe señala una dificultad central: “Cada vez menos médicos eligen pediatría y todavía menos se inclinan después por una subespecialidad como la reumatológica infantil”.

La formación requiere completar primero la residencia de Pediatría y, luego, otros dos o tres años de Reumatología Infantil. En la Argentina, la subespecialidad se dicta en seis hospitales: tres en la ciudad de Buenos Aires −el Ricardo Gutiérrez, el Pedro de Elizalde y el Garrahan−, uno en La Plata −el Sor Ludovica− y dos en Córdoba. Arispe se formó en el Elizalde, donde recuerda que en el Servicio de Reumatología Infantil tenían un mapa con los nombres de los residentes y las provincias a las que regresarían: “Lo poníamos para saber que ese terreno lo íbamos a tener cubierto”.

El regreso, sin embargo, no garantiza una incorporación rápida al sistema. Torres Walsh llegó a Bariloche en 2009 y recién en 2021 consiguió un cargo formal en el hospital público. Durante esos años atendió por interconsultas y viajó a otras ciudades, incluso en condiciones adversas: “Tuve un accidente en micro, un accidente en auto y me agarró la erupción del volcán Puyehue”. También recuerda el desfasaje económico: “El remís salía lo mismo que la consulta”.

En Misiones, Florencia Ahumada volvió en 2018 después de formarse en el Hospital Gutiérrez y tuvo que “empezar de cero absoluto”. “Tenía que explicar qué era la artritis idiopática juvenil por ejemplo, primero a las autoridades del hospital y después a los propios pediatras”, recuerda. Hoy recibe pacientes de Misiones, del norte de Corrientes e incluso de Paraguay, ya que algunas familias prefieren trasladarse hasta Posadas antes que recorrer unos 400 kilómetros hasta Asunción.

Frente a esas distancias, algunas herramientas permiten sostener el seguimiento sin que cada control implique un viaje. En Salta, la telesalud comenzó a utilizarse durante la pandemia para mantener el contacto con pacientes que viven lejos. Walsh también intenta reducir los traslados de sus pacientes de la Patagonia: “Trato de no hacerlos venir por venir, sino porque es realmente necesario”.

En Salta, donde hay especialistas radicados, los turnos pueden conseguirse con rapidez. En Santiago del Estero, en cambio, la atención depende de las visitas periódicas de Juárez y su colega, por lo que la espera puede extenderse entre dos y tres meses.

Los números que aportan las especialistas muestran, además, una demanda sostenida. Juárez tiene en seguimiento entre 200 y 300 niños en Salta y más de 100 en Santiago del Estero. Walsh, por su parte, calcula aproximadamente 200 pacientes reumatológicos.

La escasez de profesionales en el interior obligó a construir formas propias de colaboración. “Como somos poquitos, tenemos un grupo de WhatsApp y ahí nos comunicamos”, explica Arispe. Además de la red formal, la contención entre colegas es permanente: “Tengo mi propio chat de amigas que somos todas reumatólogas infantiles y nos consultamos cuando se nos presenta un caso difícil o una situación compleja”.

A pesar del delicado panorama, Arispe sostiene que el mapa comenzó a modificarse: “Las enfermedades reumáticas existen, el acceso es hoy más factible que hace una década y lo fundamental es que ante la mínima sospecha se realice la consulta especializada”.


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