El Observatorio de la Deuda Social de la UCA reveló que en 2023 el 26,7% de la población experimentó síntomas compatibles con trastornos depresivos o ansiosos. El mundo en el que vivimos nos plantea un cúmulo de desafíos. Frente a distintos estímulos displacenteros, la incomodidad aparece como un estado insoportable que la falta de paciencia, propia del vértigo que impone la realidad, impide sostener o resolver. Como respuesta, el consumo de psicofármacos crece desde la pandemia a un peligroso ritmo que llega a cuadruplicar el de otros remedios, según reportes de la Confederación Argentina Farmacéutica (COFA).
El fenómeno es global y los adolescentes se encuentran en el centro de la escena con síntomas tales como ansiedad, tristeza, insomnio, impulsividad, irritabilidad y desgano, frente a los cuales la medicación ofrece una respuesta que pocas veces se ve acompañada por algún refuerzo psicoterapéutico. Los peligrosos efectos de la vida digital sumergen también a muchos de ellos en patologías adictivas. Esclavos de las pantallas y del afán por recompensa inmediata, atrapados en redes de juego online, víctimas de bullying o grooming, la angustia de numerosos jóvenes no encuentra las respuestas que necesitan en el mundo adulto, y el vacío existencial conduce a una falsa salida: una prescripción médica -en el mejor de los casos- resuelve tan rápida como limitadamente un síntoma urgente, prescindiendo de un acompañamiento sostenido.
En octubre pasado, la Subsecretaría de Medicamentos y Productos Médicos daba cuenta de un aumento del 6,9% en el consumo de hipnóticos y sedantes y del 1,3% en el de antidepresivos. Lo más grave es que hasta un tercio se consume sin receta o sin seguimiento médico adecuado. Clonazepam, alprazolam y sertralina están entre los fármacos más utilizados.
El consumo de pastillas sin prescripción médica puede derivar en peligrosas consecuencias como la dependencia, el daño a algún órgano, el enmascaramiento de problemáticas más profundas o el desarrollo de problemas psiquiátricos a largo plazo, sin mencionar el riesgo que su combinación con alcohol o drogas puede disparar.
La falta de conciencia sobre los efectos del consumo de psicofármacos ha conducido a que el problema se expanda velozmente, ya sea como alivio para la ansiedad o la falta de sueño, para mejorar el rendimiento académico o simplemente para sortear la presión social, instalándose crónicamente.
Las benzodiacepinas, mal llamadas tranquilizantes, y los antidepresivos han escalado. El especialista en neuropsiquiatría Diego Sarasola reporta que en 2023 se dispensaron 54,5 millones de unidades de psicofármacos en el país, con un crecimiento del 111% en la categoría de antidepresivos en los últimos cinco años. “El escenario social actúa como combustible”, advierte.
La salud mental no puede ser atendida exclusivamente con respuestas urgentes y fragmentarias. El Estado debe asumir un papel activo y sostenido dirigido a sortear barreras en el acceso a la atención, fortaleciendo también el rol de los profesionales. Normalizar el consumo de pastillas es un peligroso error. Gestionar redes comunitarias en instituciones con concurrencia de jóvenes y reforzar el papel de la familia como apoyo es clave para la prevención.