La paciencia, que venía siendo escasa, se terminó de agotar en el Monumental. El repudio ya no baja únicamente para el equipo, también impactó de lleno en la comisión, para terminar englobando la tercera derrota consecutiva en el canto de guerra “que se vayan todos”. Coudet ya había sido silbado antes de un partido que volvió a retratar la desoladora actualidad de River, en la que nadie queda a salvo. Es un agujero negro que se está tragando todo, sin distinción si el protagonista está en la cancha, en el banco o en los despachos.
Pretemporada insólita -con solo 15 jugadores- y descabellada en Alicante. El container de Cantilo con otros 15 futbolistas en un intento de depuración que tuvo un efecto búmeran por la mala praxis en las formas y los procedimientos. Tercer 0-1 al hilo, dos en el Monumental, algo que no ocurría en el comienzo de un torneo desde 1994. Sin goles, con una ceguera que le impide un acierto en los 25 intentos (solo seis al arco) ante un Rosario Central que, con la sabiduría de Di María y una cuota de fortuna en su propia área, encontró el escenario propicio para curar las heridas que traía.
Las únicas sonrisas de River son las fotos institucionales que distribuye con el presidente Di Carlo o algún otro dirigente posando con el último refuerzo que acaba de firmar. El más reciente es Tobías Andrada, el prometedor que llega de Vélez. Es muy probable que la próxima instantánea tenga por protagonista a Thiago Almada, que se inclinaría por River en lugar de Flamengo. Lo que no se sabe ni se vislumbra es cuándo de todo ese reacomodamiento del plantel surgirá un equipo medianamente competitivo. El de este arranque de semestre es muy lúgubre. Muy probablemente no mereció perder por la cantidad de situaciones de gol que tuvo, algunas muy forzadas, pero este River está cargado de una negatividad que lo oprime. No aprovecha nada y paga caro cuando se equivoca.
Ni un arranque prometedor le sirvió a River para dar una vuelta de página al suplicio que lo persigue. Las ocasiones desperdiciadas en los primeros 15 minutos fueron acentuando los males que arrastra: confianza a la baja, confusión, ansiedad, inseguridad. Sin una formación todavía reconocible en este semestre, entre lesionados (tres) y sustituciones por bajo rendimiento, Coudet realizó seis variantes con respecto al partido anterior. Freitas, como wing derecho, otra vez fue el dinamizador del ataque, el que tenía a maltraer a Sandez y abría vías para terminar con centros. Un cabezazo de Otamendi y una entrada de Borré pusieron a River cerca del gol que se le está transformando en una quimera.
A diferencia de la apocada actitud que mostró en el Monumental en la semifinal del Apertura, Central no se metió atrás, en varios momentos disputó la iniciativa. Tomó riesgos y dejó espacios que River no terminaba de aprovechar en su obnubilación.
Pasados los sofocones iniciales, Rosario Central no tardó en descubrir los desacoples defensivos locales. Beltrán, que en el torneo pasado tomaba decisiones con una firmeza absouta, ahora dudaba entre salir o quedarse, no transmitía la seguridad del primer trimestre. Di María, con toques de una gran riqueza técnica, sembraba el pánico en la última línea de River. Rivero, un zaguero central que había perdido el puesto por bajo nivel, como lateral izquierdo quedó más expuesto en sus limitaciones. River, viéndose desbordado en algunos duelos individuales, empezó a recurrir a los foules que un riguroso Ramírez castigó con amarillas (Rivero, Vera, Martínez Quarta).
Cuando desde las tribunas empezó a bajar el cántico insultante contra “Chiqui” Tapia porque el árbitro no consideró que había foul sobre Borré en una situación manifiesta de gol, Central hurgó un poco más en el intermitente descalabro de River. El desborde y centro rasante de Campaz por la izquierda se topó con el cierre desesperado de Otamendi: gol en contra. A River se le profundizaba la cara de susto. Central no venía con un comienzo de torneo muy estimulante, pero se encontró con un contexto que lo llevó a moverse con más soltura y naturalidad que su rival. Este River agranda al rival de turno.
Para el equipo de Coudet el arco contrario adquiere las dimensiones del ojo de una cerradura. Una definición de Pereyra por arriba de la salida de Ledesma se fue desviada. El pibe Pereyra acusó la traumática actualidad de River. Cada pase errado o gambeta que no le salía tenía el peso de una losa. Para el segundo tiempo le dejó su lugar a Galván, que por primera vez en el ciclo de Coudet fue al banco por el torneo local. Colidio pasó a ocupar una posición más centrada, casi de enganche.
Lo mejor del partido
River ni siquiera podía sacar provecho de una insólita pérdida de la pelota de Ledesma; la definición de Galván fue despejada sobre la línea por Ovando con un gran cierre. Como en partidos recientes, Coudet empezó a acumular delanteros. Beltrán reemplazó a Vera, silbado por el concierto de imprecisiones que había sido su actuación. Mientras, Di María, tras juntar a tres marcadores, le sirvió el segundo gol a Campaz, evitado por una tapada de Beltrán.
Central disputó los últimos 10 minutos con un jugador menos por la expulsión de Coronel. River fue con desesperación; estuvo cerca con cabezazos de Otamendi y Meza, y con un remate de Beltrán que tapó Ledesma. Se consumió en su impotencia, como la que también atrapa a un Coudet que no da en la tecla. De los gritos destemplados en las tribunas se pasó a las protestas en el hall, donde hacía años que no se producía un estallido de bronca. La figura redentora de Ramón Díaz que resurge como petición popular. Quizá previendo todo esto, River comunicó antes del partido que luego no iba a haber atención a la prensa de nadie, ni de Coudet ni de los jugadores. Sin respuestas en la cancha, también se quedó sin palabras para explicar su hundimiento.