Desde hace 100 años, las potencias occidentales vuelven siempre a quedar empantanadas en el mismo lugar. Ahí donde, sobre todo, quedan millones de vidas perdidas y monumentos de la humanidad arrasados. Sin solución de continuidad. Durante el primer cuarto del siglo anterior, Medio Oriente “vuelve a ser el ombligo del Mundo, como en los tiempos de Alejandro y de César” y “suscita la codicia de las grandes potencias, que libran una feroz batalla”.
Lo cuenta Oliver Guez, escritor francés y autor de varios ensayos geopolíticos, en el prólogo de “Mesopotamia”, su último libro publicado acá el año pasado. Ahí, a través del relato de la vida de la arqueóloga, exploradora y espía británica Gertrude Bell, Guez cuenta el germen de ese rompecabezas, forzado e inacabado, que Occidente ha pretendido armar para controlar (y explotar) Medio Oriente. Las consecuencias siguen hasta hoy. Acá estamos todos pendientes y aterrorizados otra vez. La frase final del libro lo explica. “Los que sueñan de día son hombres peligrosos porque pueden seguir sus sueños con los ojos abiertos y hacerlos realidad”. Le pertenece al gran amigo y compañero de aventuras de Belle, T. E. Lawrence. Más conocido como Lawrence de Arabia. Y no es cine.