“No vamos a recuperar, al menos en ningún futuro predecible, el clima y la atmósfera ya perdidos”, dijo a BBC Mundo el climatólogo ecuatoriano Raúl Cordero.
“Pero eso no significa que uno tenga que dejarse estar. No, porque todavía podemos perder más”, agregó.
Cordero, quien trabajó durante años en Chile y realiza numerosas investigaciones en la Antártica, es actualmente profesor de la Universidad de Groningen en Países Bajos.
Desde incendios a olas de calor e inundaciones, “hay una epidemia de eventos extremos alrededor del mundo, que están volviéndose cada vez más intensos y cada vez más frecuentes”, señaló.
Los 11 años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los más cálidos jamás registrados, según un informe de marzo de la Organización Meteorológica Mundial.
Cordero explicó por qué el hemisferio norte se está calentando casi al doble de rápido que el hemisferio sur, qué esperar del efecto combinado del cambio climático y El Niño, y cómo, a pesar de todo, encuentra motivos de esperanza.
Al presentar su informe de este año del estado del clima en el Reino Unido, el Servicio Meteorológico británico dijo que “el clima del siglo XX ya no existe”. ¿Está de acuerdo con esto?
Sí, estoy plenamente de acuerdo. El clima en último término depende de la atmósfera, y la atmósfera con la que nacimos usted y yo ya no existe. El planeta en el que nosotros nacimos ya no existe.
Cambiamos la composición atmosférica del planeta con las emisiones de gases de efecto invernadero. Y no lo cambiamos solo un poco: la concentración de CO2, el principal gas de efecto invernadero, es hoy un 50% superior a la que existía hace poco más de un siglo.
Si uno cambia en esos tremendos valores la composición atmosférica del planeta, el clima va a cambiar. Y nunca va a volver a ser el que era hasta que ese 50% extra de CO2 disminuya.
Entonces no solamente el clima que tenemos hoy es diferente. La atmósfera es diferente y hay algo todavía peor: no vamos a recuperarlos, al menos en ningún futuro predecible.

Cuando dice ningún futuro predecible, ¿a qué se refiere?
El futuro predecible usualmente está asociado a los horizontes de la vida humana. Es muy difícil que en menos de 100 años logremos bajar la concentración de gases de efecto invernadero.
Eso no significa que uno tiene que dejarse estar, que ya está todo perdido. No, porque todavía podemos perder más. Si no detenemos las emisiones de gases de efecto invernadero, vamos a seguir cambiando el clima y empeorando la situación.
El cambio climático el problema que tiene es que provoca alzas en la frecuencia de eventos extremos. Hay una epidemia de eventos extremos alrededor del mundo, que se están volviendo cada vez más intensos y cada vez más frecuentes.
Si seguimos como estamos, la frecuencia de esos eventos extremos va a continuar aumentando.
¿Por qué se tardaría tanto tiempo en sentir el beneficio de reducir las emisiones de CO2?
El CO2 tiene el problema de que tiene una vida media de al menos un siglo. Es decir, el CO2 que nosotros tenemos en la atmósfera hoy cambiando el clima no es sólo el que nosotros emitimos, sino el que emitieron nuestros padres y nuestros abuelos.
Por ende, el CO2 que estamos emitiendo nosotros no solamente va a cambiar el clima hoy, sino que lo va a cambiar durante 100 años más. Va a continuar cambiando el clima mucho después de que los que lo emitimos estemos muertos.
Por eso es que el cambio climático es un problema intrageneracional. Desgraciadamente los cambios en el clima que estamos causando tienen un impacto que va a sobrevivirnos.

Hablemos entonces de los eventos extremos que mencionaba. Estos días vemos incendios que parecen imparables en Europa y otras partes del mundo. Y se habla de mega incendios que generan su propio clima con descargas eléctricas que inician nuevos focos de fuego. ¿Son estos un efecto claro del cambio climático?
Es difícil atribuir al cambio climático la responsabilidad de incendios individuales, pero sí podemos atribuir al cambio climático la tendencia a tener incendios cada vez más intensos. En otras palabras, el cambio climático está haciendo que cada vez sean más probables.
Lo que está sucediendo hoy en Europa es algo que sucedió en enero de 2025 en California, el estado más rico del país más rico, con todos los medios materiales imaginables a su alcance. Y a pesar de eso, tuvieron un fuego de casi dos semanas que quemó suburbios en Los Ángeles.
Eventos similares se han dado en Australia en 2020 y en Chile en el 2017 y 2023. En 2024, además, perdieron la vida más de 100 personas en un incendio que, al igual que el de California, penetró una ciudad, Viña del Mar, con una rapidez tal que hizo imposible el escape de muchas personas.
Así que desgraciadamente no es inesperado lo que está sucediendo en Europa. Y si no detenemos el calentamiento global, este tipo de eventos no solamente van a ser más frecuentes, sino que van a ser cada vez peores.

Se ha dicho también que otro factor que agrava los incendios es la mala gestión forestal…
En Chile, cuando se dieron los mega incendios de 2017, muchos pensaron “es el exceso de industria forestal, el exceso de bosque”, etc. Como que a muchos les cuesta entender que esto tiene que ver con un problema de cambio en la composición atmosférica.
No digo que la gestión forestal o la falta de la misma no juegue un rol, pero ese no es el principal problema detrás de los mega incendios.
Hasta que no aceptemos que los fuegos catastróficos son el resultado de haber alterado de manera cuasi irreversible la composición de la atmósfera, no vamos a solucionar el problema.
Este tipo de mega fuegos son de una intensidad jamás vista y, por heroicos que sean los bomberos o por medios materiales de los que se disponga, no se los puede detener.
Se trataron distintos modelos de gestión de fuego en California, en Australia, en Chile y en el sur de Europa, y ninguno logró detener las recientes alzas en el área quemada.
La única manera de detener el empeoramiento de la situación es dejando de emitir gases de efecto invernadero.

El organismo que monitorea la mortalidad en Europa, el European Mortality Monitor, dijo que la ola de calor de junio de 2026 produjo una sobremortalidad de más de 10.000 personas, más de 5700 solo en Francia. ¿Es este otro ejemplo de que el clima de hace pocas décadas ya no existe?
Las olas de calor son la manifestación más letal del calentamiento global. Por ejemplo, cuando a uno le dicen que la temperatura global va a aumentar un grado, dos grados, uno dice bueno, eso no es mucho. Esto también es algo difícil para muchos de entender, que dentro de esos “pequeños” aumentos en los promedios van escondidas agudas subidas de temperatura durante unos pocos días.
Esas son las olas de calor, agudas subidas de temperatura que se están presentando cada vez de forma más frecuente a medida que sube el promedio de temperatura global.
La frecuencia de olas de calor se intensificó en un 200 o 300% dependiendo de la zona del trópico a la que uno ponga atención. En mi ciudad natal, Guayaquil (Ecuador), por ejemplo, la frecuencia de olas de calor auementó casi un 400% desde la década de los 80.
Las olas de calor son por lejos el riesgo climático más letal y se estima que están matando ya en el mundo cientos de miles de personas.
¿Por qué esto no es noticia? Porque cuando uno se muere nunca le dan un certificado que dice “murió por ola de calor”. Por ahora la única manera que tenemos de detectar esas muertes es a través de las estadísticas de sobremortalidad, las que se conocen después de terminado el evento.
En la última ola de calor en Europa, en junio de 2026, los habitantes de París estuvieron expuestos a temperaturas de casi 15 grados por encima de valores típicos. Esas temperaturas representan un grave riesgo para las personas mayores. Las estadísticas indican que cuando uno es mayor de 65 años y no tiene acceso a aire acondicionado, el riesgo de morir durante una ola de calor durante un día muy cálido en verano se duplica.
Cuando hablamos de calentamiento global los porcentajes de aumento en los riesgos a los que nos enfrentamos son escandalosos. Pero desgraciadamente remueven pocas conciencias.

El programa de observación terrestre Copernicus, de la Unión Europea, señala que Europa se calienta al doble de velocidad que el resto del planeta. ¿A qué se debe esto?
No es solamente Europa. El hemisferio norte se está calentando casi el doble de rápido que el hemisferio sur. Una de las razones es que en el hemisferio norte hay menos océano que en el hemisferio sur.
En el hemisferio sur tenemos poco territorio, una pequeña parte de África, Oceanía y una parte de Sudamérica, nada más.
El hecho de que el hemisferio norte tenga más territorio hace que se esté calentando más pues el suelo responde más rápido que el océano a la radiación. Es por eso que el ritmo de calentamiento de los océanos tiene la tendencia siempre a ser más lento que el ritmo de calentamiento de la superficie continental.
Pero hay un elemento adicional que es el Ártico. El Ártico es la región del mundo que más rápido se está calentando, por lejos. La razón es que hay lo que se llama ahí una retroalimentación. El exceso de calor está derritiendo el hielo que cubre el océano Ártico. Cuando se derrite el hielo queda expuesto el océano más oscuro que, al absorber un extra de radiación solar, se calienta derritiendo más hielo.
Ese círculo vicioso explica por qué el Ártico se derrite tan rápido. Y como el Ártico es una zona enorme, termina por arrastrar a todo el hemisferio norte y a Europa, el continente más cercano al Ártico.

¿Qué pasa en el hemisferio sur?
El calentamiento es global, pero no todo el planeta se calienta al mismo ritmo. El hemisferio sur se calienta más lento, entre otras razones, porque cuenta con la zona del mundo que más lento se calienta, la Antártica.
No es que en el hemisferio sur no la estemos pasando mal, pero en lo referido al calentamiento, vamos un poco retrasados respecto al hemisferio norte.
¿Por qué la situación en la Antártica es tan diferente a la del Ártico?
La diferencia la hace el hecho de que el Ártico es un océano cubierto por hielo, mientras que la Antártica es un continente, es decir, la mayoría del hielo de la Antártica no está en contacto con el océano sino con roca continental. Al no estar en contacto con el océano, no se da ese círculo vicioso que explicábamos antes que está derritiendo aceleradamente al Ártico.
Por otro lado, la capa de hielo que cubre el Ártico es mucho más delgada. Son unos pocos metros. En el caso de la Antártica, la masa de hielo que cubre el continente antártico en promedio tiene dos kilómetros de grosor. Esta capa de hielo es tan gruesa, que afortunadamente va a demorar algunos siglos en derretirse.

La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE.UU. declaró oficialmente en junio la llegada de El Niño. ¿Qué se puede esperar en América Latina de la combinación de El Niño con el cambio climático?
El Niño en general es el modo climático más influyente del planeta, afectando con distintas anomalías. Hay una que tiene un único signo, que es la anomalía de temperatura. Al final, El Niño es un calentamiento de la temperatura superficial del Pacífico y esa zona que se calienta es tan grande que termina empujando el termómetro global al alza.
Por lo tanto, si 2026 no es el año más cálido jamás registrado, va a ser 2027.
La segunda anomalía que provoca El Niño es que provoca lluvias muy fuertes en partes del planeta y favorece sequías en otras. Por ejemplo, este año se esperan sequías potencialmente históricas en la cuenca del Amazonas, en el altiplano boliviano, en Sudáfrica y en el sudeste asiático.
Y por otro lado, se esperan precipitaciones abundantes en Medio Oriente, el sur de Estados Unidos, el norte mexicano, en la zona central de Chile, en el sur de Brasil y la zona central de argentina.

El calentamiento global agudiza muchos de los impactos de El Niño. Por ejemplo, las sequías que antes El Niño favorecía en la cuenca del Amazonas ahora son mucho peores. ¿Por qué? Porque el calentamiento global, al calentar la atmósfera, termina resecando el suelo. Las sequías severas no solo se deben a que no llueve, sino además a las altas temperaturas que resecan el suelo.
Por otro lado, el calentamiento global al empujar el termómetro al alza también termina por aumentar la humedad en la atmósfera. Y esa humedad, una vez que se condense, puede terminar en precipitaciones.
Entonces, las zonas que recibían más precipitaciones durante años de El Niño, podrían recibir precipitaciones todavía peores debido al calentamiento global.
Ante este panorama de fenómenos extremos, ¿ve usted alguna señal positiva de esperanza?
Sí. Aunque no parezca obvio, yo soy optimista. Por el lado de la mitigación (reducción de emisiones) estamos avanzando a un ritmo que hace una década hubiese sido impensado.
Se avanzó muchísimo en la transición energética en países en desarrollo y en algunos muy importantes, como China, la transición a las renovables avanza viento en popa.
La transición está ocurriendo ya en buena parte del sur global y esto me hace abrigar la esperanza de que las emisiones de gases de efecto invernadero van a comenzar a disminuir más pronto que tarde.
Luego hay otra cosa muy importante que es el tema de la adaptación al cambio climático. Muchos países, a través del desarrollo económico, están logrando acceder a tecnología que les va a permitir sobrellevar los peores impactos del cambio climático sin tantas pérdidas humanas y daños materiales.

Afortunadamente está también avanzando rápidamente la penetración de aire acondicionado, no en Europa solamente, sino en el resto del mundo.
Entonces, más allá de que la situación hoy es muy mala en términos climáticos, yo diría que nunca hemos estado más preparados para enfrentar un desafío global.
Creo que en pocas décadas vamos a poder comenzar a hablar del calentamiento global como un problema controlado. Esa es mi opinión, pero reconozco que ese no es el consenso científico global. El consenso es menos optimista.
Yo tiendo a ser optimista pues vengo del mundo de la investigación de ozono. El agujero de ozono en la década de los 80 era un problema existencial para la humanidad.
Si el agujero de ozono se hubiese expandido destruyendo la capa de ozono del planeta, la vida humana en el planeta hubiese sido inviable. Afortunadamente, ese problema está bajo control.
El éxito que tuvimos con el agujero de ozono me hace abrigar la esperanza de que vamos a lograr sobrellevar, no sin dolor, no sin pena, el desafío del calentamiento global.

EE.UU., Canadá y otros países buscan aumentar la explotación de combustibles fósiles. ¿Por qué cree que lo hacen dada la evidencia científica?
La mitigación del cambio climático pasa por dejar de usar combustibles fósiles. Entonces, obviamente hay países productores de esos combustibles a los que no les interesa la transición a renovables.
Cuando uno habla de países petroleros, uno tiende a pensar en Arabia Saudita o Noruega o Estados Unidos. Pero en Sudamérica, por ejemplo, mi país natal, Ecuador, es muy difícil que vaya a convertirse en un adalid de la transición energética en el corto plazo pues su principal producto de exportación es el petróleo.
Sin embargo, creo que la era de oro de los combustibles fósiles tiene los años contados.
India y China están avanzando rápidamente en la transición energética. Ninguno de esos grandes países tiene petróleo así que para ellos, la transición energética es económicamente conveniente.
Obviamente la transición a renovables no es cosa que vaya a pasar de un día para otro. Pero los países del Golfo y algunos países de nuestra región deberían pensar qué van a hacer y a vender.
Porque ese producto tóxico que hemos estado vendiendo, esa suerte de droga atmosférica que es el petróleo, es un producto que no va a tener consumidores más pronto que tarde.
Algunos dicen que, debido al cambio climático, hay una “nueva normalidad” a la que hay que acostumbrarse. Otros, sin embargo, sienten desazón o angustia. ¿Cuál es su reflexión sobre lo que estamos viviendo en este momento del planeta?
Primero, a mí no me gusta usar esa frase de que hay que acostumbrarse a la “nueva normalidad”.
Uno puede acostumbrarse, por ejemplo, a un nuevo clima cuando uno se muda de país. Pero el cambio climático no funciona así porque es un cambio continuo: vivimos en un continuo empeoramiento de la situación.
Es muy difícil y muy estresante tener que continuamente adaptarse a una nueva realidad. Esta “no normalidad” hace muy difícil la adaptación y complica el desarrollo económico de la mayoría de la población mundial en países del sur global que todavía dependen de la industria agrícola. La agricultura depende poderosamente de precipitaciones regulares, de un clima regular.
La moraleja es que no existe una “nueva normalidad”. Tenemos que crear esa nueva normalidad estabilizando el clima y para hacer eso tenemos que detener el uso de combustibles fósiles. No hay nada más.
Por Alejandra Martins