Emma Carenini, filósofa solar. “Es un bien no rival: la cantidad de sol que yo recibo no resta nada a la que recibirá mi vecino”

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“Los dioses hablan a través del sol y el aroma de las flores. Desde el siglo XX, asociamos el sol al esparcimiento. El sol es la tranquila felicidad de las vacaciones, la brisa marina sobre la piel desnuda, los largos paseos en bicicleta. El sol también se asocia a la libertad, la libertad de no trabajar o la libertad de costumbres. Los hombres y las mujeres lo convierten en el aliado objetivo de su deseabilidad social y sexual”, escribe la filósofa francesa Emma Carenini (1993) en su primer libro, Sol. Mitos, historia y sociedades (Godot, con traducción de Salomé Landívar y Melina Blostein).

Invitada por los organizadores de la décima edición de la Noche de las Ideas, Carenini participará mañana de la charla “Los imaginarios de la ciencia. Soñar de los abismos a las estrellas”, en el Teatro Colón. Es su primera visita a la ciudad de Buenos Aires.

La autora explora en su obra el imaginario científico que orbita alrededor del sol, desde los antiguos griegos hasta Da Vinci y Nietzsche, pasando por los cultos solares de egipcios, incas y germanos y las investigaciones de científicos, arquitectos y eruditos “heliocentristas”. Si bien destaca la pasión por el sol de las sociedades meridionales, el sol reina, asegura, en todas las latitudes.

“Donde brillaba el sol, existía la posibilidad de la civilización -reflexiona-. La fascinación por el Oriente rico y misterioso también viene de allí: si una región del mundo recibía la luz del sol, se le atribuía a veces un estadio más avanzado de civilización, con sus ventajas, la prosperidad, y sus inconvenientes, la lujuria y la desmesura”. Su segundo libro, que salió este año en Francia, se titula Une autre histoire du luxe. Des thermes romains à LVMH [siglas de Louis Vuitton Moët Hennessy].

–¿Por qué eligió el sol como tema de su primer libro?

–La idea me vino leyendo un breve libro de Albert Camus, El verano. Es un escrito de juventud, donde el novelista y filósofo hace el elogio de su tierra natal, Argelia. Hace el elogio del Mediterráneo, de esa luz blanca que a un tiempo aplasta y revela, de un mundo entero bañado de sol. Camus no describe allí únicamente un paisaje: formula una manera de estar en el mundo, una sabiduría solar hecha de presencia, de mesura y de plenitud. Al cerrar esas páginas, me hice una pregunta sencilla: ¿existe un ensayo que dé cuenta, de manera más objetiva y más amplia, de la relación de la humanidad con el sol? Quería escribir un libro que tomara al astro no como un motivo poético ni como un objeto de la ciencia, sino como el hilo conductor de nuestra historia común.

–¿Creció en un lugar soleado?

–Nací en la Provenza, en el sur de Francia: no se crece impunemente en una tierra donde el sol brilla casi todo el año. Esa misma atención a la luz volví a encontrarla en otros autores que me acompañan, como Homero o Jean Giono. Encerrados en nuestras oficinas, prisioneros de un horario a menudo indiferente a la salida y la caída del día, hemos desaprendido a “ver la luz”. Quise ir más allá del elogio literario y tirar del hilo de una historia mucho más vasta: la del vínculo entre la humanidad y la luz del sol. El sol no es solo un objeto de la ciencia: forma parte de nuestra historia, ha modelado nuestras representaciones, nuestras costumbres y nuestro pensamiento. Elegir el sol era elegir un tema a la vez universal e íntimo; la evidencia más compartida y, sin embargo, el punto de partida de una indagación que atraviesa todas las civilizaciones.

–¿Cómo cambió a lo largo de la historia la relación de las sociedades con el sol?

–El sol no es solo un objeto de la astronomía. Fue el gran sueño de la humanidad durante buena parte de su historia. Sin sol, no hay vida. Y el sol es un don inmenso hecho a la tierra. Georges Bataille escribía: “El sol da sin recibir jamás. La radiación solar tiene por efecto la sobreabundancia de energía en la superficie del globo”. Puede releerse toda la historia humana a la luz de esta verdad: salvo la energía nuclear y la geotérmica, todas las energías de la tierra son metamorfosis de la radiación solar. La agricultura fue la primera forma de captura de esa energía mediante la fotosíntesis de las plantas. Las energías fósiles como el carbón, el petróleo y el gas no son otra cosa que sol fosilizado, es decir, millones de años de fotosíntesis de bosques enteros y de plancton sepultados bajo la tierra. Quemar carbón es liberar rayos de trescientos millones de años de antigüedad. La energía del sol fluye sobre nosotros desde hace milenios y se pierde, como en los toneles de las Danaides. El sueño de la humanidad ha sido contener ese flujo, atajar su derroche, controlar y recuperar esa energía. Así hemos visto a los hombres rivalizar en ingenio para captar directamente el sol. En 1515, Leonardo da Vinci imaginaba kilómetros de espejos para abastecer las industrias de su ciudad. En el siglo XIX, el ingeniero Augustin Mouchot inventaba la primera máquina de vapor solar. La historia abunda en estos inventores heliótropos, pero esos proyectos dispersos siguieron siendo embrionarios hasta el siglo XX, con la invención de la energía fotovoltaica.

–El sol influyó en los avances tecnológicos y el desarrollo humano.

Ver la historia humana a través del prisma del sol permite salir de las definiciones basadas en el poder, la escritura o el arte y adoptar una definición bioenergética de las estructuras políticas complejas. El Estado, el imperio, la civilización no son sino el arte de convertir el flujo solar en estructuras duraderas. Constituyen una respuesta termodinámica a la abundancia solar, por medio de la agricultura, la arquitectura y las invenciones técnicas destinadas a captarlo y controlarlo. En la Antigüedad, las tierras frías y oscuras del Norte se asociaban a la barbarie. Desterrado allí, el poeta Ovidio llora la pérdida de la civilización. Ahora bien, desde la época moderna los centros económicos y políticos han ascendido hacia esas comarcas septentrionales: los Países Bajos, Alemania, Inglaterra.

–¿Con qué resultados?

–Hemos creído emanciparnos progresivamente del flujo solar. Ya no vivimos al ritmo del sol. En la Antigüedad y en la Edad Media, la salida y la caída del día daban la hora y repartían las tareas; no se dividía la jornada en horas iguales de sesenta minutos, sino según la duración variable del día. En invierno las horas eran más cortas. Con el reloj mecánico, y luego con la luz artificial, ese tiempo flexible y natural cedió su lugar a un tiempo implacable, que transcurre siempre del mismo modo, indiferente a las estaciones. Hemos ganado en precisión lo que hemos perdido en serenidad: de ahí viene ese ritmo frenético del que ya se quejaba Rousseau en el siglo XVIII, él, que había vendido su reloj para liberarse de él.

–¿Qué relación hay entre el sol y las formas de poder?

–El sol ha servido de matriz a numerosos poderes centralizados. Todos lo conocen. Todos saben que es la fuente de la vida. Por otra parte, no es un objeto antropomórfico: es un objeto de proyección afectiva universal. Con el nacimiento de la agricultura, a medida que las sociedades se extienden y las poblaciones crecen, las divinidades locales, ancladas en territorios específicos, se vuelven obsoletas para la gestión de un gran conjunto. Y una sociedad cuya suerte depende cada vez más del tiempo atmosférico necesita del sol, se aferra a él. Ha sido instrumentalizado por numerosos imperios. En el siglo XIV antes de nuestra era, el faraón Akenatón sustituyó a los dioses antropomorfos, cargados de mitologías locales y de cleros demasiado poderosos, por un disco solar; este es indiscutible y universal y permite unir a millones de individuos bajo una misma mirada soberana. Es también lo que había comprendido el emperador Aureliano en el siglo III de nuestra era: en un imperio demasiado grande, fragmentado, al borde de la quiebra, el poder necesitaba un centro de gravedad único, e instauró el culto del Sol Invictus. Y se entiende por qué: el sol no escandaliza a nadie, no contradice ninguna creencia, no tiene nombre propio ni biografía mitológica. Como escribe Paul Veyne, podía ser “ese dios para todos”, el astro indudable y benéfico que cada cual ve y del que cada cual disfruta, un símbolo de poder ideal, a la vez concreto y abstracto, popular y erudito. ¡Es una tradición que llega hasta Luis XIV!

–Es también fuente de inspiración de utopías.

–Los hombres nunca han dejado de imaginar lugares que no existen. U-topía significa un no-lugar. No se la persigue como un proyecto por realizar. Es un lugar de proyección mental, donde alojamos nuestros sueños de felicidad. Pues bien, resulta llamativo ver cuántas de estas utopías se reclaman del sol, a veces hasta en su nombre: ya se hable de las “Islas del Sol” de Yámbulo, de La Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, o de esa Heliópolis menos conocida que, en el siglo I antes de nuestra era, un griego, Aristónico, quiso fundar al rebelarse contra Roma, una ciudad abierta a los pobres y a los esclavos, donde el sol brillaría por igual sobre todos. El sol es el garante natural de la igualdad, primer bien común, gratuito, ofrecido a cada uno sin distinción de rango ni de fortuna. Es un bien no rival: la cantidad de sol que yo recibo no resta nada a la que recibirá mi vecino. El sol encarna la idea de una vida feliz en la que el conflicto ancestral del hombre con la naturaleza queda enteramente resuelto. Si tantos pensadores han situado el sol en el corazón de sus ciudades ideales, es porque no puede concebirse la felicidad colectiva al margen de sus condiciones materiales y ambientales. La utopía solar nos lo recuerda con fuerza: soñar con una sociedad justa es, ante todo, soñar con un mundo donde cada cual tuviera su parte de luz.

–¿Qué expectativas tiene de su participación en la Noche de las Ideas?

–Soy muy consciente de participar en un acontecimiento excepcional. La Noche de las Ideas reúne a personas de horizontes y especialidades muy distintos en torno a un mismo eje temático. Convoca voces que, de ordinario, tienen pocas probabilidades de encontrarse. Intervengo sobre un tema original: los imaginarios, de la ciencia del cielo a los abismos, y tengo ganas de abrir la conversación con mi interlocutor, Martín de Mauro Rucovsky.

-¿Qué papel desempeñan los filósofos hoy, en su país y en el mundo? ¿Se los escucha?

-A menudo se oye decir que el tiempo de los grandes filósofos ha pasado, que ya no tenemos un Sartre ni un Foucault, ninguno de esos maestros cuya palabra constituía un acontecimiento. La constatación es, sin embargo, engañosa, pues en el fondo los filósofos nunca han sido tan visibles en Francia: están en los programas matinales, en las páginas de los diarios, invitados a comentar casi toda la actualidad. El “café filosófico” se ha difundido por todos los barrios. Las revistas de filosofía han encontrado miles de lectores, tratándose de una disciplina que se creía reservada a los iniciados. Los talleres de filosofía para niños y los podcast se multiplican. Existen numerosos festivales de filosofía. La filosofía ya no es el privilegio de unas pocas figuras tutelares: se ha difundido por la ciudad. No es casual que este apetito crezca a medida que el mundo parece más incierto. En los periodos de crisis renace la necesidad de pensar. En cambio, las condiciones de esa palabra han cambiado, y ahí reside la verdadera dificultad. Los formatos mediáticos de hoy privilegian el ritmo, la cápsula breve, la fórmula, la polémica, allí donde la filosofía exige tiempo y matiz. Se pueden ocupar todas las pantallas y no decir en ellas más que lo que su cadencia autoriza. La verdadera pregunta no es, pues, si todavía se escucha a los filósofos ni si tienen un lugar, sino si aún nos damos el tiempo de oírlos.

-¿Cómo ha sido recibido su libro en Francia, y cómo imagina su acogida en América Latina?

-La acogida en Francia me conmovió, más aún por su naturaleza que por su magnitud. El libro fue reseñado de un extremo al otro del espectro, por diarios tanto de izquierda como de derecha. Que mi libro haya reunido a lectores que de ordinario todo separa es, en suma, algo que ha querido el tema mismo: el sol escapa a los bandos y puede reunir a todos en torno a la misma mesa. Esta acogida dice también algo de nuestra época. Revela un apetito, quizá inesperado, por temas que no son inmediatamente políticos: un deseo de releer la historia desde un sesgo inusual, de pasar de la historia-acontecimiento a una historia anclada en la naturaleza y el clima, de regresar al tiempo largo, de mirar la propia sociedad desde un punto que la rebasa. En cuanto a América Latina, la abordo con una curiosidad particular y con humildad. Llego con una mirada de europea sobre un continente que mantiene con el sol un vínculo mucho más íntimo y más antiguo. Las grandes culturas solares que evoco en el libro, como los incas y los mayas, nacieron allí, y esa herencia vive todavía en las fiestas, en las memorias, en los paisajes. La Argentina ofrece de ello el emblema más deslumbrante, pues un sol orna su bandera: el Sol de Mayo, heredero del Inti de los incas. Mi ensayo propone un rodeo, una lectura comparada, la mirada de una extranjera sobre lo que los latinoamericanos quizá puedan sentir desde dentro.

Para agendar

Mañana, a las 15, Emma Carenini conversará con el investigador y filósofo Martín de Mauro Rucovsky y la periodista especializada en ciencia Nora Bär, en el Salón Dorado del Teatro Colón.


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