Daniel Guebel: “Escribir es hacer hablar a fantasmas y al mismo tiempo preguntarse quién habla”

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Una historia familiar (Random House, $34.999), la nueva novela del escritor Daniel Guebel (Buenos Aires, 1956), tiene un introito jamesiano en que el narrador alude al pacto entre tía y sobrino que, gracias a la desobediencia, da origen al libro: “Esta es una historia de muertos que arden en mi memoria, la belleza esquiva y atroz de los difuntos, y la contó hace unos veinte años mi tía Blanca”. El relato abarca exilios (desde Lanóvetz o Krémenets hasta Santiago del Estero, y de Buenos Aires a Nueva York), matrimonios, enfermedades, nacimientos y empresas de una familia judía, a lo largo del siglo XX.

“Durante una cena, Blanca contó una historia que empezaba con sus abuelos huyendo de Europa, seguía con ellos y con sus padres en la Argentina y luego se desarrollaba en Estados Unidos -dice Guebel a LA NACION-. Era una historia de amor y dolor y locura y muerte, una historia de resignaciones e incomprensiones. Lo extraño era que cuanto más sufrimientos incluía su relato, más distanciada parecía de lo que contaba. Percibí la cualidad de esa distancia como un valor, y en la versión final del libro ya no es Blanca quien narra sino una tercera persona que la incluye como protagonista y a la vez conserva su voz”.

Daniel Guebel en su casa, en el barrio porteño de Núñez

Cuando su tía leyó una versión del libro, le pidió a Guebel (“un escritor respetable”, lo definió) que no la publicara hasta que murieran todos los mencionados. “En ese pedido estaba a la vez el pudor o la vergüenza de parecer una chismosa, cuando nada en su actitud la hacía parecer eso, pero sobre todo quería evitar que la leyera el demente de su cuñado, a quien le tenía terror -explica Guebel en referencia a Ariel, uno de los personajes más desopilantes de Una historia familiar-. El miedo no es sonso. Respeté su pedido, pasaron los años y el tiempo de la espera terminó. Sentí la publicación como una despedida afectuosa, aunque Blanca detestara el libro, o le doliera”.

Portada de

También se acaba de publicar Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a preguntar (Interzona, $ 26.900), compilación que hizo con Nancy Giampaolo de anécdotas sobre Borges, Bioy Casares, Puig, Fogwill, Piglia, Aira y Laiseca contadas por Esther Cross, Luisa Valenzuela, Luis Gusmán, Daniel Link, Gonzalo Garcés y Ariel Magnus, entre otros confidentes.

-¿Una historia familiar integra una serie con tus otros libros sobre el judaísmo?

-¡No escribí libros sobre judaísmo! Si un editor decidiera cambiar el título de El hijo judío por El hijo italiano, o español, o húngaro, no cambiaría nada. En este libro incorporé voces con entonaciones que cruzan ecos de un dialecto materno, la presencia del castellano y el eco del inglés americano al que Blanca y su familia se fueron acostumbrando. Pero todo eso en un estilo sosegado, al modo en que hablan los viejos, donde aparece más la resignación que el enojo o la rebeldía.

-¿El Daniel que aparece mencionado en la novela sos vos? ¿Y qué dijeron tus familiares al leer la novela?

-Sí, soy yo, una sola mención. Mi madre no quiso leerla. Está grande y prefiere escuchar las entrevistas a Ricardo Darín. Mi hermana me dijo que la había leído de un tirón. ¡A alguien le tenía que gustar!

-¿Por qué decidiste contar una historia de inmigrantes con ese tono proverbial?

-Escribir es hacer hablar a fantasmas y al mismo tiempo preguntarse quién habla, a quién escucha uno. Grabé la historia y seguí el hilo de oro del relato, tejido con la entonación de Blanca; lo que dijo, lo que retaceó, lo que contaba como si no lo entendiera. La voz por encima de todas las cosas. Y no hay un por qué, hay historias que te asaltan y hay historias que uno persigue como una sombra en un callejón.

-¿El humor te permite decir algo distinto sobre hechos trágicos o dramáticos, como cuando se hace referencia a los campos de concentración del nazismo?

-De joven creí que mi destino era ser un nuevo Dostoievski, pero desde hace un tiempo prefiero ser la máscara de Buster Keaton. ¿Alguien se acuerda? Tragedia y comedia desfilan ante la misma cara impasible, para que el efecto se produzca en quien mira, en quien lee.

-¿Cómo convive el estilo de escritura “refranera”, con máximas y sentencias de esta novela, con otros estilos más “cultos” de otras obras tuyas?

-¡Cómodo como chancho desparramado en su chiquero! Tiendo a pensar mis libros como un conjunto, como un sistema de expansiones, ampliaciones y contrastes. Que parezca haber un salto incomprensible entre uno y otro, que el lector se pregunte quién es ese escritor y qué tiene en la cabeza. Y la respuesta ideal sería: un cosmorama. Un burbujeo de pelotitas de ping pong en un pelotero. Un batido de microgalaxias. Mi sueño es cumplir dos imposibles: uno, escribir y firmar todos los libros del mundo y que contengan todas las variedades posibles. El otro, escribir un libro que los condense todos.

-¿Preferís la novela al cuento?

-Para nada. Culpemos a la supremacía insoportable de Borges por la asimetría. Escribir novelas sirvió para apartarme un poco del peso de su ley. Pero ningún escritor dominante es solo prohibición, también es desafío. De hecho, me gustaría publicar mañana mismo un libro de cuentos donde detecto la intención de ir más allá de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. ¿Lo conseguí? Veremos. Quizás hice una precuela imperfecta de esa genialidad, un borrador desechado por el autor original y editado setenta años después de la versión definitiva. La literatura es rara y todo es posible, hasta leer la interna peronista a la luz de los debates del Concilio de Nicea.

-¿Te considerás un escritor de una determinada tradición?

-Mi literatura es como una chica fácil, se entrega a todas las tentaciones. ¡Ninguna exclusividad! Por mis libros diría que soy más bien cervantino y miliunanochesco; Cervantes era un orientalista español. Pero la verdad es que aspiro, sin intoxicarme, a absorber todas las tradiciones posibles y centrifugarlas en mi propia maquinita.

-¿Creés que hay un rebrote de antisemitismo?

-Hay antisemitismo, y hay antiislamismo y xenofobias varias que surcan el planeta y cuentan a los terraplanistas y fanáticos políticos y religiosos entre sus militantes más distinguidos. La especie humana es primitiva y salvaje, menos desarrollada que las hormigas y las abejas, y regula sus crisis y controla su natalidad mediante el expediente espantoso de la guerra. Ahora vivimos un ciclo de brutalidad creciente, de masas crecientemente empobrecidas que claman por soluciones simples para problemas complejos. Por eso el odio a un color de piel distinto, a un vecino, al pobre, al inmigrante. La cotización de los verdugos viene en alza.

-¿Tenés una opinión sobre lo que le pasó en Granada a Ariana Harwicz o sobre las cancelaciones de artistas judíos por el conflicto en Gaza?

-El caso Harwicz muestra la inextricable relación entre las palabras y los hechos. Un cálculo estimativo indica que las acciones de Israel en Gaza derivaron en la muerte de 70.000 habitantes. Eso es un hecho. La Corte Penal Internacional acusa a Netanyahu de aplicar la hambruna como método de guerra, además de asesinato, persecución y otros actos inhumanos, y la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU declara que esas acciones configuran un genocidio. Esas son palabras sobre hechos. Hablando al respecto, Harwicz, que hace cosas con las palabras, dice que aplicar la palabra “genocidio” a esas acciones, mmmhhh… y deja el resto de su respuesta en suspenso, lo que parece sugerir que en su opinión los hechos calificados son, por lo menos, una exageración. Esa posición no elimina los hechos, solo los niega, y deriva en la “desinvitación”. Del genocidio a la “desinvitación” hay una cadena loca que enlaza hechos de naturaleza y gravedad completamente distintos y que no tienen la menor equivalencia. Dicho esto, me parece una idiotez haberla “desinvitado” a cambio de ponerla, por ejemplo, en debate con un escritor gazatí, si es que queda alguno. La desinvitación suena a resurrección inquisitorial.

-¿En otras décadas los escritores tomaban partido por todo como pasa ahora?

-Los escritores no solo toman posiciones sobre todo o sobre partes del todo, sino que también construyen las formas de la realidad, imprimiendo modificaciones de la conciencia de los lectores a mediano y largo plazo. Basta con ver ahora, desde las cúspides del poder de los tecnomagnates, la combinación de ciencia ficción con oscurantismo religioso. Plataformas públicas como diarios, televisión, radio, streamings, redes sociales derraman cataratas de noticias que se neutralizan entre sí por el efecto de la sucesión; hasta el horror forma parte de la industria del entretenimiento. En ese sentido, los festivales son un menú gourmet para público de minorías en el marco general de esa industria. Me temo que la presencia intensa y continuada de los escritores en esos eventos termina resultando inversamente proporcional al tiempo que le dedican a su escritura. Preferiría pensar en escritores como ascetas lujuriosos, escribiendo en islas de orgullosa soledad.

-¿Te das por aludido en la batalla cultural del Gobierno?

-A todos los gobiernos los urge la necesidad de inventar ficciones para subsistir, y cada gobierno fabrica sus epopeyas. La batalla cultural es la propia de este. Su problema es que cada día tiene menos soldados.

-¿Cómo surgió la idea del libro de Interzona con Nancy Giampaolo? ¿Forma parte de tu proyecto de escribir libros con otros, como pasó con Sergio Bizzio y con las clases que dieron con Luis Chitarroni en el Malba?

-Surgió de casualidad. Nancy y yo conversábamos acerca de anécdotas sobre escritores y el asunto derivó en la idea armar un libro. Con Sergio Bizzio escribimos El día feliz de Charlie Feiling, una novela corta que evoca un día de verano compartido con nuestro amigo. Los felices fuimos Sergio y yo, escribiéndola. Y hace un par de semanas hablamos de la posibilidad de escribir una segunda parte. Las charlas que dimos Luis Chitarroni y yo fueron un período dichoso, hablar de literatura entre nosotros, la alegría de la deriva y el disparate. El caos, el libro que reúne esas conversaciones, es el resultado de la edición que hice luego de que muriera Luis. Fue una ceremonia espectral de despedida, meses escuchando las grabaciones, su tono de voz. Esta entrevista, finalmente, es acerca de la voz de los muertos.

-¿Cómo es tu experiencia en las clases y cursos que das sobre literatura?

-Este año lo estoy dedicando a una especie de lectura razonada de los textos clásicos que me formaron como escritor, en los que pienso siempre y a los que acudo como lo hace un creyente cuando repasa los nombres de su santoral. En las cuentas de mi rosario ya pasé por Las mil y una noches, El Satiricón, El Quijote, Hamlet, Tristram Shandy, y el 1° de octubre, en la Librería del Fondo (Costa Rica 4568), hablo de Las relaciones peligrosas y Rojo y negro.

-¿Te sentís parte de la “generación de plata” de narradores argentinos con Chitarroni, Feiling, Bizzio, Cross, Chernov, Aira, Pauls, Martoccia y Caparrós, entre otros?

-Sí, claro. Es una bendición o una fatalidad.

-¿En qué trabajás actualmente? ¿En Random House van a sacar la Biblioteca Daniel Guebel?

-Cada tanto les paso el cepillo a algunos libros inéditos y estoy continuando La mujer del malón, que publiqué hace un par de años. En Random ni pregunto ni pido. Espero que no crean que lo hago por tu intermedio.

-¿Alguna de tus obras va a ser adaptada al formato audiovisual?

-Que yo sepa, no. Si conocés a alguien que quiera hacerlo pasale mi teléfono.


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