Los expertos en psicología explican por qué el tránsito genera tanta agresividad

COMPARTIR

Un embotellamiento impide avanzar, altera horarios y obliga a depender de decisiones ajenas. Esa combinación reúne varios de los factores que la psicología relaciona con el estrés y la agresividad como lo son la frustración, incertidumbre y pérdida de control.

La congestión no conduce inevitablemente a una reacción violenta. Sin embargo, puede elevar el nivel de activación con el que cada conductor responde al siguiente inconveniente. Una frenada, una demora frente al semáforo o un cambio de carril dejan entonces de percibirse como hechos menores y pasan a funcionar como disparadores.

Los nuevos modelos de autos que promete Ford tras la alianza que realizó con un gigante chino

Un trabajo clásico de Gary Evans y sus colaboradores, publicado en el Journal of Applied Psychology, estudió a conductores profesionales expuestos al tránsito en hora pico. Los investigadores encontraron una asociación entre la congestión, una menor percepción de control y señales fisiológicas de estrés. El estudio no afirmó que toda demora genere agresión, pero mostró que la experiencia del tránsito tiene efectos que van más allá de la impaciencia.

La pérdida de control es uno de los elementos centrales que genera posteriores reacciones violentas

La pérdida de control resulta central. En la calle, una persona no puede decidir cuánto tardará el viaje, cómo actuarán los demás ni cuándo desaparecerá una congestión. Algunas conductas agresivas intentan recuperar simbólicamente ese dominio, como bloquear a otro vehículo, acelerar para impedir un sobrepaso o “enseñar” mediante una maniobra cuál sería la conducta correcta.

Esa interpretación aparece en un informe de 2025 de la AAA Foundation for Traffic Safety. La investigación combinó una revisión bibliográfica, consultas con académicos, ocho grupos focales y una encuesta representativa de 3020 conductores estadounidenses.

Entre las motivaciones mencionadas aparecieron llegar más rápido y responder a una amenaza percibida

Entre las motivaciones mencionadas aparecieron llegar más rápido, responder a una amenaza percibida, recuperar el control, tomar represalias y castigar a quienes supuestamente habían actuado mal. El 96% de los encuestados reconoció al menos una conducta agresiva o de ira vial durante el año anterior, aunque el informe reunió bajo esa categoría acciones de gravedad muy diferente. El 11% informó comportamientos violentos.

Los participantes asociaron esas experiencias principalmente con ira y frustración, pero también con miedo, ansiedad y, en algunos casos, placer. El predictor más marcado de una alta participación en conductas agresivas fue la cultura vial percibida, ya que cuanto más habitual consideraban la agresión en su entorno, mayor era la probabilidad de reproducirla.

El predictor más marcado de una alta participación en conductas agresivas fue la cultura vial percibida

Esto ayuda a explicar por qué una acción puede propagarse. Un conductor interpreta que debe defenderse porque todos avanzan de manera agresiva; su respuesta confirma ante los demás que ese comportamiento es normal. Así se construye un circuito en el que cada persona cree estar reaccionando, aunque para el resto sea quien inicia el conflicto.

La evidencia también diferencia entre enojo y agresión. El primero es una emoción; la segunda, una conducta. Sentir frustración en un embotellamiento no obliga a insultar, perseguir o poner en riesgo a otro. La regulación emocional y las normas de cortesía funcionan como barreras. De hecho, el informe de la AAA observó que quienes otorgaban mayor importancia a los buenos modales presentaban menos conductas agresivas.


COMPARTIR