La Europa de hoy es muy diferente a la que describe la Casa Blanca

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MÚNICH.– Al costado de la estación central de trenes de Múnich hay un almacén afgano, y en todo el centro de la ciudad hay restaurantes de cocina halal intercalados entre catedrales góticas y patios cerveceros. Casi 1 de cada 3 habitantes de la ciudad no son alemanes.

Y esa es una imagen bastante ajustada de lo que son actualmente muchas ciudades y poblaciones europeas, una Europa muy diferente de la que ahora dice querer hacerse amigo el gobierno de Trump.

El sábado, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, intentó suavizar un año de fricciones entre Estados Unidos y sus aliados transatlánticos. Su discurso reiteró el compromiso de Estados Unidos con Europa, pero atado con lazos históricos y culturales que parecen desconocer y excluir a enormes franjas de la población europea actual.

“Somos parte de una civilización: la Occidental”, dijo Rubio ante una audiencia de diplomáticos ansiosos por escucharlo. “Nos unen los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, lazos forjados por siglos de historia y valores compartidos: la fe cristiana, nuestra cultura, legado, idioma y ancestros”.

Sin duda Estados Unidos y Europa son los pilares de lo que los historiadores denominan Civilización Occidental, cuyas raíces se remontan generalmente a la antigua Grecia.

Pero en la era moderna, esa relación –y los lazos que según Rubio la mantenían unida– cambiaron debido a la deriva demográfica, como la llegada de nuevos inmigrantes y la creciente secularización.

La idea de un “idioma compartido” entre los continentes es muy reciente y el proceso aún no se ha completado. Aproximadamente la mitad de la Unión Europea (UE) habla inglés como lengua extranjera, una proporción que asciende al 70% entre los jóvenes.

El cristianismo está en declive en gran parte del continente. En las tres mayores economías de Europa –Gran Bretaña, Francia y Alemania–, menos de la mitad de los habitantes se identifican como cristianos, según una encuesta de la fundación apartidaria Bertelsmann Stiftung, y según datos del Centro de Investigaciones Pew, el número de personas sin afiliación religiosa va en aumento. Tras una década de inmigración procedente de Medio Oriente y otros lugares, la proporción de musulmanes en Europa aumentó levemente, hasta rozar el 6% en 2020, según Pew. Y la población judía disminuyó ligeramente y se mantiene por debajo del 1%.

En su discurso, Rubio dijo que para Europa la inmigración generalizada representaba una “crisis” y urgió a los europeos a cambiar de rumbo, por más que en los últimos años el flujo de migrantes hacia Alemania y el resto del continente ya se ha ralentizado.

Durante ese tiempo, los países europeos tuvieron que lidiar no solo con cuestiones migratorias, sino culturales y culturales. Sin embargo, muchos mandatarios europeos rechazan que la migración masiva “amenace la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos”, la afirmación lanzada por Rubio, haciéndose eco del presidente Trump y del vicepresidente J. D. Vance.

“La experiencia de Alemania demuestra que la migración es una fortaleza, no una debilidad”, dice Reem Alabali Radovan, ministra Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania, sobre el discurso de Rubio. “Las personas contribuyen a nuestra sociedad y economía independientemente de su origen”, dice Radovan. “Alemania es un país de inmigración, y nuestra prosperidad futura depende de la apertura, las oportunidades y la integración”.

“No es nuestra guerra”

El canciller alemán Friedrich Merz, un político de centroderecha que endureció las restricciones migratorias, también aprovechó el micrófono de Múnich para lanzar su propia crítica a los valores de Estados Unidos.

A pesar de sus medidas para restringir la migración, a Merz y otros líderes europeos no les gustan nada las campañas de deportación masiva que promueve Trump. En un discurso del viernes en la Conferencia de Seguridad, Merz declaró que “la guerra cultural del movimiento MAGA no es nuestra guerra”.

La ministra Radovan es miembro de los socialdemócratas de centroizquierda, los socios menores de la coalición gobernante centrista alemana, y al igual que Rubio, es hija de inmigrantes. Sus padres son iraquíes y cuando ella nació estaban estudiando en Rusia. Huyeron del Irak de Saddam Hussein y obtuvieron asilo en Alemania a mediados de la década de 1990. En Múnich, la ministra habla de sus esfuerzos para ayudar mejor a los países más pobres en momentos en que el gobierno de Trump ha recortado drásticamente la ayuda internacional.

Radovan dice estar preocupada por el declive de la solidaridad, no solo transatlántica, sino global, donde los países priorizan los intereses nacionales sobre la cooperación internacional. Se trata, en efecto, de una visión de las relaciones internacionales que choca con la de Rubio.

“Los desafíos que enfrentamos no conocen fronteras, como la crisis climática, el hambre, la pobreza, la injusticia social, o que en el mundo en este momento haya más autocracias que democracias”, dijo. “Son problemas que tenemos que enfrentar juntos”, agregó.

La multitud reunida en Múnich coreó contra el régimen y exhibió su adhesión al líder opositor Reza Pahlavi

El sábado por la noche, después de los discursos, una multitud desbordante llenó la famosa Hofbräuhaus, la Cervecería de la Casa Real de Múnich. Era una mezcla multiétnica: una parte eran los europeos y norteamericanos que habían asistido a la conferencia, y la otra parte eran los manifestantes que llenaron la ciudad ese mismo día para reclamar libertad en Irán.

La cerveza fluía en jarras de litro, y la banda tocaba la polca. Los comensales estallaban en canciones y gritos. Unos pedían un cambio de régimen, otros pedían más cerveza.

Por momentos, era difícil distinguirlos.

Traducción de Jaime Arrambide


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