A tono con el facilismo que funde nuestros días en la intrascendencia, asistimos últimamente al resurgimiento de un concepto por lo menos equívoco: el amor tóxico. El problema no radica en su divulgación, sino en su uso para cubrir cualquier vacío del compromiso subjetivo.
Ya en el siglo XIII, el poeta florentino Guido Cavalcanti describía el amor como una especie de accidente, un padecimiento que excede toda medida natural y que no conoce reposo. Lo describe como una experiencia de metamorfosis, capaz de trocar la risa en llanto y volver irreconocible a quien lo sufre. Advierte, además, que puede durar poco y degenerar en toda suerte de pasiones. Se podría decir que Cavalcanti pinta el amor como un tormento.
Sin duda, Cavalcanti está influenciado por la tradición trovadoresca. El amor que cantan los trovadores tiene una importancia capital en su concepción occidental. Se trata del amor cortés, siempre imposibilitado en su concreción, que consiste en una prolongación de la seducción elegante y de la cortesía. El amor cortés es en esencia una ritualística de los prolegómenos, donde, como decía el filósofo suizo Denis de Rougemont, solo el amor mortal, amenazado y condenado por la propia vida, puede ser digno de relatarse.
Lo que cambia, quizás, en nuestra época, es la pretensión de que el amor deje de ser lo que es: una intoxicación, una alegre tristeza, un éxtasis. Alain Badiou recoge con precisión este fenómeno en su tratado Elogio del amor, a partir de slogans y campañas publicitarias que giran en torno a la misma propuesta: encuentre su par sin sufrir.
¿Existe un amor que esté enteramente depurado de toxicidad? O más bien: ¿el amor no es siempre una especie de intoxicación? No se trata de ninguna manera, desde luego, de aceptar la violencia, el maltrato o la manipulación. Eso es otra cosa, ciertamente muy grave y condenable. El problema aparece cuando el calificativo de “tóxico” se extiende hasta abarcar cualquier experiencia amorosa marcada por la pérdida, el dolor o la incertidumbre. No creo en la idea de una depuración del amor, de que “somos la generación a la que el amor le tiene que dejar de doler”, como a veces se escucha, e incluso menos en “el fin del amor” que se anuncia con pompa y de manera apresurada.
La pretensión de una higiene de la experiencia amorosa supone la idea de un amor sin pérdida, sin sufrimiento, sin falla. Una de sus vertientes está bien ilustrada en el discurso de Aristófanes en El banquete de Platón: la media naranja, representada por esos seres hermafroditas que buscan su mitad perdida para lograr la completud imaginada.
Pero el amor, dijo alguna vez Lacan, es dar lo que no se tiene a alguien que no es. Lo que nos remite necesariamente al malentendido, el tropiezo y el desencuentro. El amor tiene mucho más que ver con dar la propia falta que con dar lo que se tiene; implica poder poner en juego lo que no nos es tan fácil dar, todo un desafío.
Por eso, para hablar de amor, nada mejor que acudir a la literatura. No solo porque ilustra la articulación del amor y de la pérdida en la subjetividad, sino porque también la moldea: amamos como escuchamos hablar de amor, como leímos hablar de amor, y como hoy lo vemos representado en películas y series.
Hay dos obras literarias fundamentales, dos clásicos, para pensar el origen de lo que entendemos por amor: El arte de amar y Los remedios del amor. Ambas fueron escritas por el poeta latino Ovidio a comienzos de la era cristiana, en el siglo I. Los títulos son elocuentes: ya en la Roma de Ovidio el amor comporta una dimensión de la enfermedad.
Entre las diversas figuras de esta enfermedad amorosa, encontramos a la reina Dido, cuyo episodio clave en la Eneida de Virgilio muestra hasta qué punto el amor era concebido como una intoxicación mortal. Dido se enamora de Eneas por contagio: Cupido, disfrazado, le da un beso, y en ese beso se inocula el veneno amoroso. Eneas, luego de unirse a ella, decide ir a buscar su destino en el Lacio y fundar Roma; Dido, envenenada por la pasión amorosa, se suicida.
Cuando la literatura medieval retoma este episodio de la Eneida, aparece un elemento que no está todavía ni en Virgilio ni en Ovidio: el filtro del amor. Es común encontrar en los romances medievales, es decir en las novelas de caballería, la implementación de un brebaje con poderes mágicos que causa el enamoramiento entre dos personajes. En Tristán e Isolda, por ejemplo, el amor es un brebaje que intoxica a los amantes y los encadena a la tragedia; en general, se trata siempre de amantes cuyo amor está prohibido de una u otra forma.
Luego ese filtro será reemplazado por la propia literatura. Es el caso de Paolo y Francesca, esos amantes castigados que encontramos en el infierno de Dante, asesinados por adulterio, que se enamoran leyendo novelas de amor. Tenemos, varios siglos más tarde, a la pobre Emma Bovary de Flaubert, quien, intoxicada de literatura romántica, sueña con amores a los que no puede acceder y termina por quitarse la vida.
La pretensión de despojar a la experiencia amorosa de la dimensión de la pérdida y de la falta es cómplice del modelo de consumo actual. El amor se volvería entonces un commodity, un bien que se consume cuando sirve y se descarta cuando pierde su eficacia o aparece uno mejor. Esto se encuentra en las antípodas del deseo, que supone renunciar a un bien en nombre de una causa trascendente.
Desconfío del amor sin digresión, sin tropiezos ni sobresaltos. Querer purificarlo es insertarlo en la dimensión del consumo, en la lógica del uso. Si algo hace interesante al amor es lo que tiene de sorpresivo, de misterioso e indeterminado. Eso que nos permite suspender nuestras certidumbres y encontrarnos en el otro con una novedad radical. Eso que nos hace estar más vivos, más despiertos. Es esa dimensión la que está anclada en el deseo, la que habilita un recorrido por las cosas del mundo que nos permite salir de la homogeneidad.
Valdría la pena recordar a este respecto a quien fuera contemporáneo y amigo de Guido Cavalcanti. Dante Alighieri compone gran parte de su obra inspirado también en la experiencia del amor. Su Beatrice, figura a la par idealizada y trágica, da cuenta de un giro en la historia del pensamiento amoroso que ubica, según Raffaele Pinto, una dimensión suplementaria del amor. A partir de Dante, este no es solamente una enfermedad, sino también una vía de salvación.
El amor, podemos decir a partir de Dante, puede también curar.
Talgham es magíster en Letras Modernas por la Université Sorbonne-Nouvelle, magíster en Clínica Psicoanalítica por el Idaes y autor del libro La ética del silencio