El plan era tomarse el tiempo que hiciera falta para recuperar un espacio que, a primera vista, estaba al borde del abandono. Nerina Estevez Oneto estaba pasando la hidrolavadora por las paredes del salón, todavía sin fecha de reapertura, cuando frenaron tres ciclistas a pedir algo para comer. En el almacén no había nada, salvo una gaseosa de segunda marca, caliente, olvidada dentro de una conservadora. Se la dieron igual. Apenas los vio irse, Nerina sintió el impulso. Se subió al auto y manejó hasta Arrecifes. Volvió con una caja de salames, quesos, pan y bebidas. Era 10 de enero y un calor inmenso caía sobre la llanura bonaerense. Faltaban semanas todavía para la fecha que tenían pensada. Pero ese mediodía, sin anuncios ni inauguración, el almacén Beladrich ya estaba abierto otra vez.

Llegar hasta este punto en el mapa de la provincia de Buenos Aires es algo que hay que planificar. Una rápida búsqueda previa nos revela que, llamativamente, esta zona parece destinada a la historia. Antes de quedar aislada entre rutas nacionales que pasan bastante lejos, ahí mismo y en sus alrededores se condensaron relatos de una Argentina que ya no existe, de la que solo quedan reminiscencias: estelas de un pasado glorioso, intenso y también trágico.
Nerina conoce ese camino desde antes de tener memoria. Nació y se crió a poco más de un kilómetro del almacén, en el campo de su familia, que todavía conserva. Beladrich fue parte del paisaje cotidiano de su infancia: ahí compraban todos los vecinos de la zona, en una época en que nadie tenía vehículo propio para llegar hasta los pueblos. Después se fue a terminar el secundario y a estudiar abogacía a Buenos Aires. Se casó, vivió en distintas provincias siguiendo el trabajo de su marido, como encargado de campos. Volvía, sin embargo, con insistencia. A ver a la familia. Y de un modo u otro, siempre terminaba pasando por el almacén.

Lo que encontró, cuando por fin volvió para hacerse cargo del lugar, era apenas la sombra de lo que había sido. Un mostrador de madera. Una heladera antigua. Dos o tres mesas con bancos. Algunas latas viejas de galletitas y unas pocas copas y banderines olvidados de los campeonatos de fútbol que se jugaban ahí. Nada más.
La decisión de ponerse al frente nació como tantos proyectos que nacieron en los últimos años: la pandemia. “Me di cuenta de que nuestra vida se podía terminar con nada”, dice Nerina, “y uno venía haciendo siempre lo que tenía que hacer, pero no en un 100 por 100 lo que le gusta hacer.” Hacía tiempo que imaginaba un lugar para cocinar y recibir gente, aunque no terminaba de encontrarle la forma. Pensaba en una casa de comidas, con algunas cabañas quizás, y sobre todo en recuperar esa hospitalidad que siempre había asociado con los almacenes de campo. Cuando los dueños de Beladrich la llamaron para ofrecerle el lugar, primero dijo que no. La propuesta la sorprendía y también la asustaba. Poco después la pensó de nuevo. La segunda respuesta fue distinta.

Levantado a principios del siglo XX por Andrés Beladrich y su mujer, Margarita, en un cruce de caminos rurales, el almacén fue durante décadas uno de esos puntos neurálgicos del campo argentino. Ahí se esperaba a algún viajero, se cruzaban noticias, se armaban encuentros. Para llegar hoy hasta el lugar hay que dejar la Ruta Nacional N° 8 a la altura de Capitán Sarmiento, seguir un tramo de asfalto y después de tierra, y cruzar el Puente Andrade, una estructura metálica traída de Inglaterra e inaugurada en 1926 sobre el río Arrecifes. Tres kilómetros más adelante, ya en el partido de San Pedro, aparece Beladrich.
Ese cruce formó parte del antiguo Camino Real, y alrededor suyo se fueron acumulando relatos que todavía circulan entre los vecinos y que están condensados en el libro Historia de un pago chico, escrito por la hija de la pareja fundadora, Erlinda Beladrich y su marido, Américo Enrique Pigali. Allí se cuenta que Florencio Molina Campos pintó ahí algunas de sus obras mientras Segundo Ramírez —el resero que inspiró a Ricardo Güiraldes para crear a Don Segundo Sombra— tomaba un trago acodado en el mostrador. Otros aseguran que José de San Martín hizo un alto ahí durante una de sus marchas. También que Camila O’Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez cruzaron ese mismo camino en diciembre de 1847, escapando hacia Corrientes, en la historia de amor prohibido que un año más tarde terminaría frente a un pelotón de fusilamiento. Nadie puede afirmar cuánto hay de cierto en cada una de esas historias. Tampoco importa demasiado. Los almacenes de campo tienen la costumbre de conservar sus leyendas con el mismo cuidado con que conservan los objetos viejos.

Hay, en cambio, una historia sobre la que no existen dudas, y que Nerina conoce casi de memoria: la de Margarita. Quedó viuda y sostuvo el almacén sola. Era costurera, apicultora, la enfermera de la zona. “Margarita era una mujer empoderada, la admiro profundamente”, dice Nerina. Beladrich funcionaba entonces como el único supermercado disponible para los vecinos. No hacía falta ir a ningún otro lado.

Nerina no encaró esta empresa en solitario. Empezó con un primo, que después dio un paso al costado. Hoy está al frente junto a su hija, Elena, aunque —aclara— ella dirige un poco más. El vínculo de Elena con el almacén es distinto al de su madre. No tiene anécdotas propias del lugar, pero sí las heredó de tanto escucharlas. “Yo ya quería el almacén sin conocerlo”, dice. Cuando vio que Nerina estaba cumpliendo el sueño de su vida, no hubo otra opción que acompañarla.

El plan inicial era abrir solo los fines de semana, mientras terminaban de organizarse. Pero después de aquel primer mediodía no pararon de vender, y la idea fue mutando hacia lo que Nerina había imaginado desde un principio: un almacén de ramos generales abierto toda la semana, con comidas básicas, y los fines de semana con asado y parrillada completos.
Nerina cuenta que, apenas abrieron, los dueños empezaron a devolver parte del mobiliario histórico: la heladera original, la caja fuerte y la balanza. También aparecieron otros objetos que habían quedado dispersos entre las familias de la zona y que, de a poco, volvieron a Beladrich. Con todo lo que fue llegando armaron un salón con fotografías de época y afiches, que Nerina prefiere no llamar museo, aunque funciona como uno para quien tenga ganas de conocer la historia. Ahí está también el comedor de la abuela, el espacio más luminoso de la casa, armado con objetos que pertenecieron a las abuelas de quienes hoy trabajan o visitan el lugar.

La cocina se mantiene fiel a lo que se comía en el almacén cuando Nerina era chica: estofados, pastas, mucha carne, milanesas. Entre semana, como los vecinos repiten seguido durante las noches, tratan de variar el menú —ravioles al disco, pollo al disco, choripán, guiso— para que nadie se aburra de comer siempre lo mismo. Los fines de semana el formato cambia: parrilla libre con empanadas, asado y achuras incluidos, más postre, y picadas y sanguchitos que circulan sin pausa.
El público también cambió. La base sigue siendo gente de la zona, pero los fines de semana entre un 40 y un 50% llega desde Buenos Aires y otros puntos a más de 100 kilómetros, convocada por el boca a boca o por las redes: motociclistas, familias enteras. El patio grande permite armar mesas afuera cuando el clima ayuda. Alrededor de la mesa se fue sumando una vida que la excede. La biblioteca en formación funciona también como sala de estar, con juguetes para los chicos y sillones para tomar el té. El viejo depósito se transformó en un espacio que puede sumarse al comedor principal para cumpleaños o reuniones de trabajo, con wifi disponible pese a que la señal de celular casi no llega. Quien solo quiera venir con el mate y la reposera, a usar el lugar como una plaza de campo, también es bienvenido: hay algunos caballos, aunque todavía no tienen animales de granja organizados. Cuatro kilómetros más allá hay un arroyo más chico que el río Arrecifes, que en verano también se usa como balneario.

La respuesta de la gente, coinciden madre e hija, fue mejor de lo que esperaban. Hay quienes se emocionan porque el lugar les devuelve a sus abuelos, a su infancia. Hay quienes ahora traen a sus nietos para mostrarles dónde iban de chicos. “No importa quién esté del otro lado del mostrador”, dice Elena. “La gente viene igual”. Y cada vez trae gente distinta, que a su vez vuelve trayendo más gente.
Últimamente lo que está creciendo en Beladrich es algo más cultural. Están armando esa biblioteca con libros donados y propios —la familia, dice Elena, es de las que leen mucho—. Reciben visitas de colegios y de turismo. Y los fines de semana, sin que nadie lo organice del todo, caen vecinos de la zona que saben tocar la guitarra, cantar, tocar el bombo o milonguear, y se arman peñas improvisadas. Hay una guitarra apoyada contra la pared, dice Elena, que ella no sabe tocar bien, pero que está ahí para quien la sepa usar. Ese movimiento —la gente que se para a bailar chacarera con la cara contenta— es lo que más la fascina.

Nerina, del otro lado del mostrador, dice que lo que más disfruta es sentarse a charlar con la gente y escuchar sus historias. Está cumpliendo, dice, un sueño tal cual se lo había imaginado. San Martín, Molina Campos, Camila O’Gorman pasaron, o no, por ese mismo mostrador. Lo que sí es seguro es que Margarita pasó ahí su vida entera. Y que ahora, setenta años después, otra mujer hace lo mismo.

Datos útiles
Ubicación en Google Maps
W: (2284) 21-4911 (Elena) / (2284) 61-1964 (Nerina).
IG: @almacen_beladrich
El almacén abre todos los días. Sábados y domingos hay parrilla al mediodía.