En la víspera del regreso a clases, las calles toman otro color. Los padres y los chicos ultiman los detalles para el primer día de escuela. Mañana, en la ciudad de Buenos Aires y en varias provincias, muchos alumnos entrarán por primera vez en un aula. Algunos lo harán con entusiasmo, muchos otros por obligación. Esa es la sensación coincidente entre los adolescentes. “Hay que ir al colegio, aunque no te guste”, se consolaba hace años una amiga de esta cronista que no terminaba de entender eso de “formarse para el futuro”. En ese ir y venir a la librería para algún elemento que faltó comprar de la lista pedida por la escuela, siempre hay tiempo para evocar imágenes de hace años en Villa Bosch. “Señora me da una flor para la maestra”, decía cada primer día de clase una niña de impecable guardapolvo blanco a su vecina. Había tocado el timbre a las 12.10. Y la “dueña” de las rosas, salía a la calle con una sonrisa y la tijera de podar. Puntual, sabía que “la nena” iba a pedirle una flor. Aunque la rosa, tentadora, traspasaba la reja hacia la calle, jamás arrancó una y siguió su camino. Había un acuerdo tácito: “la nena” pedía por favor y la vecina cultivaba las rosas para su maestra.