Bueno, a continuación el gran tema que divide a los argentinos y del que todos creen que tienen la verdad. No, no es la política ni el fútbol; tampoco el asado o la economía. Esos temas son más evidentes y quienes se involucran se apasionan con fanatismo o militancia. Esto es otra cosa, un tema de paso, del día a día, que va por debajo del radar y no llega a hacer explotar a nadie pero puede hacer calentar -sin hervir― a más de uno. ¿Cuál es el tema y composición de la fecha? El mate.
Dejando de lado a los rebeldes cuasi extraterrestres que no toman mate, y a aquellos más cercanos a los hermanos paraguayos que se inclinan por el tereré, todo el país se prepara unos amargos. Y ahí ya empieza el problema: los alquimistas que se pasaron tres pueblos y no le ponen azúcar, sino que como brujos medievales le meten todo lo que les pasa cerca. Primero se empezó con un gajo de limón, después se pasó a uno de naranja, luego se agregó cedrón y, más tarde, los cordobeses metieron peperina; más adelante se desbarrancó y se podía encontrar ahí adentro toda la canción de Marolio: mate, café, harina y palmitos, yerba, mermelada, cacao, picadilloooo. Si se hiciera un gráfico de ejes cartesianos, se podría decir que a mayor nivel de hippismo, más especias hay flotando en el agua. Uno de los ejes sería cantidad de hierbas y el otro nivel de hippismo. Si el gráfico no se entiende, se puede explicar de esta manera: es la palermización del mate, casi al borde de tomarlo adentro de un frasco con una empanada.
Más allá de esa mafia que le pone toda la dietética entera, están los que hacen de esto un ritual. Son los que tienen la matera de cuero, con las costuras a la vista, una agarradera símil vaca y si los dejás también se ponen alpargatas y se comen un choripán en el desayuno. Esos son los old school que rescatan la tradición gauchesca y que a la mañana se recitan unos buenos versos del Martín Fierro. También son los que odian en secreto a los descritos en el párrafo anterior. Estos defensores de las costumbres patrias tienen un mate de boca ancha, con un borde metálico con motivos fileteados (sí, nada que ver con nada, pero se entiende) y todo envuelto en un cuero verdadero. Saben la temperatura exacta del agua y están veinte minutos haciendo la montañita de yerba. No compran cualquier yerba: le rajan a paquetes coloridos y modernos, al marketing y a la invasión de marcas recién llegadas.
Llegado el momento de cebar, saben cuánta agua tiene que caer y tienen a mano el manual con las reglas para que nadie atente contra su obra maestra. Está prohibido que cualquiera que sea convidado haga remolino con la bombilla, que la levanten un poquito y la golpeen contra el fondo si lo sienten tapado, que tarden en tomarlo, que lo golpeen fuerte al apoyarlo (eso podría lavarlo) y menos que menos que tarden.
Pero más allá de estos dos grupos, los hippies y los extremistas, están los que toman mate así nomás. Son la mayoría de argentinos que hicieron un mate de un recipiente metálico viejito tipo jarrito; o los que compraron esos que son de plástico rígido con una bombilla ya adherida al fondo que, al tirar de ella, es más fácil sacar la yerba para limpiar todo. Esos son los que calientan el agua a ojo, en la pava clásica mientras miran como zombies el noticiero parados en el living; son los que compran la yerba que está en 2×1, aunque el paquete tenga los colores de la bandera inglesa y la foto de Lamine Yamal (sí, nada que ver con nada, pero se entiende); los que tiran yerba a ojo, ¡qué montañita ni montañita!; los que hacen tres mates y ya está tapado, los que calientan más agua sin cambiar la yerba y los que lavado y todo siguen chupando porque no tienen ganas de empezarlo de cero. Todos estos personajes se mezclan en la misma tradición y conviven, miradas recelosas de por medio, a la hora de pasarse el mate. Guarda que está caliente.