Cómo enfrentar las preguntas incómodas de los chicos

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Entre los tres y los cuatro años, los chicos se convierten en máquinas de preguntar: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cuánto falta?, ¿para qué? y, sobre todo, ¿por qué? Quieren saber; todo les interesa. Un viejo chiste lo grafica con exactitud: un papá va por la calle con su hijito de esa edad y, al pasar una joven, el padre dice por lo bajo “¡qué culo!”, su hijito le pregunta qué dijo y el padre le responde “¡qué búho!”. El niño empieza con sus preguntas de genuino interés: ¿qué es un búho?, ¿dónde lo viste?, ¿dónde viven?, ¿por qué no hay búhos cerca de casa?, ¿cómo es su canto?, ¿por qué duerme de día?, ¿cómo hace para ver a la noche?, ¿hay búhos en la ciudad? Hasta que el padre, cansado de responderle, le dice: “Dije: ¡Qué culo!, hijo”.

Todos nos hemos visto metidos en conversaciones de ese tipo que pueden ser fascinantes si tenemos tiempo y no estamos ocupados en temas “importantes”. Es real que nuestras prioridades a menudo nos impiden seguirlos en sus inquietudes e intereses, pero tenemos que estar atentos para no parecernos al personaje del contador del libro El principito, que no tiene tiempo para interesarse por lo que le comenta, contestar sus preguntas y tampoco para levantar la mirada y deslumbrarse con las estrellas que lo rodean.

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Los chicos preguntan y los padres no siempre, más bien pocas veces, tenemos la energía y la paciencia para contestarles y, sin tener clara conciencia del valor de esas preguntas, terminamos haciéndolos callar con nuestras respuestas; “calláte”, “¿no ves que estoy ocupado?”, “¡qué te importa!”, “no seas pesado”, “no seas molesto”, “¡basta!”, etc., o hacemos de cuenta que no los escuchamos y no les contestamos, o nos burlamos de su pregunta, o los avergonzamos, o los retamos, o los humillamos haciéndolos sentir tontos…

Entre los tres y los cuatro años, los chicos se convierten en máquinas de preguntar

Y perdemos la oportunidad de ver el mundo a través de esa mirada atenta, ingenua, no teñida por nuestra historia personal, o de ver un ángulo nuevo de una situación, pero además los invitamos a callarse, a no preguntarse, a sentir que sus inquietudes e intereses no valen la pena. Porque para nuestros hijos pequeños somos como el oráculo de Delfos, sabemos todo, no nos equivocamos. Si los vemos pesados, ellos creen que efectivamente son pesados, y si nos cansamos, es que ellos son cansadores, y lo mismo pasa con tontos, molestos, irritantes, poco interesantes o aburridos.

No se trata de responder todas sus preguntas; a veces estamos ocupados, preocupados, apurados o cansados. Por otro lado, hay temas en los que preferimos no ahondar –y ojalá lo hiciéramos– como suele suceder con los relacionados con la muerte o la sexualidad, y otros que no sabemos cómo ni qué responder (por ejemplo, ¿por qué mamá pasa tanto tiempo en cama durmiendo?, o ¿por qué nunca vamos a visitar a tus papás?), o no los vemos preparados para conocer la respuesta.

Respetar la curiosidad

A veces nos damos cuenta de que ya saben la respuesta y nos hacen la pregunta para confirmar su criterio, para atraer nuestra atención, por fiaca de buscar la respuesta dentro de ellos mismos, por miedo a equivocarse o por falta de confianza en sus ideas.

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Responder implica a veces decir “no sé”, o “ahora no puedo responderte”, “te lo averiguo”, “lo charlamos en otro momento” (y acordarnos de hacerlo). Otras veces tendremos que adaptar la respuesta a la madurez de nuestro hijo, ya que no siempre están preparados para la información completa, aunque lo hayan preguntado. Al no responder, en cambio, corremos el riesgo de que pregunten a otra persona que no los cuide al contestarles.

Al no responder, en cambio, se corre el riesgo de que averigüen por su cuenta

Es fundamental respetar su interés, inquietud y curiosidad, en lugar de hacerlos desaparecer con nuestras respuestas ácidas, odiosas, que los “ningunean”, respuestas que reservamos para nuestros hijos –o alumnos- o para nuestra pareja, y no usaríamos con un jefe o una amiga, lo que demuestra que podríamos no hacerlo.

Esa edad es el “pico” de preguntas, pero siguen haciéndolas durante toda la niñez porque confían en nosotros, especialmente si con nuestras respuestas los invitamos a seguir preguntando. En caso contrario, muy rápidamente aprenden a callarse, a no preguntar ni hablar, y nosotros les preguntamos a ellos: “¿Cómo te fue en la colonia?, ¿a qué jugaron?, ¿te hiciste alguna amiga nueva?, ¿fueron a la pileta?”. Y ellos no nos contestan…

Cuando nos acostumbramos a atender y responder sus preguntas, los chicos crecen reconociendo su valor y practicando el preguntar y el preguntarse, a no quedarse con lo que leyeron, les dijeron o pensaron; a indagar en su interior y también en su entorno para entender y saber. Y nos da la oportunidad de conocerlos mejor y acompañarlos en ese proceso.


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