MAR DEL PLATA.– Durante varias horas nadie quería decir dónde iba a almorzar Patricia Bullrich con algunos de los principales ejecutivos del país. No figuraba entre las actividades abiertas del Coloquio de IDEA y quienes tenían el dato no lo soltaban. El secreto se terminaba afuera: una de las camionetas estacionadas en el encuentro empresario llevaba un cartelito en el parabrisas: “Almuerzo con la dirigencia política. Costa Galana”.
Bullrich llegó después de hablar en el escenario principal. Subió al primer piso y entró al salón Juan de Garay, con vista al mar. La esperaban 35 ejecutivos. No era una representación menor del poder económico: estaban Fabián Kon, del Galicia; Julio Patricio Supervielle, dueño del banco que lleva su apellido; Juan Martín Parma, de Macro; Javier Martínez Álvarez, de Techint; Oscar Sardi, de TGS; Juan Farinati, de Bayer; María Eugenia Sampalione, de Newmont; Sofía Vago, de Accenture; Wanda Weigert, de Globant; Agustín Bellido, de IBM; Eduardo Gorchs, de Siemens, y Juan Pablo Estévez, de AWS, entre otros. Había representantes de bancos, industria, minería, energía y tecnología sentados alrededor de la misma mesa.
El encuentro duró unas dos horas. Hubo una ensalada de hojas verdes con jamón serrano, tomates confitados y vegetales asados; después, pescado blanco en costra de hierbas con cremoso de cabutia. El postre fue tiramisú de limón y maracuyá. Una de las ejecutivas no llegó a probarlo. “Estaba súper relajada, más o menos lo mismo que viste en el auditorio”, contó a LA NACION un importante CEO sobre la charla con Bullrich. La senadora tenía gente esperándola en su oficina. Se fue antes del postre. También antes de las preguntas.

Fue entonces cuando la conversación se volvió más política. Según pudo reconstruir LA NACION con participantes del encuentro, Bullrich habló de la necesidad de construir acuerdos con gobernadores para las elecciones de 2027. Apareció como ejemplo el mendocino Alfredo Cornejo. La senadora dejó además una definición singular para una reunión reservada: dijo que aquello que sostiene en off también lo sostiene en on.
La discusión importa porque alrededor de 2027 empieza a insinuarse una pregunta que el oficialismo todavía no necesita contestar pero tampoco puede evitar: cuánto de la construcción electoral deberá descansar únicamente en La Libertad Avanza y cuánto requerirá de acuerdos con fuerzas y gobernadores que acompañaron al Gobierno en estos años. Bullrich viene defendiendo públicamente esa segunda alternativa. Diego Santilli, desde el Gobierno, trabaja también en el vínculo con los mandatarios provinciales. En el Costa Galana, la cuestión dejó por un rato de ser una abstracción electoral.

El almuerzo había despertado especial interés porque Bullrich era la única figura relevante del oficialismo que participaba presencialmente del Coloquio: Milei, Pablo Quirno y Santilli estaban en París. Antes del encuentro, entre los ejecutivos había interés por preguntarle sobre el Congreso, la política y sus diferencias recientes con algunas decisiones del Ejecutivo. Según otros asistentes consultados al terminar, hubo respaldo a aspectos del rumbo económico, pero también pedidos de mayor racionalidad y preocupación por los sectores que no avanzan al ritmo de la energía, la minería, la tecnología o las finanzas.
La escena tenía además una coincidencia difícil de evitar. Mientras Bullrich hablaba en Mar del Plata sobre la relación con los gobernadores, buena parte de la dirigencia nacional estaba a más de 11.000 kilómetros. El Coloquio había adelantado este año su fecha, entre otras razones para evitar otras superposiciones internacionales, y terminó coincidiendo con la Argentina Week de París. El poder político estaba repartido entre Francia y la costa atlántica. El empresario, en cambio, empezaba a dispersarse por Mar del Plata.
Una bodega
Una parte se fue a jugar al pádel. Otra tomó dos colectivos Plusmar de dos pisos, combis y autos particulares y fue rumbo a Chapadmalal. Algunos tuvieron dificultades incluso para encontrar el vehículo que les correspondía. El destino era una bodega situada a pocos kilómetros del mar. Viajaban unas 220 personas entre ejecutivos, integrantes de IDEA, patrocinadores y responsables de comunicación.
Allí estaban Bernardo Andrews, de Genneia; Pablo Sibilla, de Renault; Matías Rosales, de Marsh McLennan; Wanda Weigert, de Globant; Verónica Andreani; Raúl Paolasso, de Bancor, y Ronny Morea, de Vicuña, entre otros. Las conversaciones ya tenían otro tono. Había empanadas, vino, poca señal de celular y bastante frío. Las estufas altas de exterior intentaban hacer lo que podían contra el clima de Chapadmalal.
Por allí pasó también Diego Luciani. Unas horas antes había protagonizado una de las escenas más intensas de todo el Coloquio. El fiscal de la causa Vialidad había contado en el escenario que, antes de presentar su alegato, su hijo de 16 años había leído mensajes que recordaban la muerte de Alberto Nisman y se había preocupado por lo que podía ocurrirle a su padre. Luciani explicó que no habría podido mirarlo a los ojos si no hacía lo que entendía que debía hacer. El auditorio respondió con un aplauso generalizado que se prolongó durante más de un minuto, uno de los más contundentes de las dos jornadas. Horas después, lejos del escenario y de aquella solemnidad, el fiscal pasó por la bodega y se permitió un rato bastante más relajado.
El lugar tenía su propia historia de ensayos y errores. Trapiche había llegado a Chapadmalal buscando algo que en Mendoza comenzaba a resultar cada vez más escaso: agua. Plantó inicialmente diez hectáreas para averiguar qué ocurría si llevaba la vitivinicultura argentina desde la montaña hasta el océano. Hoy el viñedo Santa Isabel tiene unas 26 hectáreas a siete kilómetros del mar y otro, Los Lobos, suma seis hectáreas a solo dos kilómetros. Las vides crecen a secano: nadie abre una canilla para decidir cuándo regarlas. Dependen de la lluvia.
También probaron con Malbec. El experimento no resultó. El viento hacía abortar las flores antes de que se transformaran en fruta y media hectárea llegaba a producir apenas unos 200 kilos. “Era el Malbec más caro de la Argentina”, recordó uno de los responsables de la bodega. Finalmente desistieron. El paisaje atlántico terminó siendo más apropiado para Pinot Noir y, especialmente, para blancos como Chardonnay, Sauvignon Blanc, Riesling y Albariño.
La primera cosecha tuvo una peripecia todavía mejor. Como en Chapadmalal no había entonces instalaciones para procesarla, cargaron la uva en un camión refrigerado y la mandaron más de 1000 kilómetros hasta Mendoza. En el control fitosanitario provincial tuvieron que descargarla para que revisaran los recipientes uno por uno. Afuera hacía unos 35 grados. La uva, que había atravesado medio país cuidadosamente refrigerada, empezó a fermentar. A pesar de todo, salió un vino suficientemente bueno como para continuar con el experimento y construir una bodega junto al mar.
Ahora producen entre 100.000 y 150.000 botellas por año. El volumen depende de cuánto llueva. El Albariño es uno de los orgullos de la casa. Y uno de sus responsables explicó con una teoría bastante menos técnica por qué los vinos están pensados también para acompañar la gastronomía de la costa. “Vos vas a ver todos los de Trapiche, son todos gorditos”, dijo. Hizo una pausa y aclaró: “No somos gorditos de la macana. Nos gusta comer bien”.
Los invitados parecían dispuestos a respetar la filosofía. Circularon empanadas y vinos de la casa, mientras el frío, el viento y la falta de señal terminaban de alejar la escena de los paneles del Sheraton. Unas horas antes, muchos de ellos habían escuchado hablar de reformas, competitividad, elecciones, Justicia y de la Argentina de las próximas décadas. Ahora la conversación ocurría de pie, con una copa en la mano y frente a unas vides.
Durante dos días, IDEA propuso desde el escenario discutir cómo convertir a la Argentina en una potencia dentro de veinte años. Fuera de él, el Coloquio tenía otra geografía: un pescado frente al mar con Bullrich y 34 ejecutivos; conversaciones sobre gobernadores y 2027; un fiscal ovacionado que después se relajaba entre copas; colectivos rumbo a Chapadmalal; empresarios jugando al pádel; y un Malbec que alguna vez intentó crecer a pocos kilómetros del Atlántico y perdió la batalla contra el viento.