Van Gogh: ¿suicidio o muerte accidental?

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A las 21 horas del 27 de julio de 1890, Vincent van Gogh volvió a la habitación de la posada donde se hospedaba, en Auvers-sur-Oise. La Sra. Ravoux, la posadera, notó que se sujetaba el abdomen. Al preguntarle si tenía algún problema, Vincent le dijo: “No, pero…” y subió dificultosamente la escalera. Poco después se escucharon gemidos. El Sr. Ravoux entró a la habitación; fue entonces cuando el pintor le mostró una herida cerca del corazón y le confesó que había intentado suicidarse.

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Ravoux le pidió a uno de los huéspedes, Anton Hirschig, un artista también holandés, que fuera a buscar al doctor Gachet, con quien Vincent se atendía por sus problemas psiquiátricos.

Gachet inspeccionó la herida, lo vendó y dijo que nada tenía que hacer, y se retiró. Efectivamente, en esa época una herida así era inoperable.

Hirschig y Ravoux se quedaron con Vincent, quien permaneció la noche en silencio. Por la mañana acudieron dos gendarmes que interrogaron a Van Gogh sobre lo que había ocurrido. Este se limitó a contestar: “Mi cuerpo es mío y soy libre de hacer con él lo que quiera. No acusen a nadie, fui yo quien quiso suicidarse”. La respuesta despertó más dudas que certezas, pero era una confesión de parte.

Cuando Theo recibió la noticia, viajó inmediatamente a ver a su hermano. Cambiaron pocas palabras, como comentó años más tarde: “La tristeza durará para siempre” y, al amanecer del 29: “Ojalá pudiera morir así”. Poco después falleció, a los 37 años, uno de los más grandes artistas que recuerda la humanidad.

Gran parte de esta historia se conoce por Johanna Bonger, la esposa de Theo, quien se dedicó, después de la muerte de su marido (seis meses más tarde), a poner en valor las pinturas de Vincent, al punto de convertirlo en el referente del arte que hoy conocemos. Fue ella la encargada de editar las seiscientas sesenta y ocho cartas que intercambiaron los hermanos Van Gogh.

La precoz y trágica muerte de Vincent no solo promovió su historia como la del genio incomprendido, sino también la aparición de varias pinturas hechas en su estilo, pero de origen oscuro.

El famoso

Curiosamente, se señala al doctor Gachet y a su hijo, ambos pintores aficionados, como los autores de obras que imitan a Van Gogh. Una de sus últimas pinturas fue un retrato del doctor sosteniendo entre sus manos unas hojas de la Digitalis purpurea, una planta de la que se elaboraba la digitalina, un remedio que Vincent recibía como tratamiento de su epilepsia y que podría ser la responsable de la exaltación del amarillo en sus obras (fenómeno conocido como xantopsia). De hecho, existen dos versiones del retrato de Gachet.

Las controversias no acaban acá, ya que, en 2011, Steven Naifeh y Gregory White Smith publicaron una biografía del pintor donde ponen en duda que Van Gogh se haya suicidado. Primero señalan que el mismo pintor, en una de sus cartas, sostenía que quitarse la vida era “pecaminoso e inmoral”.

También cuestionan cómo una persona con marcado desequilibrio psiquiátrico haya podido acceder a un arma. El revólver en cuestión, un Lefaucheux de 7 mm, recién fue hallado en 1965, en el lugar donde supuestamente se había suicidado. Habían pasado casi 70 años enterrado y nadie lo había buscado. Posteriormente, en 2019, fue subastado por 170.000 dólares y hoy se expone en el museo dedicado al pintor en Ámsterdam.

Los autores señalan que la herida mortal, en caso de haber sido autoinfligida, hace muy difícil pensar que alguien se mate apuntando el arma desde su abdomen hacia la cavidad torácica. Por último, no quedó consignado que sus manos tuviesen manchas de pólvora, como suele ocurrir en quienes usan un arma de fuego para lesionarse.

Naifeh sostiene que la bala podría haber sido disparada por unos jovencitos que estaban jugando a los cowboys. Ellos eran conocidos del pintor y este no los quiso inculpar. De allí esa frase misteriosa: “No acusen a nadie”.

Muchos especialistas han descartado esta versión, que no se menciona en los textos contemporáneos a la desaparición del pintor. Ni Theo, ni Ravoux, ni Hirschig, y menos aún el Dr. Gachet hacen mención de que se sospechara que alguien accidentalmente hubiera disparado contra Vincent.

Sin embargo, es verdad que, de haberse suicidado, es muy poco probable que se haya disparado desde tal posición y, después de ello, pudiese caminar dos kilómetros hasta la posada.

De una forma u otra, Van Gogh terminó sus días pensando que esta muerte inesperada sería la liberación de sus pesares, de esas crisis que lo sumían en pozos depresivos de los que no se sale sin secuelas.

Quizás es mejor pensar que, como dice la canción “Vincent”, de Don McLean: “Sufriste por tu cordura… porque este mundo nunca fue para alguien tan hermoso como tú”.


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