El baño pompeyano del primer piso del Palacio Errázuriz fue proyectado como una postal de mármol y espejos: mosaicos inspirados en las excavaciones de Pompeya y Herculano, superficies que debían multiplicar la luz hasta el último rincón. Un esplendor pensado para una de las familias más encumbradas de la elite porteña de comienzos del siglo XX, los Errázuriz Alvear, que habían vivido años en Europa y volvieron a Buenos Aires con la ambición de construirse una residencia a la altura de lo que habían visto allá: un palacio pensado desde París por un arquitecto francés, decorado por la misma casa que vestía a la aristocracia europea, con piezas importadas de forma directa para una familia que quería que su intimidad -hasta el cuarto de baño- fuera también una declaración de estatus.
Cuando Andrés Rosarios entró por primera vez a esa habitación, entre 2004 y 2005, mientras trabajaba en la restauración del dormitorio contiguo, de la idea original quedaba muy poco en pie. El techo goteaba, había agujeros y dentro de la bañera donde alguna vez se bañó Josefina de Alvear se amontonaban carpetas y archivos de una oficina administrativa. Ya era arquitecto y ese mismo período se hizo cargo —como profesional y como financista— de la restauración del dormitorio contiguo, el del hijo de la familia, de estilo Imperio, que inauguró en noviembre de 2005.
Años después, Rosarios volvió a la misma casa para asumir el proyecto más grande de su carrera como mecenas: la restauración integral del dormitorio y el boudoir de Josefina de Alvear Errázuriz, la matriarca de la familia que construyó la mansión de Avenida del Libertador en 1918.

El palacio en cuestión es hoy sede del Museo Nacional de Arte Decorativo y conserva la máxima catalogación patrimonial posible en el país. La familia vendió la residencia y su colección al Estado nacional en 1936. El museo abrió sus puertas al año siguiente. Los dormitorios privados del primer piso, sin embargo, no formaron parte nunca del recorrido público. Terminaron convertidos en oficinas administrativas —el dormitorio Imperio funcionó como despacho del director del museo desde 1937 hasta buena parte de la gestión de Alberto Bellucci— y, desde los años 60, la habitación de Josefina fue sede del Museo de Arte Oriental, que ocupó los salones hasta su traslado a la Galería Pacífico en 2023.

“Todos los muebles originales se guardaron”, cuenta Hugo Pontoriero, curador del museo durante más de 20 años y su director desde hace dos y medio. Josefina de Alvear murió en esa misma cama en 1935, y desde entonces la habitación permaneció desarmada: “Desde que ella falleció hasta ahora hay un gap de todos estos años en que los salones tuvieron un uso completamente ajeno al que habían sido pensados”, resume.
La liberación de esos cuatro salones en 2023 (dos dormitorios, cada uno con su boudoir) le permitió al museo encarar lo que Pontoriero define como una meta de dos décadas: completar la restauración de todo el primer piso y abrirlo por completo al público. Antes había recuperado el dormitorio de Matías Errázuriz, el del hijo varón, un salón de familia y un salón chino. Faltaba el más grande y el más cargado de historia: el de la dueña de casa.

Rosarios volvió a acercarse a Pontoriero hace dos años y medio, cuando este todavía era curador en jefe. Empezó donando libros para la biblioteca del museo y terminó convertido en el mecenas principal del proyecto Josefina, como lo había hecho veinte años antes con la puesta en valor del dormitorio Imperio. De paso, siguió sumando aportes al baño pompeyano contiguo, inaugurado hace tres años: donó la restauración de cuatro sillones Directorio que estaban mal tapizados, y financió la reconstrucción de un cortinado del vestidor de Josefina, similar al original.

Para Rosarios, esta intervención tiene un componente sentimental muy marcado. Formado en Estados Unidos con una especialización en historia y crítica de la arquitectura, y radicado hace 14 años en París, se convirtió en investigador de su propio proyecto. “Es muy divertido ser, entre comillas, mi propio cliente en esta obra”, dice. “Porque yo soy el arquitecto, pero me estoy satisfaciendo a mí mismo en mis propias exigencias intelectuales”, agrega.
La investigación arrancó con un hallazgo. El respaldo original de la cama de Josefina, que se creía perdido -en realidad, llevado por la familia cuando vendió la casa-, apareció mal archivado en el museo. A partir de esa pieza, Rosarios pasó catorce meses revisando los fondos documentales de la casa decoradora francesa Maison Carlhian, comprados hace décadas por el Getty Institute de Malibú. Nadie, ni del museo ni del país, los había consultado antes. Lo que hizo, define, fue “arqueología de arquitectura interior” para reconstruir un decorado que nunca se había visto: quedó guardado en depósito incluso antes de que el Estado comprara la casa y su colección.


En esos archivos figuraban los libros de pedido originales: cada tela, cada pasamanería, cada detalle de madera y dorado, con su fabricante, su fecha, sus metros y sus colores. Ahí surgió una revisión inesperada sobre el conjunto de muebles y bordados conocido como Saint Mandé, hasta ahora presentado como una pieza del siglo XVIII vinculada a la corte de Luis XIV. Según la investigación de Rosarios, Carlhian -el decorador que se lo vendió a los Errázuriz- les hizo creer que había pertenecido al castillo de Saint Mandé y a esa época. En realidad, los muebles son de fines del siglo XIX. “Vendían cualquier cosa, con tal de que sean bonitos o llamativos”, resume.

La reconstrucción de las telas también trajo su propia historia oculta. Las cortinas y la ropa de cama de Josefina replican un diseño llamado Les Colombes, creado por el diseñador textil Philippe de Lasalle a fines del siglo XVIII. La creencia habitual era que esa tela la había tejido Prelle en 1918 para la familia. La investigación de archivo mostró otra cosa: la seda original fue tejida hacia 1916 por una manufactura de la ciudad de Tours, hoy desaparecida, por encargo de Carlhian para los Errázuriz. Cuando esa manufactura cerró, su archivo histórico terminó, en algún momento posterior, en manos de Tassinari & Châtel -una de las dos grandes casas de sedería de lujo de Francia junto con Prelle-, donde Rosarios encontró los dos archivos originales superpuestos: el de Carlhian y el de la manufactura de Tours. Quien finalmente tejió la reproducción para este proyecto fue Prelle, que a diferencia de Tassinari & Châtel sigue en manos de la misma familia lionesa después de siete generaciones.


Del diseño Colombes salieron dos tejidos distintos. Uno es un brocatelle -una seda con urdimbre de lino, más pesada y con más cuerpo- en un tono frambuesa que en francés se llama cramoisi, y que usaron para las cortinas del dormitorio. El cramoisi de fines del siglo XVIII no es el burdeos oscuro que hoy lleva ese nombre: hasta principios del siglo XIX era un frambuesa subido, y solo con el tiempo derivó hacia un tono más oscuro. El otro tejido, de seda pura y por lo tanto más liviano, fue el que se usó para reconstruir cabecero, dosel y cortinado de la cama original.
El coronamiento del dosel -la estructura tallada de la que cuelgan las telas- estuvo a cargo de Patrick Blanchard, el mismo tallador francés que semanas atrás había terminado otra obra: el dosel de la cámara privada de Luis XVI en el Petit Appartement du Roi de Versalles, restaurada tras más de cuarenta años de investigación e inaugurada el 13 de abril.

El boudoir de Josefina, contiguo al dormitorio, tuvo su propia revisión. No es, como se creía, un salón con mobiliario de la casa Jansen entelado en satén gris: las paredes están vestidas en satén de seda gris de la maison parisina Veraseta, y los muebles se tapizaron con una tela “bizarre”, como se le llama, en la historia textil, a un género de sedas con hilos de plata y oro y diseños asimétricos y exóticos, de moda en Europa entre finales del reinado de Luis XIV y la Regencia de Luis XV, antes de convertirse en composiciones que hoy leeríamos casi como abstractas. Esta pieza puntual fue tejida a mano en un telar hace más de 30 años y nunca había sido utilizada.
Las casas francesas que participaron -Prelle para las sedas, Declercq Passementiers para la pasamanería, Phelippeau Tapissier para el entelado final, y una maison de Lille para las luminarias- no fueron proveedores que Rosarios saliera a buscar para la ocasión. Son las mismas con las que trabaja habitualmente en sus obras en Europa. “No es que yo los contacté a ellos”, aclara. “Yo trabajo con ellos en mis obras en Europa. En realidad, ellos me acompañaron a mí a Buenos Aires”.

El equipo de Phelippeau Tapissier viajó con todos los materiales desde Francia: rellenos, cola de caballo, herramientas. Entre ellos, un joven de 19 años, hijo del gerente de la empresa, que se está formando como tapicero en el propio taller montado dentro del museo. Rosarios lo cuenta como un signo de época: “En el mundo de hoy hay un montón de trabajos de artesanía que se están revalorizando”.
En paralelo, las restauradoras del museo trabajaron sobre los bordados originales de los paneles y muebles del dormitorio, piezas de 1918 que habían sobrevivido en depósito, sin exhibirse, y que por eso mismo conservaron sus colores. “Estaban bastante deteriorados”, dice Pontoriero. “Había que limpiarlos, zurcirlos y bordar todo de nuevo”, añade.

El resultado, todavía sin terminar, empieza a mostrar la escala del proyecto: candelabros de Baccarat colgados donde hasta hace pocos años había ventiladores de techo de oficina pública, un oratorio con reclinatorio tallado y dorado, el boudoir vestido en gris y plata y oro. “La casa tiene tanta calidad que le ponés un poco de inversión encima y enseguida luce: todo vuelve a brillar”, dice Pontoriero.
Todavía faltan piezas. El museo espera que lleguen desde Francia las últimas partes de la estructura de la cama. Pontoriero calcula la inauguración para mediados de noviembre, con una ceremonia oficial que reunirá a las autoridades del museo, al Estado nacional y a los mecenas privados que sostuvieron el proyecto, entre ellos Felipe de la Balze y Lili Goubin, que además de aportes económicos donó alfombras y muebles de su familia y acompañó a Rosarios en el trabajo con los talleres textiles de París. Terminado el dormitorio de la madre, el museo planea encarar el de la hija, Josefina Errázuriz, de estilo similar pero más simple y pequeño.
Rosarios ya piensa el proyecto en otros términos. En su estudio en París, entre encargos de residencias de lujo en Europa y una obra en marcha para un empresario ruso en Moscú, sostiene que la restauración es también una forma de transmisión: que este tipo de inmuebles cargados de significado tienen el poder de transportar conocimientos, saberes, historias y, sobre todo, trascendencia. “Pocas cosas en este mundo se mantienen como están. Pasaron muchos años y el dormitorio sigue estando en el mismo lugar, esperando a ser observado”, dice.
La estructura tallada del dosel de la cama de Josefina está terminada, pero todavía sin dorar. Cuando las telas que tardaron un año y medio en tejerse terminen de vestirla, ese dormitorio va a recuperar, por fin, el esplendor con el que fue soñado hace más de un siglo.