“Rabia sin filtros”: cómo es Petal, el nuevo disco de Ariana Grande

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Durante años, Ariana Grande construyó una de las imágenes más reconocibles del pop contemporáneo: el peinado recogido tirante y perfecto, una voz capaz de recorrer cuatro octavas con aparente facilidad y un dominio técnico único. Como un manifiesto, en la portada de Petal se suelta el cabello y lo deja desordenarse sobre su rostro risueño, como si quisiera acercarse un poco más a la persona detrás de esa imagen. Ese mismo gesto atraviesa su octavo álbum de estudio.

3 stars

La artista confesó haber escrito desde un lugar emocional al que no suele recurrir, el de la “rabia sin filtros”. Y tiene varios motivos por los que estar enojada. En los últimos años, volvió a quedar atrapada en una conversación pública que muchas veces tuvo poco que ver con su música. El fenómeno de Wicked amplió todavía más su exposición, mientras las redes sociales y la prensa alimentaban un escrutinio permanente sobre su aspecto físico o su vida sentimental. Días después del lanzamiento del disco, ella misma explicó que su decisión de alejarse temporalmente de la vida pública no respondía a un impulso, sino a la necesidad de establecer “límites sanos”. Escuchado desde ese contexto, Petal deja de parecer un álbum sobre relaciones amorosas para convertirse también en una reflexión sobre el desgaste de vivir bajo observación constante.

Sin embargo, en el disco esa ira parece asomarse de una forma contenida y controlada, sin desatarse en arrebatos crudos y furiosos. Si bien aparecen destellos de un tono íntimo y experimental, como también lo describió la cantante, su música sigue orbitando el sofisticado universo de pop y R&B que viene desarrollando desde hace tiempo. Aunque, a diferencia de trabajos anteriores, no parece un álbum que acumule hits o que persiga el impacto inmediato de cada canción, sino más bien que se quiere construir como una obra de atmósferas. Ariana vuelve a apoyarse en su colaborador habitual, el productor Ilya Salmanzadeh —con aportes puntuales de Max Martin—, para desarrollar un trabajo donde también vibran los sintetizadores y una electrónica sutil, de texturas oscuras.

Uno de los mayores cambios se nota en su forma de cantar. La artista que convirtió el virtuosismo vocal en una de sus principales marcas registradas opta ahora por un registro mucho más contenido, apoyado en susurros, falsetes y armonías superpuestas. Deja algo de lado los agudos extraordinarios y los melismas para construir el clima etéreo y melancólico del álbum, en el que habla tanto de relaciones sentimentales como de otra clase de vínculo mucho más complejo: el que mantiene con la fama y con quienes creen conocerla.

Desde la apertura con “Kiss Me” esa intención queda clara. Sobre un elegante entramado de synth-pop y R&B, la cantante imagina un mundo al borde del colapso emocional y encuentra refugio en la intimidad. No es casual que abra el disco: ahí ya aparecen dos ideas que recorrerán todo el álbum, el deseo de escapar del ruido exterior y la esperanza de que todavía sea posible encontrar belleza entre las grietas de un entorno hostil.

“¿De verdad es culpa mía que todos me entregaran sus corazones por voluntad propia?”, se pregunta en “Hate That I Made You Love Me”, que puede leerse como una ruptura sentimental, pero también como una respuesta a las expectativas que el público y los medios hacen de su figura, desarmando con ironía la idea de que una estrella pop tenga la obligación de corresponderlas. En esa misma línea, en “Oh Well” despide con un “Buena suerte en tu camino hacia el infierno” dinámicas que ya no quiere sostener, sobre sintetizadores estilo Eurodisco y un estilo drum and bass, mientras que en “Like I do” lanza una posible indirecta a los titulares amarillistas que ponen su peso en el centro de atención: “Toda esa mierda me mantiene bien alimentada”.

Pero el disco no se limita a la confrontación. “Petal”, comienza casi como un vals en el que se mueve entre el enojo y el deseo de dejarlo atrás: cansancio, aceptación y, sobre todo, una voluntad de seguir creciendo a pesar de todo. Esa misma búsqueda alcanza uno de sus puntos más interesantes en el tramo central del álbum. “Freak”, con su combinación de guitarras etéreas y una producción cercana al shoegaze, rompe parcialmente con la estética dominante y se anima a un sonido más inquieto, mientras que “(Warning Signs)” deja salir, quizás por primera vez, una rabia menos contenida. Ese interludio, además, ofrece el momento más cercano a la faceta más conocida de Ariana, que grita “Ojalá alguien pudiera oírme”, antes de que la canción se interrumpa abruptamente.

Más allá de los picos de tensión, el álbum vuelve a abrir espacio para el deseo. Canciones como “Never Get Over Me” y “Big Feelings” recuperan parte del espíritu sensual de Dangerous Woman, aunque sin abandonar el tono introspectivo que atraviesa el resto del disco. El deseo, también, de un amor que la haga volver a confiar frente a las heridas del pasado. “Solo quiero quedarme esta vez. ¿Pero podés protegerme esta vez?”, pregunta en “Stay”, una balada R&B con rasgos de pop ochentoso, en el que vuelve a abrir su costado más emocional. Aunque puede leerse como una historia de amor, nuevamente resulta inevitable escucharla también como una posible conversación con su propia carrera: después de años de vivir bajo una exposición constante, parece preguntarse si todavía existe una forma más saludable de habitar ese lugar.

Petal se ubica como un capítulo diferente en la discografía de Ariana, que la encuentra en un momento en el que parece estar más al control de su persona pública. Quizás no sea el disco con las canciones más memorables de su carrera ni el más ambicioso desde lo musical, pero sí es uno de los más honestos. La portada anticipaba una Ariana más despojada. El disco confirma esa intención, aunque también deja en claro que, incluso cuando intenta bajar la guardia, todavía conserva una parte de sí cuidadosamente protegida.


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